miércoles, 17 de julio de 2013

DAVID M. WAGNER, EL HEMINGWAY SORIANO.


David Wagner es el peculiar icono de las fiestas de San Juan de Soria desde hace varios años. Arquitecto e ingeniero jubilado, se le conoce como el Hemingway soriano. Hace cuatro o cinco años coincidí con él en un bar del casco viejo de Soria, acababa de llegar de su tierra, Oregon (USA), eran días previos a las fiestas. Tomamos unas cervezas y charlamos bastante. Ahora, gracias al Facebook, sigo más su trayectoria.
El otro día publicó una entrada en un castellano no apto para todos los públicos. Era sobre la primera borrachera sanjuanera de 2013. Intentaré ser lo más fiel posible a la traducción.

ASÍ OCURRIÓ
“Jesús y yo nos encontramos (qué casualidad –esto lo añado yo-) a la puerta de un bar, la taberna “La niña” en la Plaza Mayor. Allí mismo, en la puerta, nos encontramos a dos tías buenas que eran forasteras. Les invitamos a tomar algo para saciar las gargantas secas. Hartas de nosotros y de nuestras preguntas lograron zafarse no sin antes haber consumido bien. Como debe ser…
Al salir de la taberna, casualmente, nuestra peña iba calle arriba, intentamos alcanzarla pero fue inútil, otras dos peñas se metieron por medio y ahí empezó la borrachera. Íbamos calle arriba saludando a todo el mundo y pasándolo bien. Por suerte, llevaba yo una botella pequeña de ron Cacique (de un litro) y cada vez que nos parábamos tomábamos un chupito para mantener la garganta en buena salud. (Desde la plaza Mayor, atravesando el Collado, hasta la entrada de la Alameda de Cervantes habrá unos ochocientos metros de distancia) Subiendo por el Collado, bebimos de todas las botas pero por fin llegamos a la Alameda de Cervantes y lo hicimos de maravilla (lo digo porque era un milagro que llegáramos) Un poco raro pero nos encontramos a otras tres guapetonas sorianas con sed… así que compartimos un poco de ron y luego ese “Gran enano de las Ramblas” (por Jesús), como en su primera juventud, se convirtió en deportista. Y otra vez alarmadas y con cierto miedo se nos escaparon las guapas. ¡Vaya perdida! Y, además, casi perdemos también la cabeza de Jesús. ¿Cómo ocurrió eso? Puede ser por la sombra del parque, o simplemente por ser medianoche… pero el momento, la alegría de la fiesta, la belleza de todas las mujeres ese día, todo junto se subió a la cabeza del Gran Señor y se volvió medio loco. Ahora, mirando hacía atrás, era como si fuera mi hijo pequeño que quería escaparse a cada instante por la calle, o un perro que quiere que le quites la correa cuando está en el campo. El caso es que cada vez que le soltaba para ajustarme mis pantalones, olvidé ponerme los tirantes, se escapaba corriendo a pasos pequeños pero muy rápidos y lo podía alcanzar. Aunque, no duraba mucho así ya que cada vez que encontraba un obstáculo se daba contra él y caía, por ejemplo se daba contra  los bancos, tropezaba con la acera e incluso contra unos arbustos perdiendo las gafas. Una vez se fue directo contra un árbol, por suerte no le pasó nada al árbol. Llegando prácticamente a la zona más alta del parque salió corriendo como los tiovivos y cayó al suelo de cabeza. El reloj se hizo trizas, las gafas por el suelo otra vez y yo recogiéndolo todo mientras Jesús permanecía aplastado contra el suelo con una mirada como si hubiera visto a un fantasma o tal vez la luz al final del túnel, qué sé yo… aunque esta vez fue fácil localizarlo al quedarse paralizado en el centro del camino. Se me olvidaba comentar que de vez en cuando se meaba encima por el mero placer infantil de hacerlo. Venia gente a ayudarlo pero por el olor que desprendía y los coágulos de sangre cayendo  por su cabeza eran los culpables para que nos dejaran enseguida en paz (aunque con Jesús al lado siempre se encuentra uno en paz). Parecía más zombi que un autentico zombi y andaba más o menos igual que ellos y como todos los zombis se quedó dormido en un banco, aunque teníamos que cambiar rápido ya que se meaba en todos. Yo mismo tenía tanta sangre en la ropa que parecía que habíamos salido de La Saca (relacionado con los toros) y cada vez que le tocaba me manchaba más. Al final se quedó, vamos a decir, dormido, porque no hay otra palabra que conozca para describir ese estado; sentado en un banco, ojos abiertos, mirando hacía adelante, al universo, sin moverse ni dar señales de nada, pero respiraba y por eso sabía que vivía.
Hora y media más tarde se movía y me dijo: “Estoy preparado”. No tengo ni idea de lo que quería decir pero lo levanté del banco y por pura fuerza, con una mano subiendo mis pantalones ensangrentados y con la otra mano agarrando su propio brazo como si fuera de hierro, le conduje a casa… al principio me perdí por las calles pero, claro, era de noche.
Con mis problemas de piernas tuve que subirlo andando todas las escaleras hasta su puerta, lo metí en la cocina para quitarle la ropa, sentarle en un cubo y lavar y curar las grietas de la cabeza y los restregones de otras partes de su cuerpo. Se quedó mirando las manos y la sangre, preguntándome si la sangre era suya o de otra persona y dónde estábamos.
Con toda la ropa (la mía incluida) en un cubo de agua con jabón, lo metí en la cama, le puse la sabana encima, le toque la mejilla y la nariz de forma afectiva y Jesús G. R., “El gran enano de las Ramblas”, me dijo: “Pasamos juntos las fiestas de maravilla”. Estoy de acuerdo, pero oye: ¿alguien ha visto a ese tal San Juan?, queremos invitarle a un trago, ¡o a dos!...”