lunes, 30 de abril de 2012

PUERTO PADRE (CUBA)


 El otro día, ojeando fotos de una amiga que ha estado recientemente en Cuba, recordaba una jornada especial que pasé en la zona oriental de la isla, concretamente en la antigua provincia denominada Oriente y que con la revolución se dividió en dos o tres provincias, no recuerdo bien. Estábamos alojados en el hotel más alto de Santiago, en una habitación con unas vistas espectaculares. En la calle siempre había paisanos esperando a los turistas. Pretendíamos visitar el pueblo del padre de mi acompañante,  hijo de emigrantes españoles y que a sus 18 años regresó, junto con sus padres y hermano, a su tierra de procedencia. Durante dos días estuve intentando negociar con dos chicos jóvenes el alquiler de uno de esos carros americanos de los años 50, con conductor, para desplazarnos los 150 kilómetros que separaban Santiago del pueblo de los ingenios. No llegué a ningún acuerdo, incluso perdí 30 dólares,    decidiendo alquilar un coche sin conductor por nuestra cuenta. Recorrimos, hasta Las Tunas, decenas de kilómetros por la carretera que recorre la isla, de este a oeste, y luego nos desviamos por carreteras comarcales hasta llegar a Puerto Padre. Tardamos más de lo previsto debido a los profundos baches y a que teníamos que preguntar, cada dos por tres, por donde se iba. Un militar con graduación nos hizo dedo pero cuando paramos al comprobar que el coche tenía placas turísticas decidió no subir. Cuando vimos Puerto Padre no podíamos creerlo. El espectáculo visual era maravilloso. Una bahía natural sólo abierta por el norte, como si se tratara de una herradura . Aparcamos y paseamos por su calle principal repleta de edificios de evocación española. Cuando íbamos a entrar al único bar que vimos, estábamos extenuados y con hambre después de tan pesado viaje, un chico de nuestra edad nos preguntó si éramos italianos. Le contestamos que éramos españoles  y que buscábamos el cementerio. Nos cambio dólares por pesos en una tienda y tomamos café. Charlamos sobre nosotros y nos invitó a acompañarle a San Manuel, a escasos kilómetros de allí, para que conociéramos a una amiga suya que tenía un tío español. El chico había estudiado derecho y nos dio buena sensación así que decidimos acompañarle. Una vez en  San Manuel alucinamos con las casas construidas en madera, parecía que estábamos en una película del siglo anterior. Entramos a la casa de su amiga, Mayra, nos presentamos y brindamos con un ron exquisito. Con el dinero que habíamos cambiado compraron cerdo y cervezas mientras diluviaba y el agua entraba por varios lugares de la casa. Ellos se quedaron en ropa interior y aprovecharon para ducharse en la calle. En nuestras mochilas teníamos alguno de esos geles de hotel y se lo dimos. Se convirtió en una fiesta su ducha. Hacía meses que no se duchaban con  jabón por falta de existencias. Luego fuimos a ver a su tío, el único español   que quedaba en el pueblo. Era gallego, claro, pero su acento claramente cubano. Llevaba allí más de 60 años. Por supuesto nos presentaron a toda su familia, llegaban de todos los puntos del pueblo a conocernos. Fuera había fiesta, un grupo de negros tocaban y bailaban ese tipo de música tan ancestral que se conserva en la isla. En un momento dado, por la megafonía sonó el himno cubano y todos formaron con aire militar mientras cantaban juntos. Bebimos más ron e intercambiamos información sobre la sociedad de consumo de la que proveníamos. Al anochecer salimos de allí para retornar a Santiago. Nos costó salir a la carretera central, teníamos que preguntar, cada 500 metros, en cualquier casa en la que veíamos luz, la ruta a seguir. En Las Tunas comenzó a llover, iba detrás de un camión repleto de militares. En un frenazo, mi coche comenzó a dar vueltas sobre si mismo. Conseguí dominarlo y estacionar al otro lado de la carretera en dirección contraria. Cuando por fin lo dominé, un grupo de transeúntes empezaron a aplaudir. Estaba seguro que había golpeado al vehículo de los militares,  se habrían salido de la carretera propiciando un terrible accidente, pasaría, por tanto, el resto de mi vida en cárceles cubanas. Salí disparado del coche y empecé a correr en la dirección del vehículo militar. A unos 300 metros estaba aparcado, con diez o doce militares fuera del vehículo y mirando en mi dirección. Me explicaron que no les había tocado y que era un conductor magistral. Abracé a todos ellos, uno por uno, y respiré profundamente mientras me secaba el sudor . El resto del viaje lo hice tranquilo llegando al hotel a las 12 de la noche. Subimos al último piso, donde siempre a esa hora había música de jazz en directo, dispuestos a bebernos un cubo de mojito. El maître, un negro espigado con carné del partido, nos reconoció y le explicamos lo sucedido. Se perdió en la cocina que ya estaba cerrada y nos sacó comida que devoramos en escasos minutos. Nos invitó y brindamos por que la salud y la suerte siguiera acompañándonos.        

