martes, 27 de septiembre de 2011

FORMALISMOS Y FORMULISMOS


Foto: Luis López 2011

Estos días  que suponen el retorno a  la vida laboral me he dado de bruces con mis  defectos.  Muchas veces tienen que pasar cosas así para hacer una valoración exacta  de lo que tenemos, de lo que nos parece nuestro,  de lo que  a veces abandonamos sin apenas darnos cuenta. No hablo de objetos, de cosas materiales; hablo de sentimientos, de relaciones humanas.  Hay relaciones sociales que son simples protocolos. Me pasa en el trabajo, con muchos de mis compañeros, a los que saludo   por formalismo, ese formulismo que nunca se ha de perder y que se traduce en la más primaria ley de educación. Sin embargo, en el ámbito laboral, aunque ciertamente somos muchas las personas que trabajamos en mi empresa, hay compañer@s que ni siquiera atienden al saludo. A veces, he pensado, que son sordos o que están en el séptimo cielo, pero al ser reiterativo no me queda otra que pensar que son así, maleducados. Much@s responden si tú eres el primero en  saludar, aunque en un porcentaje que a mi me parece importante, ni siquiera responden a tu saludo, es más, ni te miran.  No soy especialmente sociable, sin embargo cambio dependiendo de dónde me encuentre. Antes me preocupaba pero ese dato me ha hecho reflexionar  y viajando mucho durante todo el año, es decir, cambiando de lugar, mi sociabilidad muta. No soy el mismo en Peñíscola, o en Santander, o en Zamora que en Soria.  ¿Seré yo o será la gente que me rodea en cada lugar la que condicione mi sociabilidad?  Obviamente, estoy tranquilo.   Tal vez el acto de permanecer en Soria durante la semana sin estar los fines de semana, cuando disponemos de más tiempo libre, pueda condicionar las relaciones sociales. Puede ser…

Una persona de mi entorno virtual, que también existe, con la que tengo una relación magistral, me ha llamado la atención (hay muchas maneras de llamar la atención) por haberla abandonado durante más de tres semanas. Con ella tengo una relación virtual casi diaria y, obviamente, a mi también me pasaría, me ha echado  de menos.  No sería de recibo que yo alegará que no me he conectado a Internet durante esos días (que es prácticamente cierto) pero lo también cierto es que mi desatención ha estado a punto de pasarme  factura.

Hay veces que pensamos que algunas personas siempre estarán ahí, y, sin embargo, necesitan (todos necesitamos) un poquito de atención.  Ya me he disculpado y ha aceptado mis disculpas (posiblemente a regañadientes) y me ha dado una lección diciéndome que me perdona. Con esa lección de educación, saber estar y compenetración, no sólo se ha convertido en mi mejor apoyo virtual sino también en mi mejor amistad real.

Gracias. Nunca lo olvidaré. 

domingo, 25 de septiembre de 2011

ÚLTIMA TARDE DE VERANO


El verano escapa inflexible  en su última tarde de septiembre.  Van desapareciendo los temerosos mosquitos y la luz decrece en horario y fuerza. Las sombras se alargan en la playa y descienda la temperatura. Desgraciadamente, es hora de irse al yermo castellano, al frío  intenso, sin tregua, abandonando el placer de las horas baldías, infructuosas, que tan sólo existen ya en las capas del cerebro que almacenan el placer que supone la realidad inconmovible de esos momentos.  La luna ahora se apresura a ahuyentar  al sol y es tiempo de otoños recién nacidos, muy bellos también en tierras castellanas; no así   la calidez de la amistad mediterránea, incomparable, casi perfecta  en la serenidad del tiempo pasado y siempre recordado. Tiempo de otoño que se apresura en el último día de verano. Nubes revoltosas en el horizonte y barcos iluminados con las últimas luces de un verano en sus horas más bajas.  Otoño hasta el invierno. Invierno turbulento. Todo pasa y, posiblemente, todo quede en el recuerdo. Un barco de pesca se apresura para  llegar a puerto a la hora convenida. Una gaviota se introduce en el agua a velocidades estratosféricas. Una lubina salta en el mar permaneciendo el tiempo justo para luego volver a sumergirse. Al parecer  todos los animales vamos ajustándonos a la nueva luz que produce el otoño. Siento, ahora, nostalgia del verano, de un verano más que se escapa  como se escapa la vida, sin darnos casi cuenta.       

sábado, 24 de septiembre de 2011

ME HE PERDIDO

Me he perdido ¿Es bueno?  No sé. Qué más da. El caso es desconectar de tantos días cargado de responsabilidades. Creo que lo estoy logrando. Escribo ahora  con la necesidad de hacerlo, bajo la luminiscencia de una luna casi llena;  tenues lucecitas de varias velas; algunos mosquitos al acecho y un margarita helado, recién  elaborado,  con el mimo necesario para que resulte agradable. Es domingo, me ha costado asumirlo en la perdida habitual de los días organizados debidamente. Compré churros, tras una dura espera de minutos vacíos y una calidez desmesurada en jornadas previas a ese  otoño  relativo del levante mediterráneo.  Compré, además, El País. No quiero perderme los destellos intensos de Vicent en ese mar proceloso que tan bien describe, de juegos, atardeceres y tiempos pasados atracados en el presente traspasado.  Leí, con el murmullo musical del mar;  la intensidad de la luz de septiembre;, la fiesta surrealista; los calores húmedos;  chocolate denso y churro sumergido, a Vicent, que evocaba a Otis Redding en su, ya siempre  clásico “Sentado en el muelle de la bahía”. La letra maravillosamente    “abandonada” que me recordó mi estado actual. “Sentado en el muelle de la bahía, al sol de la mañana (o la luna de la noche), desperdiciando el tiempo, veo entrar y salir los barcos”.

