viernes, 2 de octubre de 2026

SENSACIÓN DE MORIR


Rio de Janeiro desde el aire

He sentido dos veces la sensación de morir. Es angustioso. La primera de las veces fue una sensación real, viajaba desde Buenos Aires a Madrid y, cuando volábamos a la altura de Natal en Brasil a diez mil metros de altura, el comandante de la aeronave nos comunicó que uno de los dos motores se había averiado. Después de cinco horas de vuelo y a punto de atravesar el Atlántico teníamos que regresar, por razones obvias, al aeropuerto de partida, a Ezeiza.

Miré a mi acompañante, nos dimos un fuerte apretón de manos e intercambiamos unas palabras, luego cerramos los ojos y nos quedamos absortos en nuestros pensamientos mientras otros compañeros de vuelo grababan en su teléfono mensajes para sus familiares, gritaban de manera desgarradora  para liberar tensión o simplemente dejaban la mente en blanco. En esos momentos pasaron por mi cabeza cientos de imágenes de lo que había sido mi vida, personas relevantes, familiares, amigos. A pesar de tener cierta garantía de conseguir el objetivo me puse en lo peor, estaba tranquilo, había vivido 63 años con una extraordinaria calidad de vida, no dejaba descendencia y la muerte tenia que llegar de alguna manera, aunque no era la más oportuna. El avión disminuía velocidad generando cierto desequilibrio al perder la mitad de potencia, la altitud de crucero descendió a menos de la mitad, donde el aire es más denso y el motor rinde más eficientemente, pero las turbulencias se hicieron más severas y lo que sucedía se iba incrementando negativamente. Sobrevolamos Rio de Janeiro, a poco más de cuatro mil metros, la costa, sus playas, la ciudad me pareció maravillosa , el día estaba despejado y la vista cenital de la silueta costera parecía una vista de cualquier documental televisivo. En ese momento pensé: esta vista maravillosa será lo último que vea en mi vida, tengo que disfrutarla.

Después de doce horas de vuelo llegamos al aeropuerto bonaerense de Ezeiza, cuando tomamos tierra los abrazos se convirtieron en enormes lágrimas, respiramos intensamente y regresamos a tierra. La peor experiencia que había vivido nunca llegaba a su fin.


La segunda vez que tuve la sensación de morir fue anoche. Afortunadamente esta vez fue una pesadilla. Me encontraba bañándome en mi playa habitual de la costa levantina, de repente escuché detrás de mi un ruido enorme, un clamor ensordecedor. Miré hacia atrás y una tsunami de unos 20 metros de altura se encontraba a unos 200 metros de donde me encontraba. Rompería a mi lado y no me quedaba otra que zambullirme y dejarme llevar, pero sería imposible respirar al dar tantas vueltas debido al brutal torbellino que formaría. Por suerte, en ese preciso momento antes de romper la ola, desperté, estaba salvado.




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