domingo, 22 de abril de 2012

LA TIÑOSA


Anoche, no sé por qué, vi una botella de 5 litros de aceite casi acabada y decidí echar su contenido en  una botella destinada al uso diario. Cuando vertí las últimas gotas, recordé, una vez  más, a mi querida abuela (sólo he tenido una). Era vecina de Luisa, a quien mi abuela  apodaba “la tiñosa”. Algunas tardes le acompañé a visitar a Luisa. Tenía una casa austera, la más austera que he conocido, pero, claro, eran personas que venían de la posguerra, aquella posguerra cruel que casi habíamos olvidado y que ahora recordamos de nuevo con el recorte de libertades con el  que nos atosigan  los denominados “populares” . Un compañero de trabajo me dice últimamente: volveremos a otra guerra civil como sigan así “sus majestades” Soraya,  Mariano y cia. Aunque, casi imposible, nada sería de extrañar en nuestro país, pero de lo que sí estoy seguro es que no dispararía  un tiro contra nadie. De seguir a peor (esa es la tónica del día a día) atravesaría los mares en busca de sosiego.  Siguen existiendo paraísos perdidos, conozco más de uno, por suerte. Allí me exiliaría.

Disculpen, me he ido por la rama más artificial, la política. Sigo. Mi abuela -hermana de un capitán anarquista en tiempos de aquella guerra que las izquierdas europeas llamaron romántica- denominaba al hecho de verter los últimos restos de cualquier liquido en un recipiente: ESCULLIR, algo así como resbalar. Pues bien, cuando Luisa acababa una botella de aceite la dejaba reposar durante toda la noche, boca abajo, hasta escullir la última gota en la sartén. Algunas veces coincidí cuando se estaba realizando  la operación y mi abuela carraspeaba indicándome la situación.

  Recuerdo muchas cosas de aquella época tan especial. Tendría entonces 11 años y algunos sábados y domingos acompañaba al Monte de Corbán, toda una selva para un niño de mi edad, a un vecino que entonces tendría 18, mayor de edad por tanto. Me enseñó cuevas que se comunicaban con salidas a diferentes zonas del seminario allí ubicado, vivía una aventura diaria con José que me llamaba “Titi” (nunca he sabido el porqué, aunque quiero imaginar que era como una especie de “monuco” que trepaba por donde fuera, entonces). Curiosamente, así me llaman ahora cariñosamente mis sobrinos.  Aprovechábamos para jugar al fútbol cuando no estaban por allí los seminaristas, otras veces al frontón y alguna que otra, cuando habían dejado colocado todo lo relativo al salto de altura, nos lanzábamos para aterrizar contra las gruesas colchonetas de un azul ya desgastado. José me enseñó a saltar al estilo Fosbury, hacía atrás. Más tarde, en el instituto, hice grandes saltos pero el profesor de “gimnasia”, un inepto total con el carné del movimiento, no lo consideraba reglamentario.