Ahora simplemente estoy y la soledad nunca me dejará solo”. No tengo oportunidad de escuchar ahora ese tema maravilloso, pero puedo tararearlo. Siempre Vicent. Siempre el Mediterráneo. Siempre la tierra mágica de Castellón en sus escritos. 
¿Saben una cosa? Un día,  nada más llegar a esta tierra, inventé una historia a través de una dama que conocí en los movimientos imprecisos del espionaje vecinal. Pues bien, mi dama novelesca, hecha realidad hoy,  se ha despedido de mi, nunca hubiera imaginado, ni en el mejor de los casos, que la protagonista de mi novela se despidiera de mi solicitándome, además, un beso.  Lo apuré degustándolo fetichistamente y después abandonó  el espacio real  de lo irreconciliable.

En mi novela inacabada, ese beso, obviamente más desconcertante, se producía a espaldas de su marido, tan cercano ahora,  en un puerto deportivo de Nueva York. No puedo evitarlo pero  esa escena “real” de algo lejanamente imaginario me decepcionó.

Los putos mosquitos me martirizan, no puedo seguir escribiendo. Contemplaré el inmenso mar clareado por una hermosa luna de septiembre. Anoche soñé con mosquitos, espero que ésta noche, avanzada ya, pueda hacerlo, al menos, con la protagonista de mi novela inacaba.
  

Parece que todo va a cambiar, pero todo continúa igual. No puedo hacer lo que la gente quiere que haga. 

Me he perdido ¿Es bueno?

MIA GEENSEN- DELNAD (2/marzo/1945- 18/Septiembre/2011)



La artista Mia Delnad falleció en Peñíscola el pasado 18 de septiembre. Descanse en paz.

viernes, 23 de septiembre de 2011

MONTMARTRE


La primera vez que estuve en Montmartre tenía 19 años y atravesada una época de responsabilidades muy exigentes para mi edad.  Hacía menos de tres años que había muerto el dictador y, por tanto, mi educación había transcurrido prácticamente entera en esa etapa que, por suerte, ya casi hemos olvidado. París se mostraba espléndida para aquel muchacho que yo era entonces. La libertad se respiraba intensamente, sin fisuras, con nitidez. Viniendo de aquel país tan atrasado en todo, París era el  paradigma. Entonces no hice uso del funicular para acceder al Sacre Coeur, iba en buena compañía y preferimos ir ascendiendo aquellas calles tan bohemias, repletas de terrazas y de músicos que animaban  el espíritu.  Paseando por allí penetraba en mi interior la esencia del París que imaginaba antes de conocerlo.  Íbamos despacio debido a que mi chica se recuperaba de una operación quirúrgica. Descansábamos cada pocos metros de ascenso empinado mientras nos empapábanos de tanta belleza.  En lo alto, después de divisar desde las escaleras del santuario todo el esplendor de la gran ciudad, paseamos por la plaza del Temple, plagada de caricaturistas y de pintores que mostraban rincones de París en sus obras. Éramos felices, ese tipo de felicidad despreocupada que te da estar al lado de la persona amada, en un lugar tan alejado de tu hogar y tan mágico. No teníamos trabajo, no teníamos dinero pero disfrutábamos pensando en un futuro que por malo que viniera sería más prospero que el de aquellos momentos, en todos los aspectos.

Hace unos días volví a París y, ésta vez sí, subí en el funicular a lo más alto del barrio de Montmartre. Todo seguía igual, como  si el tiempo no hubiera transcurrido, sin embargo los turistas se habían multiplicado por cien desde aquella vez que lo descubrí por primera vez. Las escaleras del Sacre Coeur estaban cubiertas de visitantes y todo estaba más sucio. Por la plaza del Temple había que pasear en fila recibiendo empujones y pisotones por doquier. En la zona de los viñedos, los únicos que quedan en París, había excursiones de japoneses haciendo fotos a cualquier cosa.  Decidimos alejarnos de la masa y visitar la parte más baja de Montmartre. Estuvimos en uno de los dos molinos que quedan en la zona  y como la terraza de un bar cercano estaba repleta decidimos sentarnos en su interior. Bebí una pinta de una cerveza riquísima. El camarero se percató  que éramos españoles y tuvo la deferencia de ponernos a Santana y a Maná. Charlé largo rato con él y respondió a mis preguntas sobre lugares que tenía interés en conocer por el barrio. Gracias a él atajamos por las calles en dirección a nuestros destinos que eran, la casa donde vivió Theo Van Goht y que visitaba a menudo su hermano el pintor y la brasserie que aparece en la película Amélie.

Por suerte, comprobé que todo había cambiado desde aquella primera vez en relación al trato. Los parisinos ahora nos tratan de igual a igual, no como en aquella ocasión que ser español era poco menos que ser un apestado.  Ahora somos  turistas con prácticamente el mismo poder adquisitivo que el resto de las nacionalidades. Ya no comemos bocadillos, como hacíamos entonces, y podemos darnos el lujo de tomar un café o una cerveza en cualquier terraza de San Germain Des Prés o comer en cualquier restaurante corriente.

Con el paso de los años, no me ha llamado nada la atención Montmartre. Sin embargo, hace más de treinta años descubrí allí que existía un mundo diferente. La imagen y el recuerdo de aquel paseo  hacía lo alto de Montmartre quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Ese día, hace menos de una semana, rememoré mi juventud, mi libertad y los sueños que emergían en mi recién estrenada responsabilidad de adulto.  Esos sueños, llenos de felicidad, todavía siguen existiendo en el interior de mi, todavía joven, organismo. No obstante, no creo que regresé a Montmartre. Aquel lejano Montmartre ya casi ha desaparecido. Suele pasar cuando regresas a un lugar que has retenido como idílico en el tiempo.