lunes, 30 de septiembre de 2013

VENECIA, UN PARQUE TEMÁTICO


Ya ha pasado una semana desde que regresé de Venecia y todavía tengo grabados sus colores. Ciertamente, esos colores, los reflejos de los palacios en el canal, la luz tan especial, sigo recordándolos con la cámara  de fotos apoyada en el vaporetto.  Todo un lujo ya que su velocidad nunca pasa de los cinco kilómetros por hora, así que es fácil fotografiarlo todo desde ese rinconcito que supone el vaporetto. Había leído en los foros, incluso algunos familiares y amigos me habían advertido, que no pagara el viaje ya que nunca hay  inspector, sin embargo, en algún lugar de internet, por dos veces, leí que, de vez en cuando, inspectores en grupo asaltan la embarcación y no se salva nadie que no lleve billete, pagando una multa de cien euros. Por si las moscas, nosotros sacamos una tarjeta para tres días. Durante todos los trayectos que hice en vaporetto, calculo que unos quince, no apareció revisor alguno, además me fijé que muy pocos usuarios pasaban su billete por la maquinita verificadora correspondiente. Los dos últimos días, caducada ya mi tarjeta,  empecé a viajar sin billete.
Monet

Venecia es un parque temático especializado en sacar dinero al turista. Sin ir más lejos, cada viaje en vaporetto cuesta siete euros. Los venecianos no creo que paguen más de cuarenta céntimos por el mismo trayecto. De los impuestos municipales  para turistas ya he hablado en otra entrada del blog: dos euros por persona en cada pernoctación y consumición, aparte del precio del cubierto no incluido en el menú. En Venecia no encuentras bancos (de sentarse, claro) ni en las plazas, ni en las calles, ni tan siquiera en la estación del ferrocarril, de esa manera si estás cansado no te queda otra que sentarte en una terraza o en el suelo. Los baños públicos son muy escasos y están anunciados por las calles como si de una atracción turística se tratara, aunque llega un momento que ya no encuentras por ningún sitio la indicación, orinar en ellos cuesta más de un euro…
Recuerdo que volviendo en vaporetto de la isla de Murano, después de pasar la isla cementerio,  Venecia al atardecer nos reservaba una vista extraordinaria. Decía Dino Buzzati que el vaporetto, ajeno a todo, avanza por la laguna con una melancólica parsimonia mientras la noche termina de caer. Uno se siente, entonces, inspirado y arrebatado por ese perfil tembloroso de Venecia iluminada por el último sol.
Yo creo que en el vaporetto fue donde más horas pasé en Venecia. Encontré mi lugar favorito en ese trasporte  en la popa del barco, allí se ubicaban, en media luna, entre siete y once asientos, dependiendo del tipo de embarcación. Siempre estás resguardado del viento y nada  molesta tu vista.  Recuerdo una noche que viaja en el número uno, el que atraviesa todo el Gran Canal. Iba fijándome en mis acompañantes de popa y aquello parecía un mundo babel.  Una pareja de árabes ricos, recién casados, se fotografiaban con su nueva Leica. Aparte de ellos había un par de negros mirándolo todo de manera parsimoniosa, una pareja de alemanes muy rubios, una japonesa sentada a mi lado que fotografiaba los pocos palacios iluminados, una pareja anciana de estadounidenses muy abrigados y dos españoles que ya conocían el trayecto del uno como la palma de la mano. Una vez, en Lido, era ya un poco tarde, pregunté a alguien hasta qué hora había vaporettos. Me dijo que durante toda la noche. Luego, mirando el timetable comprobé que el primero que salía de Lido era antes de las cinco de la madrugada y el último hacia Venecia era a las dos. No creo que haya en ninguna ciudad del mundo un horario tan abierto como el de los vaporettos, cubriendo el transporte veneciano casi todo el día.



domingo, 29 de septiembre de 2013

LOS COLORES DE VENECIA


No va a ser narcisista Venecia, siempre mirándose en sus aguas.