Siempre tengo presente a mi abuela, a ella le debo casi todo lo que soy, y, sin embargo entonces, no valoraba lo suficiente los esfuerzos de todo tipo que realizaba. Una gran señora, sin duda. La Tiñosa, la señora Ceferina, la negra (madre de José), Candy, la rubiuca y otras cuantas mujeres más formaban el pequeño mundo  de mi abuela que fue mío también y lo seguirá siendo  mientras mantenga el uso de la razón.  Y mientras lo mantenga nunca dejaré de estar agradecido a la señora Carmen, mi abuela. 

viernes, 20 de abril de 2012

BATIENDO RÉCORDS

"Escritos en la cresta de la ola" comenzó a publicarse el 27 de noviembre de 2007. Por vez primera, el 29 de septiembre de 2010, pasó de 300 visitas en una jornada. Pues bien, ayer y el día 17 de este mismo mes, ex-aequo, se batieron todos los récords de visitas, al coincidir ambas fechas en 361 entradas.
Hace poco más de dos meses me pasó por la cabeza cerrar el blog y, sin embargo ahora, gracias a vuestras visitas, deseo seguir mostrando el lado más personal y humano en mis entradas.
De nuevo, muchas gracias amigos. A vuestra entera disposición.

jueves, 19 de abril de 2012

BORIS. SALA BERLÍN. ZAMORA



Mentiría si dijera que Boris no es un tipo peculiar. Cuando lo ves por primera vez puede darte una impresión diferente a la que realmente es. Puede parecerte duro por su empaque, y, sin embargo, cuando lo conoces un poco (mi caso) es un bonachón, un personaje que parece sacado de los dibujos de Disney, un niño grande.
En los momentos que he visitado, generalmente en solitario, su casa: SALA BERLÍN, siempre ha tenido la deferencia de estar a mi lado, comentar intimidades, intercambiar opiniones sobre las últimas publicaciones musicales... y se agradece, claro que se agradece... y mucho. Pero Boris es así, su bandera son los suyos, por su manera de ser y cultivar lo esencial tiene muchos y buenos amigos, sin duda su mejor fortuna. Cuando cultivas, cosechas. Hoy nos hemos levantado con una buena noticia (no todas van a ser malas, no nos pongamos pesimistas) Sala Berlín ha sido reconocido por los oyentes de Radio 3, la única radio a nivel nacional que se preocupa de la buena música, como uno de los mejores locales de España de música en directo. Elena, parte de “su otra familia”, esa fortuna que comentaba más arriba en el texto, escribía en una red social “que es un justo reconocimiento para alguien tan enorme que es capaz de apostar por sus sueños”. Uno de los mayores conocedores de la música contemporánea, Julio Ruíz, amigo que compartimos Boris y yo, siempre que puede, en su programa Disco Grande, cuenta maravillas de este hombre que hace grande a su ciudad. Todos los conciertos programados en su local y muchos otros institucionales que se han organizado en Zamora se han realizado con su apoyo, gracias a él el público zamorano ha podido apreciar el arte de entidades musicales tan importantes, nacional e internacionalmente, como: Maga, Cat People, Barzin, Matt Elliot, Nacho Vega, Norton, Coppini, Tachenko, Anni B Sweet, Setting Sun, Glutamato, Paul Zinnard, Gary Levitt, Enma Pollock, Josephine Foster, Balmorhea, Sunday Drivers... y todo gracias a un trabajo que él tilda de duro e ingrato. Los zamoranos han sabido aprovecharse de Boris, dentro de unas décadas nos acordaremos de todo lo bueno que pudimos ver y escuchar con tan poco esfuerzo, pero claro, el trabajo incómodo, el que no vemos, el que aporta malestar en muchos casos, lo hizo prácticamente en solitario y ahora que ha tirado la toalla, por culpa de la incomprensión, es fácil decirle: ánimo Boris, estamos contigo.
Sin lugar a dudas, este tipo de reconocimientos, que como él dice, desgraciadamente siempre vienen de fuera, sirven para que nos demos cuenta de la suerte que tenemos de contar con un currante de lujo a nuestro lado. Los abrazos, los falsos apoyos, los agradecimientos no hay que darlos ahora, no son necesarios. Los apoyos hay que darlos en los malos momentos, cuando más falta hacen, y esos, los importantes, tan sólo han sido dispensados por los que de verdad están a su lado.

