sábado, 29 de septiembre de 2012

MATTHEW DEAR





El tejano Matthew Dear es la nueva estrella del neo techno minimal con enjundia. Dear es uno de los productores blancos contemporáneos más respetados por la comunidad de Detroit donde vive actualmente y desde donde confeccionó su primer álbum Leave Luck to Heaven editado en la temporada de invierno de 2003-04 en Spectral Sounds (subsello de Ghostly International). Un disco que no pasó desapercibido para medios mainstream como Rolling Stones, Spin, NME y The NY Times y que puso el dedo en llaga de esta nueva ola de productores de minimal bailable.

viernes, 28 de septiembre de 2012

EL LENGUAJE PERDIDO DE LAS GRÚAS


El pasado verano leí bastante menos de lo habitual. Analizando cómo fue transcurriendo, con una vida social mucho más intensa a lo que tengo acostumbrado, considero que ese detonante fue el culpable de mi falta de ganas para leer y también para concentrarme adecuadamente. No obstante, no me pesa, a partir de ahora tengo mucho tiempo para dedicarme a la sana costumbre de tener un libro entre las manos.
He leído periódicos y revistas especializadas pero tan sólo  un libro. Ciertamente no encontraba, entre mi amplia biblioteca de más de cinco mil libros, el adecuado a ese tiempo estival  que transcurría entre viaje y viaje, o bien, tomando el sol al lado del mar. Sin embargo, tuve la suerte de dar con “El lenguaje perdido de las grúas” del autor norteamericano David Leavitt. El libro lo leí nada más editarse en España a finales de 1987 y me impactó entonces. Ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo debido a esos personajes tan lejanos (y a la vez cercanos en sentimientos) que acaban ganándose al lector de manera que con el paso de las páginas te atrapan con sus conflictos y pasiones  que transcurren mucho más deprisa de lo que parece, haciendo balance de la vida trascurrida  y de la dificultad de la comunicación. Emotivo y duro pero lleno de ternura, soledad y amor.
El libro trata de las relaciones personales, teniendo como protagonistas a algunos homosexuales que van contándonos su experiencia vital. El título, que tiene doble lectura, se basa en un caso de psiquiatría, posiblemente verídico, que es la triste historia de un niño que nació de la violación de una adolescente, probablemente discapacitada psíquica.
 “Inspeccionaba el índice, un poco harta ya y pensando en la comida, cuando descubrió el resumen de un caso que la intrigó. Estaba incluido en una colección de artículos de psicoanálisis guardados en unos estantes perdidos. Siguió la pista de la signatura y cogió el libro del anaquel. Leyó el artículo una vez, rápidamente y con un poco de ansiedad, saltándose frases para encontrar la tesis sostenida por el autor, tal como había aprendido hacía tiempo. Luego, volvió a leerlo más despacio. Cuando terminó respiraba ruidosa e irregularmente, su pie golpeaba el oscuro suelo metálico de las estanterías y el corazón le latía con fuerza.
Era la historia de un niño, llamado Michel en el artículo, nacido de la violación de una adolescente posiblemente retrasada.
Hasta la edad de dos años vivió con su madre en un piso junto a un solar en construcción. La madre se pasaba el día entrando y saliendo del apartamento, perdida en su propia locura. Apenas era consciente de la presencia del niño ni sabía cómo alimentarlo o cuidarlo. Los vecinos estaban alarmados por los lloros de Michel y muchas veces, cuando llamaban a la puerta para pedir a la madre que lo calmara, descubrían que el niño estaba solo. Salía a todas horas y abandonaba al niño sin nadie que lo vigilara. Pero, de pronto, un día el niño dejó de llorar. Al día siguiente, el silencio continuó. Y así, durante varios días en los que apenas se oyó un ruido. Los vecinos llamaron a los bomberos y a los asistentes sociales, quienes encontraron al niño echado en su cama junto a la ventana.
Estaba vivo y presentaba un aspecto notable, a juzgar por la severidad con la que había sido descuidado. Jugaba pacíficamente en su mugrienta cama y se detenía cada pocos minutos para mirar por la ventana. Su juego no se parecía a nada de lo que pudieran haber visto antes. Miraba por la ventana y levantaba los brazos.
Los movía dando sacudidas y se paraba. Se ponía de pie sobre sus flacas piernas y se caía, pero volvía a incorporarse. Emitía ruidos extraños con la garganta, una especie de chirrido. ¿Qué estaba haciendo?, se preguntaron los asistentes sociales. ¿A qué clase de juego está jugando?
Entonces miraron por la ventana y descubrieron varias grúas que levantaban vigas y agitaban con sus brazos únicos barras de hierro para su demolición. Cuando la grúa se levantaba, Michel se levantaba; cuando se inclinaba, él se inclinaba. Cuando los frenos chirriaban y el motor zumbaba, él chirriaba con los dientes o zumbaba con la lengua.
Lo cogieron y se lo llevaron. Entonces, empezó a llorar de modo histérico. Era imposible calmarlo, completamente desconsolado al verse separado de su amada grúa. Años más tarde, siendo un adolescente, lo llevaron a un hospital psiquiátrico.
Se movía como una grúa, hacía ruidos como una grúa y, aunque los médicos le enseñaron muchos dibujos y juguetes, sólo respondió a los dibujos de grúas y sólo jugaba con los juguetes de grúas. Sólo las grúas lo hacían feliz. Por ello recibió el nombre de«el niño grúa»”.