VENECIA Y EL ORIENT EXPRESS


Foto: Luis López

El tren Orient Express efectúa diferentes trayectos por Europa, entre ellos Londres-Paris- Venecia y viceversa; también une Paris con Venecia para continuar a Roma pasando por Florencia; y otro más largo en recorrido, Paris- Estambul- Bucarest- Budapest- Viena- Venecia. Cualquiera de ellos me pone los pelos de punta -makes my hair stand on end-. Antes de conocer Venecia, Paris era mi ciudad favorita de las que conozco, seguida muy de cerca por Londres. Ahora, Venecia se convierte en la primera, a partir de la tercera posición me costaría bastante establecer una clasificación más o menos coherente, aunque estarían con seguridad, sin importar mucho el orden, Budapest, Praga, La Habana, Cartagena de indias, Annecy, Cheste, Granada, Salamanca, Santiago de Compostela, Lisboa, Brujas… Volviendo al Orient Express, el pasaje medio, en pensión completa, cuesta unas dos mil euros más los vuelos de ida y vuelta a la ciudad de inicio del recorrido y llegada. Puede parecer algo caro pero tratándose de un “homenaje” personal considero que con un poco de  sacrificio   puede hacerse. Creo que elegiría el recorrido Paris-Venecia-Florencia-Roma.
Mi cuarto día de estancia en Venecia nos acercamos, a primera hora de la mañana, a la estación Santa Lucía para tomar un tren a Padua.  En Italia las cosas parecen más sencillas que en otros lugares. Por ejemplo, puedes sacar los billetes que quieras, no tienen caducidad, únicamente, antes de entrar en el andén hay que introducirlo en una maquinita, es obligatorio, de no hacerlo es como si viajaras sin billete. Luego, en caso de pasar el revisor, no lo hace siempre, lo comprueba y rompe una esquina. Cuando estábamos en nuestro andén correspondiente llegó un tren procedente de Milán,  plagado de gente joven y ejecutivos, nunca había visto un tren tan largo y con tanta gente. Viéndolos desfilar por delante de mí durante un periodo de unos quince minutos volví a comprobar que los italianos son los mejores vestidos del mundo, nada que ver con España, por ejemplo. Cuando aquello quedó vacío pude contemplar las columnas donde se escondían los agentes policiales en la película The Tourist, la había visto recientemente, recomendada por salir Venecia no por tratarse de un film de calidad. En Padua, tras la paliza que supone visitar los Museos Eremitani (asentados en un grupo de edificios monásticos del siglo XIV) y la capilla Scrovegni (construida por Enrico Scrovegni en 1303, con la esperanza de que de esa manera libraría a su padre, usurero, de la condenación eterna a la que Dante le había sentenciado en su Infierno. La capilla está plagada de armoniosos frescos sobre la vida de Jesús pintados por Giotto) con la sobrecarga que tienen las piernas de patear Venecia,  hice mi mejor comida de esos días en la Piazza della Frutta, concretamente en el Caffé Patavino. Acostumbrado a desorbitados precios de Venecia, pagar por una copa de vino tres euros, cuando en Venecia te cobran siete, y ocho euros por un plato de pasta cuando en Venecia es de dieciocho, el Patavino me pareció una bendición divina de San Antonio de Padua. Además, allí no cobraban el impuesto municipal de Venecia que suele ser de unos dos euros por persona en cada comida y pernoctación, un atraco a mano armada, vaya! Luego paseamos por la zona universitaria, por la basílica, por el Duomo, visitamos el Orto botánico, el más antiguo de Europa y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y justo al lado, el Pratto della Valle, una de las plazas públicas más grandes de Italia, de forma elíptica que recuerda a un teatro romano, un canal recorre todo el perímetro de la plaza, flanqueado por estatuas de 78 eminentes ciudadanos.
El regreso me supo a gloria, durante los 45 minutos que dura el recorrido a Venecia pude relajarme. Al salir, al atardecer, de la estación de Santa Lucía, Venecia nos esperaba con una luna espectacular. De la estación al hotel tardamos apenas 5 minutos pasando el puente Calatrava. Esa noche habían llegado nuevos trasatlánticos y daban órdenes por megafonía en castellano. Al día siguiente, nuevamente, Venecia estaba plagada de visitantes. Esa noche soñé con el Orient Express y gente vestida elegantemente.



sábado, 28 de septiembre de 2013

MANN, VISCONTI, FELLINI, MAHLER...