Enhorabuena, Boris; enhorabuena Isabel; enhorabuena personal de Sala Berlín. Gracias por qué algunos de nuestros sueños, esos sueños coincidentes con los de Boris, según Elena Ayuso, se hayan hecho realidad.


martes, 17 de abril de 2012

A MI ADMIRADO JAVIER MARÍAS.



El pasado domingo, Javier Marías escribía en LA ZONA FANTASMA, su columna de “El País Semanal”, sobre la ciudad de Soria, lugar en el que resido desde hace más de treinta y tres años.
El padre de Javier, Julián, filósofo y ensayista vallisoletano, discípulo de Ortega y Gasset, encarcelado y represaliado por ser republicano, era un enamorado de la ciudad castellana, pasando con su familia muchos veranos en Soria disfrutando de su clima y tranquilidad. Según la biografía oficial de Javier Marías, el amigo soriano de su familia, Heliodoro Carpintero, fue quien, en parte, le enseñó a escribir. Por lo visto, Javier lo hacía de derecha a izquierda y Heliodoro corrigió su defecto. Pues bien, hace doce años y tras más de veinte de no pisarla, decidió alquilar el piso de Heliodoro (ya fallecido), situado al comienzo del Paseo del Espolón, pasando allí temporadas y escribiendo parcialmente sus últimas cuatro novelas.
En su artículo carga tintas contra lo que ha sido el último lustro en Soria, vivido en propia carne, coincidiendo con la alcaldía de Carlos Martínez del PSOE. Básicamente, detalla lo ruidosa que se ha convertido una ciudad que, si bien antes era un lugar singular, decoroso y digno; una ciudad austera, tranquila y fría, ahora con su "valencianización" es un sitio vulgar como cualquier otro. Escribe sobre las largas y bulliciosas fiestas, las monótonas charangas, las carpas con sonidos estridentes, el mercado medieval y su excesiva duración, los ruidos que producen los dulzaineros, los ensayos de tambores y trompetas en Semana Santa, los bares y terrazas con música a tope y sin respetar horarios, los botellones en el parque de la Dehesa, el trenecito, el sistema de recogida de hojas a mil decibelios, el estrépito que produce en el suelo el juego de la tanguilla y, ahora, para más “inri”, la construcción de la disparatada obra del aparcamiento, justo al lado del parque. Para compensar, supongo, también arremete contra la poca importancia que dan las actuales autoridades a los poetas.
Todo ello para despedirse de Soria. ¡Aquí no hay quien viva! Su refugio soriano se ha convertido, por todo lo explicado y algo más, en un asedio, obligándole, con todo el dolor de su corazón, a abandonar la ciudad y su alquilado piso.
Como ustedes supondrán el tema ha calado hondo en la población soriana. La polémica ha surgido en las redes sociales y en distintos foros de Internet. Incluso, personalmente, he intervenido en Facebook dando mi opinión al respecto. Muchas personas, de dentro y fuera de Soria, han plasmado sus puntos de vista. Para muchos, con esas valoraciones de Javier, se pierde un lugar idílico. Otros, sin embargo, defienden sus costumbres. Muchos otros cuestionan la necesidad del nuevo aparcamiento subterráneo. Hay opiniones para todos los gustos.
Para mí, Javier Marías es uno de los autores literarios nacionales más importante de los últimos años. He leído casi todos sus libros y he aprendido mucho de él. Hasta hace poco más de un año era, junto a Manuel Vicent, uno de mis columnistas favoritos de la prensa española, sin embargo, no sé sí por mi culpa (todos vamos cambiando con el paso del tiempo) o por su manera de escribir tan cáustica y mordaz, me ha cansado. Ayer, comentando con un amigo su columna titulada "Cuando una ciudad se pierde", hablábamos que con los años nos hacemos raros, es inevitable. Aunque, desde mi punto de vista, respetando todas las opiniones e intereses en relación a su artículo, tengo que aportar algunas cosas.