lunes, 24 de septiembre de 2012

COCINA CÁNTABRA


Compartir fogón con un cocinero profesional siempre es una satisfacción.  Edu es mexicano y lleva más de ocho años en España. Es discípulo del gran maestro Koldo Royo, chef vasco afincado en Mallorca. Edu trabajó en Mandarina-Peñíscola y en la actualidad es el cocinero jefe de Rojo Picota, local que depende de la misma dirección empresarial que Mandarina.
Con motivo de unas jornadas gastronómicas que cada mes, fuera de temporada, realiza el restaurante-vinoteca Rojo Picota, he sido encargado de dirigir las correspondientes a mi querida tierruca, Cantabria. Aunque mi madre ha tenido mucha relación con la gastronomía de la tierra, fue directora de la Escuela de Hostelería de Santander durante varios años, no he querido tener ninguna dependencia y por mi cuenta me he “tirado al ruedo”.  Tras varias reuniones con los responsables del restaurante para consensuar lo relativo a los platos del menú, su maridaje y los precios para adaptarlos al coste de la jornada gastronómica por comensal, llegamos al acuerdo de que conste de una entrada, pimientos asados con anchoas de Santoña y ventresca de bonito de Cantabria, regado con cerveza de barril. De primer plato, Pastel de Cabracho con un cava catalán y como plato principal, Sorropotún al estilo de San Vicente de la Barquera y vino tinto suave. El postre será quesada de Alceda-Ontaneda con “leche de Sultán” (helado de limón con vodka).  Días antes, Edu preparó el Pastel de Cabracho con una textura inmejorable aunque detectamos que tiene que contener algo más de pescado. Ayer, preparamos de manera conjunta el Sorropotún, denominado en Cantabria marmita. Realizamos el trabajo de manera conjunta, yo seleccioné el contenido y las cantidades y Edu, sin querer inmiscuirse en el proceso “técnico”, iba dando instrucciones para que el resultado final fuese más profesional. Una vez terminada la cocción de las patatas, pimientos, tomates… añadimos el bonito, recién pescado en aguas baleares por nuestro amigo común Raúl y, después de probarlo, decidimos que reposara un  par de horas. Más tarde, con unos amigos, catamos la marmita, resultando por decisión colectiva que el plato tenía una nota cercana al sobresaliente. Realmente quedó de lujo.
El día 15 de noviembre será la cena degustación y tendré el honor de dirigirme al respetable colectivo del buen comer para intentar hacer honores a la comida de mis ancestros. Espero que todo vaya por buen camino, el primer paso ya lo hemos dado seduciendo a personas ajenas a nuestra cocina. Intentaré dejar el pabellón cántabro como se merece. Con ayuda de Edu estoy seguro que será todo un éxito. Seguiremos informando…