Foto: Luis López

Accidentalmente llegamos a Lido, ciertamente no era nuestra intención, al menos en ese inesperado viaje desde San Marcos al atardecer, pero… justo en el Arsenal la decisión estaba tomada. No había vuelta atrás viendo a mis espaldas Venecia desde otra perspectiva. Atravesando  en línea recta, desde la estación del vaporetto en Lido hasta la playa,  mi primera y única incursión en el Adriático, grupos de personas bronceadas atiborraban todas las terrazas situadas a derecha e izquierda de la calle, por momentos, por su manera de vestir, por su aspecto, me recordaron que paseaba por el Sardinero cuando apenas tenía diecisiete o dieciocho años. Ya en la playa, reconocí la esbelta figura del Hotel des Bains. Tomas Mann se alojó allí, con su mujer y su hermano, durante el verano de principios del siglo pasado. Allí se obsesionó con un niño de 11 años llamado Wladyslaw Moes, que pasaba sus vacaciones con su madre, polaca, y sus hermanas, inspirando a Tadzio, el enigmático adolescente de la novela La muerte en Venecia, escrita en 1912.  Visconti, en 1971, trasladó el libro de Mann a la gran pantalla. Muerte en Venecia, se convirtió  en un mito. Cuando llegué a España lo primero que hice en casa fue escuchar a Gustav Mahler rememorando la película.
La ciudad de Venecia debe mucho a Visconti ya que dotó a la ciudad de un aire romántico. Más tarde, en  1954, el director rodó el comienzo de su largometraje Senso en La Fenice. Durante la tarde siguiente a visitar Lido nos perdimos por los alrededores del teatro La Fenice (Ave Fénix). Canales, mucho más tranquilos que en la zona de San Marcos o Rialto, desembocan en una calle muy comercial donde  están situadas las tiendas de las primeras marcas italianas de grandes diseñadores. La Fenice, que cuenta con 223 años, creo, se quemó en 1836 renaciendo de sus cenizas. En 1996 volvió a arder, intencionadamente, quedando intacta, tan solo,  la fachada principal.  En este barrio conocí las osteries (tabernas) donde se toma el vino ombra y las famosas tapas venecianas a base de bacalao, sardinas… Luego vino el atardecer con sus góndolas plagadas de japoneses y las voces de barítonos que llenaban con sus cánticos todos los rincones de los canales.
La noche anterior, regresando de Lido a Piazzale Roma, donde se encontraba mi hotel, pude hacerme una idea de la laguna iluminada por tenues luces que daban a conocer la parte más intima de Venecia.

viernes, 27 de septiembre de 2013

PRIMERA IMPRESIÓN DE VENECIA


FOTO: LUIS LÓPEZ

Por muchas fotos y documentales que se vean nunca podremos hacernos una idea de cómo es Venecia. Cuando vas atravesando el puente de la Libertad tienes una necesidad imperiosa de estar dentro de ese conjunto de islas, unidas por puentes, para saber realmente cómo está construida. Lo primero que te llama la atención, a la diestra, son esos trasatlánticos gigantescos que sobresalen entre los edificios. Una vez que el autobús te deja en Piazzale Roma aparece el puente de la Constitución, construido por Calatrava y que tanta polémica causó entre los venecianos, y justo debajo de él, descubres, nada escondido, el  Gran Canal en todo su esplendor, transitado por innumerables embarcaciones  y que te atrapa por la belleza de palacios y edificios a ambos márgenes, “la calle más hermosa del mundo”. En ese momento te das cuenta que  estás en Venecia y que, por fin, comienza la aventura de descubrirla, la sencillez de la vida lenta.

                      

Venecia te atrapa desde el principio, no es de esas ciudades que crean polémica en cuanto a su belleza. No he conocido,  ni creo que conoceré nunca, nada similar. Venecia tiene alma, tiene ese encanto que solo una mujer puede tener, Venecia es una mujer en esencia que con la madurez se vuelve más atractiva, más poderosa, más inimaginable, inalcanzable, tal vez.

Tomas el vaporetto y recorres el Gran Canal… y cuesta creer que no estás viendo uno de esos documentales de notable fotografía… sigues atrapado justo en el corazón de la ciudad siguiendo el curso del antiguo lecho de un río y escuchas por la megafonía palabras nuevas que con el paso de los días se van haciendo familiares: Ferrovia, Riva di Biasio, S. Marcuola, San Stae, Ca`d`Oro, Rialto, S. Silvestro, Sant`Angelo, San Tomá, Ca`Rezzonico, Academia, S. Maria del Giglio, Vallaresso, Salute y, por fin, San Marco. En ese primer viaje no te detienes en nada concreto sino que ves algo genérico que no es  otra cosa que los colores de Venecia, su sensualidad y una variedad de sensaciones diversas y personales. Colores cálidos: ocres, cremas, terracotas, granates… luminosos y serenos. Y toda esa belleza, a derecha e izquierda, desemboca en la fermata de San Marco. Paseas junto al hotel Danieli, ves atracadas numerosas góndolas con los gondoleros, verdaderos símbolos de Venecia, ataviados con sus camisetas de rayas, descansando. Te das cuenta entonces, mirando a tu alrededor, que Venecia parece congelada en el tiempo y compruebas que la laguna está siempre omnipresente formando un mosaico de innumerables islas, casi todas pobladas, salvo las más pequeñitas. Cuando llegas a la plaza, la música clásica, procedente de la terraza del café Florian, te hace pensar que grandes genios como Stravinsky, Wagner, Mahler… influenciaron desde Venecia el aspecto más  innovador de la música culta.

Ahora sólo quieres dejar los sentidos al descubierto y no pensar en nada que anule esa sensación que percibes en Venecia. Vista, oído, olfato, gusto y… tacto  inspirados al cien por cien. Decía William Borroughs que el secreto es permanecer, precisamente es lo que  tiene que hacer Venecia, permanecer lo más posible en el tiempo.