Soria se diferencia poco de otras ciudades del panorama nacional. Somos un país ruidoso, poco respetuoso con los demás y bastante sucio. Todo se produce por nuestra educación. Cuando viajo a otros países situados más al norte que el nuestro en el continente lo constato. A diferencia nuestra se respetan los horarios, nadie está gritando por la calle a deshora, no alborotan, son mucho más limpios… Sin embargo aquí, los centros de las ciudades son lugares, sobre todo los fines de semana, donde es imposible descansar. Cuando estoy en Zamora vivo (igual que hacía Marías en Soria) en el centro y durante toda la noche pasa gente gritando, coches con la música a tope, motos que rompen la barrera del sonido, camiones de recogida de basura que hacen un ruido bestial… Creo que lo que pasa en Soria o en Zamora los fines de semana puede trasladarse a cualquier otro municipio. Sin embargo en Soria, en las ciudades pequeñas, como pasa en Gran Hermano, todo se magnifica. El hecho de vivir en el centro trae esas desagradables consecuencias, independientemente de la falta de civismo que por desgracia acompaña a la mayoría de los ciudadanos. Otro autor literario de prestigio también pasa periodos en Soria, en este caso en la provincia. Se trata de Fernando Sanchéz Dragó. Él no vive en el centro de ninguna ruidosa ciudad, vive en un pueblecito de muy pocos habitantes. Tiene varias casas. En una ha aparcado su inmensa biblioteca personal, en otra vive… nunca lo he oído quejarse del ruido.
Estoy de acuerdo con varias de las cosas que apunta en su artículo Javier. El aparcamiento subterráneo costará un dinero importante a las arcas municipales, las obras volverán locos a los vecinos durante unos años, sin lugar a dudas pasará factura a las especies naturales que allí habitan desde hace décadas… y, además, me parece innecesario. El trenecito, ruidoso para muchos vecinos de la ciudad, debería reservarse a épocas estivales y puentes diversos. Habría que controlar con mayor intensidad el horario de las terrazas de los bares, habría que respetar el alto volumen (también el horario) de los altavoces en las verbenas e intentar perturbar lo menos posible el sueño de los ciudadanos. Siempre me pareció una barbaridad asfaltar la Dehesa.
No me parece correcto aplicar toda la problemática que explica en los últimos cinco años. Considero que, a excepción de la construcción del parking, "la escandalera" a la que se refiere, se viene dando, por desgracia, desde hace algunos años más que el último lustro coincidente con la alcaldía del PSOE.
Lamento que el señor Marías nos abandone pero entiendo su actitud. Él puede decidir su nuevo refugio cuando, desgraciadamente, muchos ciudadanos no tienen ni donde caerse muertos. Seguiré leyendo sus libros, seguiré recomendando a otras personas los que considere interesantes, al igual que él hacía con nuestra ciudad para que los forasteros la visitaran, y, sobre todo, desearé que todo ello sirva para que escriba cosas más bellas y deje de ser el cascarrabias que acompaña sus últimos textos. Salud y suerte para cumplir, Javier. En Soria siempre le recordaremos, no le quepa la menor duda.  