miércoles, 19 de septiembre de 2012

GRAN BUFFET EN EL DELTA DEL EBRO


Nunca me han gustado esas películas del tipo Torrente, ¡faltaría más!. Sin embargo, hay que reconocer que hay muchas circunstancias en nuestra cotidianidad que nos recuerdan a esas escenas que parecen tan disparatadas. Hace un par de días, un amigo barcelonés que  con su catamarán  entrena en  aguas de Castellón, me invitó a comer, aprovechando su regreso a tierras catalanas, en el cercano Sant Carles de la Rápita, en tierras del Delta del Ebro. Me desplacé ex profeso para ello.  Seguí su coche hasta llegar a un amplio aparcamiento junto a una nave que decía: “Gran Buffet La Rápita (marisc, peix i carn)”. Entramos y mi amigo recogió una tarjeta  tipo a las de crédito, pasamos por un torno y nos introducimos en un gran comedor con sillas y mesas de plástico, al menos así me pareció. Llegamos a las 13,30, hora perfecta para que la amplia variedad de paellas no estuvieran estropeadas por los comensales. Nunca había visto tal variedad de arroces (paella ya tiene una cierta denominación de origen y tan sólo admite ingredientes de toda la vida), había ocho o nueve paellas (las paelleras que siempre hemos denominado se llaman, curiosamente, “paellas”) con diversos arroces y fideuás, así que empezamos por ahí, realmente estaban sin “estrenar” y fue una delicia comer en el mismo plato tanta variedad de arroz. Aparte del torno, al atravesarlo, me llamaron mucho la atención las camareras. No es mi intención desacreditarlas, pero por su manera de vestir, con una camisa excesivamente apretada y una falda muy ceñida, parecían más propias de  un lugar menos “virtuoso” que un restaurante. Cuando nos sentamos a la mesa ya nos habían puesto   una botella de agua de litro y medio, otra de vino de mesa tinto y otra de vino de mesa blanco. También se podía pedir gaseosa y sifón Geiser. Tras los arroces -iba a decir paellas- me dirigí a la zona de ensaladas, había un montón pero no me apetecían en ese momento de tanto atiborramiento de comidas diversas. El restaurante se iba llenando de comensales y comencé a analizar el tipo de clientes que había, un poco de todo, pero llamó mi atención el gran número de personas obesas que con lentitud recorrían los amplios mostradores en busca de alivio gástrico. Mi plato, entonces, contenía una nécora que al abrirla estaba famélica, cuatro rabucas tiernas y gula que se había quedado un poco seca. Comparé mi estomago con el de los obesos y tomé un respiro para zamparme un filetuco de ternera que me frió en el acto un cocinero ecuatoriano. Los platos usados se dejaban en una cinta que los desplazaba a la zona de fregado. En los postres empezamos a charlar. Mi amigo y yo casi no habíamos coincido hasta ese momento en la mesa que compartíamos ya que nos levantábamos constantemente para recorrer los amplios estantes repletos de comida para volver a llenar el plato. En ese preciso momento,   yo daba cuenta de una rodaja de piña en su punto y él comía leche frita y un flan. Hablamos del lugar y del precio. Costaba trece euros por persona, algo que me pareció muy barato en relación a la oferta gastronómica. Cuando nos íbamos aquello estaba abarrotado. Tomamos un café y charlamos de gastronomía y de una cadena montañosa que teníamos de frente. A nuestra espalda el paisaje era especialmente bello, el día era soleado y contemplar el Delta fue, sin duda, lo mejor de la jornada.   Nos marcamos dos retos cuando volviéramos a estar juntos, desplazarnos en barco a un restaurante que estaba entre San Carles y la isla que formaba el Delta y subir a la “Foradada”, una abertura inmensa que se encontraba en lo más alto de la montaña. Tras despedirme, regresé a Peñíscola con intención de descansar de una comida mucho más calórica de lo que hubiera deseado pero la experiencia había merecido la pena.