lunes, 16 de abril de 2012

IMPRESIONES DESCAFEINADAS




Dos niñas muy rubias llamaron mi atención. Desde lo alto no distinguía si eran gemelas o una de ellas era poco mayor que su hermana. Aparté el libro que leía, posé las gafas en la mesa y seguí observándolas. Era una estampa peculiar. Recorrían una plataforma de madera tropical con dos triciclos iguales. Una manejaba mejor su vehículo. Ambas vestían el mismo uniforme rosa. Tendrían cuatro y cinco años, respectivamente. Siempre quise tener una o dos hijas, no me digan la razón pero por lo que sea me gustan más las niñas que los niños. Por desgracia se me pasó el tiempo de procrear y, ahora, de vez en cuando, echo de menos haberlas tenido, lo digo en femenino como si pudieran elegirse los hijos y las hijas. Por eso, cuando veo dos hermosas niñas rubias, como las que contemplaba ayer, disfruto una barbaridad con sus movimientos, sus piruetas, su manera siempre ociosa y carente de sensación de peligro, de disfrutar la vida.

Normalmente, fuera de temporada, donde vivo en Peñíscola, se ven pocos niños. Sin embargo, estos días, de vacaciones en varias comunidades autónomas, está plagado de ellos. Incluso en mi urbanización, muchas madres que no trabajan se han quedado toda la semana con sus pequeños. Algunos padres se fueron el domingo por la tarde y regresarán el viernes a última hora para recogerlos y regresar a su localidad de procedencia. Tengo un vecino, de 7 u 8 años, que también se encuentra disfrutando aquí sus vacaciones. Yo le llamo, sin que lo sepa, Mowgly, como el niño de la selva. Es idéntico a él. Todos los días se acerca a la playa dos veces, disciplinadamente, a entrenar a fútbol. Lo hace con sus padres, uno de ellos se pone de portero mientras él lanza con fuerza el balón a la portería. El otro adulto, indistintamente, se coloca detrás de la portería para recoger los balones que van fuera. Así se pasan dos horas por la mañana y otras dos por la tarde. Hace unos minutos he hablado con él, es un gran futbolista para la edad que tiene, le han hecho pruebas los "ojeadores" del Real Madrid y de la Real Sociedad. Lo he visto jugar alguna vez y, para su edad, es magnifico. El típico creador de jugadas, el cerebrito que pasa el balón perfectamente a su compañero desmarcado. Le he preguntado cómo le va y me ha dicho que hace unas semanas estuvo jugando con su equipo un torneo en San Sebastián pero sin buenos resultados.
El sábado o domingo los niños volverán a irse y todo quedará un poquito más triste. Yo también me iré de vuelta al trabajo. Durante los primeros días continuaré, como hago siempre, recordando éste mismo sonido que ahora escucho del mar algo más alterado que en días anteriores. Recordaré la luz, una luz que me tiene tan enganchado: blanca, uniforme, intensa. Mientras escuche los sonidos envolventes de Teddy Edwards y Houston Person daré vueltas a la poco probable idea de dar a luz un proyecto que me pilla algo mayor. Reconvertir, junto a dos amigos de aquí, de Castellón, un lugar a las afueras de Peñíscola, en algo con la magia de un sello de prestigio en lo que a restauración se refiere. Me dan todas las facilidades para hacerlo: capital, diseño y equipo profesional de garantía, pero… considero mi edad un inconveniente. Nos hacemos viejos sin apenas darnos cuenta, pensamos ya casi en la prejubilación y, repentinamente, te ofrecen una opción de futuro que, sin lugar a dudas, rejuvenecería mi percepción de la vida.

Hablo de niños, de opciones con responsabilidad, de presente y de futuro, mientras vigilo las olas del mar y un atardecer que va a ser menos luminoso de lo habitual. Cuando esté con ustedes, compartiendo mis impresiones en el blog, significará que todo esto que ahora vivo será pasado. El presente, el pasado y el futuro están mucho más cerca de lo que pensamos. El tiempo pasa inexorable, casi sin darnos cuenta.

domingo, 15 de abril de 2012

JAVIER MARÍAS Y SORIA- 2

Ya había publicado en "Escritos en la Cresta de una Ola" una columna de Javier relacionada con Soria http://asfoso.blogspot.com.es/2007/08/javier-maras-y-soria.html
 Hoy, en el País Semanal, Marías vuelve al ataque en su columna "La zona fantasma". 

 CUANDO UNA CIUDAD SE PIERDE 

 No es presunción, pero me consta que algunas per­sonas han visitado la ciudad de Soria en los últimos años por las numerosas veces en que la he mencio­nado con afecto y elogio. A esas personas les debo una explicación, si se han pasado por allí recientemente, y una advertencia a quienes aún tengan pensado acercarse por cau­sa de mis recomendaciones. Tanto apego sentía yo por Soria -lugar de muchos veraneos de infancia- que hace doce años, y tras más de veinte de no pisarla, alquilé el que había sido el piso del gran amigo de mi familia Don Heliodoro Carpintero, quien además, en parte, me enseñó a leer y escribir. Durante este periodo he pasado temporadas en primavera, verano, otoño y en el crudo invierno, y en esa casa, con vistas al precioso parque conocido como la Dehesa, he escrito parcialmente mis últimas cuatro novelas. Ha sido un refugio en todos los sentidos del término… hasta que se ha convertido en lo contrario -un asedio- y me he visto obligado a abando­nar la ciudad y ese piso. El último lustro en Soria ha sido insoportable, y casualmente ha coincidido con el reinado, como alcal­de, de Carlos Martínez Mínguez, del PSOE -se lo pudo ver a menudo hace unos meses como escudero de Carme Chacón-. La ciudad ha celebrado siempre unas fiestas largas, de una semana, los sanjuanes, consistentes sobre todo en la murga non-stop (día y noche) que las llamadas “peñas” endilgan a los habitantes con unas monótonas charangas. Bien, uno evitaba aparecer por allí en las fechas correspondientes. Pero en estos últimos cinco años parece que los sanjuanes duren las cuatro estaciones. El pasado otoño la cosa fue notable. Vinieron las fiestas de San Saturio (patrón local), que solían ocupar dos o tres días y ahora se alar­gan casi siete, y se erigió una carpa estridente en la Plaza Mayor, tan alta como el Ayuntamiento; luego, el puente del Pilar se fes­tejó otra semana, con la ciudad invadida por un “mercado me­dieval” (ya saben, venta de chucherías y de alimentos incontrolados, de salubridad dudosa). El 22 de octubre, que ya no era nada, fue un buen ejemplo de lo que sucede: a lo largo de once horas -once-, grupos de “dulzaineros” o “gaiteros” atronaron el lugar sin descanso, mientras parte de la ciudadanía dispu­taba algo semejante a una carrera sin pies ni cabeza y otra parte saltaba sobre colchonetas en una plaza muy céntrica, todo ello acompañado de música y “ánimos” estruendosos por altavoces. Era como si la ciudad hubiera enloquecido. Lo malo es que esa es la tónica general. Teatros de autómatas tocando salsa ocho horas diarias en verano; desde febrero, ensayos de tambores y trompetas para la Semana Santa (qué diablos tendrán que en­sayar, si es lo mismo desde hace siglos); bares y terrazas proliferantes, sin control alguno, con la música a tope y sin respetar los horarios (si el dueño del que padece uno cerca es además un malasangre, imagínense la tortura); mastuerzos a grito pelado de madrugada, sin que la policía municipal nunca se inmute; conciertos y actuaciones cada dos por tres en pleno centro, bafles hasta las tantas; botellones en el delicado parque, que que­da arrasado; un “trenecito” turístico que recorre la ciudad metiendo más ruido que otra cosa; un sistema de recogida de hojas a mil decibelios… El Ayuntamiento, en vista de que los ociosos juegan sin cesar a la tanguilla en la Dehesa, sustituyó el suelo de tierra o grava por uno de asfalto, gracias a lo cual el estrépito es continuo: clink, clank, clonk, vuelve loco al más cuerdo. Por no hablar de las procesiones, de las que pocas poblaciones se li­bran en este Estado nacional-católico en el que seguimos viviendo. (Añadan a unas caseras infragaldosianas, esto a título particular mío.) Por si no bastara todo esto, acaba de comenzar una disparatada y descomunal obra justo al lado del parque (que sin duda se verá muy dañado), para construir un superfluo aparcamiento subterráneo. Existe ya uno a unos centenares de metros, que está siempre medio vacío. La obra del nuevo e inútil (útil sólo para destruir) se prevé que dure dos años, así que échele tres, por lo menos, de zanjas, vallas, perfo­radoras, tuneladoras, lodo, polvo y árboles muertos. Como para pasear por allí, sin duda. Los sorianos son muy dueños de tener la ciudad que quieran, faltaría más, y a buen seguro están contentos con su alcalde, pues lo reeligieron hace menos de un año. Ahora bien, si antes Soria era un lugar singular, decoroso y digno y con enorme encanto, ahora –cómo decirlo- con su “valencianización” permanente, se ha convertido en un sitio vulgar, como cualquier otro. De la de Machado y Bécquer no queda nada, y maldito lo que estos dos poetas les importan a las actuales autoridades. La transformación es sintomática de lo que es hoy España: si una localidad pequeña, castellana, aus­tera, tranquila y fría se ha convertido en un espacio ruidoso, impersonal y festero (no sé de dónde sale el dinero para tantos “entretenimientos” municipales), da escalofrío imaginar lo que serán otras de mejor clima y costeras. Dejo allí buenos amigos (Ángel, Sol y Alejandra; Enrique y Mercedes; Fortunato y Lourdes y Álvaro; César, y Jesús y Ana; Emilio Ruiz, que murió justo cuando me despedía). Seguiré animando de lejos al equipo de fútbol, el Numancia; los buenos recuerdos de hoy y de antaño prevalecerán sobre los malos recientes, seguro. Pero, así como los sorianos son libres de cargarse su ciudad (desde mi punto de vista), yo lo soy de largarme, aunque con mucha pena. Un adiós significativo. 