sábado, 15 de septiembre de 2012

DESAYUNO CON DIAMANTES


Venía de una comida con amigos tras una mañana de playa. Una de esas jornadas que recuerdan a las de mi infancia en Santander. Mar alborotado, olas que te hacen sentir pequeño y percibir, a la salida del baño, un calor reconfortante que evocaba, entonces,  la calidez poco habitual de los veranos en Cantabria.  Sin embargo, se trataba del Mediterráneo,  tan cercano ahora y para  siempre inolvidable.  Era una hora tardía y el cielo, inigualable en colores a esas horas del atardecer, fue el detonante para quedarme en casa. Luego anocheció de repente pero el mar seguía con una simetría sonora intensa. Conté los días pasados y las jornadas que me quedaban en este remanso de paz y la operación matemática resultó negativa. Los días pasados ya dominaban a los días restantes de vacaciones pero no importaba, ciertamente habían resultado trayectos memorables y, por suerte, todavía quedaban  muchos atardeceres por disfrutar al lado del, ahora, proceloso mar.
Se hizo de noche y se apagaron las ideas. Sin embargo, un resplandor  despejó mi mente. Recordé que una de mis mejores películas de todos los tiempos esperaba en el Mac para ser saboreada. Audrey Hepburn, mi diva, aguardaba en un “Desayuno con diamantes” espectacular en todos los aspectos.   Música, fotografía, artistas, dirección… todo, con el mar alborotado de fondo, hicieron de ese rápido oscurecer de septiembre una noche gloriosa.  Había olvidado fases de la película, algunas veces paraba la reproducción para contemplar alguna escena o alguna toma peculiar y, siempre, disfrutaba con la protagonista, mi artista más adorada. Cuando acabó el metraje, con intensa lluvia en Nueva York y un gatito estelar, quedé prendado, una vez más, de la película. Cerré el Mac y me asomé a contemplar el mar que seguía llamando la atención. Un enigmático Chow Chow  vecino atrajo rápidamente mi curiosidad. Le he seguido durante los diez días que lleva en un apartamento cercano y le he tomado mucho cariño. Es una especie de gato, similar al de Audrey en comportamiento, así que seguí admirándolo mientras recordaba las escenas de Desayuno…
Ahora me voy a la cama reconfortado con la visión de una película de 1961 que siempre estará entre mis favoritas. Buenas noches, mundo. 

jueves, 13 de septiembre de 2012

ISLAS COLUMBRETES


Llevo la friolera de diez años intentando visitar las islas Columbretes. Aprovechando unos días de vacaciones en Peñíscola,  antes de ir, busqué el teléfono en Internet de la empresa que organiza viajes al Parque Natural y reservé para el domingo día 10, anotando mi nombre y un teléfono de contacto.  Estando ya en Peñíscola me llamaron para decirme que el viaje lo adelantaban un día y me solicitaron estuviera en el puerto a las 7,45 del día 9, sábado. Valentín, vecino y amigo, me dejó unas aletas y unas gafas para hacer snorkel en L´Illa Grossa. Dos días antes de la fecha de embarque estuve practicando con el material para ir un poco adiestrado.   El día de la fecha de embarque me levanté una hora antes, a las 6,45, preparé un par de bocatas y metí en mi mochila todo lo necesario  para pasar el día en las islas sin olvidar mis prismáticos y bastante agua, las islas Columbretes están despobladas. A las 7,30 me desplacé en bicicleta hasta el puerto y esperé que llegara la hora. A las 8 allí no había nadie ni estaba abierta la cabina expendedora de billetes. Esperé un cuarto de hora y como todo seguía igual regresé por donde había ido con el consiguiente malestar. Pensaba, si han tenido que suspender el viaje por las razón que haya sido tenían mi teléfono para avisarme. Todo era muy raro. Al llegar a casa telefoneé a la compañía explicando lo que había pasado y la persona que me atendió perjuraba que a las 8 había salido el barco y que todo había trascurrido con normalidad. Cambiamos impresiones hasta que de repente me preguntó: ¿Desde dónde me llama? Desde Peñíscola, respondí. Ahora entiendo, me dijo, está hablando usted con Castellón y el barco ha salido de allí.  La empresa gestiona todos los viajes de la provincia a Columbretes, tengo entendido que además de Peñíscola salen de Alcocebre, Castellón y algún otro puerto. Cometí la equivocación de pensar que hablaba directamente con el puerto de Peñíscola y mi interlocutor daba por hecho que pensaba salir de Castellón.
Ahora espero que no pasen otros diez años para conocer Columbretes.