 JAVIER MARÍAS El País Semanal, 15 de abril de 2012

martes, 3 de abril de 2012

UNA DE RABAS!!!!!!!!!!!!!!


Me encontraba en "The Taste Corner", creo que es así su nombre tan british, cuando comencé a hablar por teléfono en relación a mi nuevo Mac. Al mismo tiempo, comía una de las casi cien diferentes especialidades modelo "chapata", con nombres en castellano. Me sentía tan emocionado con mi nuevo Mac que no me daba cuenta que las mesas de mi alrededor estaban también ocupadas. Preguntaba a mi interlocutora dónde podría recoger mi Office y cómo podía acceder al DriveBox. Hablaba de iTunes, iPhoto y de aspectos relacionados con el mundo Apple, también de enviar un e-mail por hotmail o gmail y otros múltiples "palabros" de la lengua de Shakespeare. Hubo un momento que miré a mi alrededor y muchos de los comensales cercanos, que también devoraban sus chapatas, me observaban impresionados. Parecía todo un hombre de negocios de Wall Street aunque con un acento inglés que dejaba mucho que desear. Tal vez, mis paisanos reunidos ese sábado por la mañana en "The Taste Corner" para devorar “minichapatas”, hablaban perfectamente el idioma informático por antonomasia y les chocaba mi acento españolizado. Es increíble cómo, en un periodo no demasiado largo, el lenguaje de la informática nos ha atrapado. Cuando colgué, acabando así mi conversación, seguí leyendo el Diario Montañés con la intención de absorber  lo que pasaba en mi tierra, de nuevo ajeno a los otros comensales y volviendo a la realidad escrita en nuestro rico idioma. Me asomé a uno de los ventanales del centro comercial, para, en ese día tan soleado, disfrutar con el paisaje que tan poco contemplaba últimamente. El aeropuerto con muy pocos aviones y algunas avionetas, la bahía al fondo y a su izquierda numerosos edificios construidos de manera más bien anárquica. Olvidé todos los datos y aplicaciones que nos tienen atados al mundo moderno, dirigiéndome a una taberna de toda la vida situada en Adarzo. Una vez dentro saludé a la dueña y escuché a mi alrededor los mismos acentos que acompañaron  mi infancia. A su vez, otro de mis sentidos  favoritos quedó atrapado por unas rabas excelentemente rebozadas y  medio vermú de solera . Mi Mac, y todo su universo, podía esperar. Mejor que no se sintiera tan importante como lo era yo en aquel momento.