miércoles, 27 de diciembre de 2006

CLUB PIRATA



El otro día paseaba por la ciudad y me sorprendió una bandera colgada de un balcón. Era un día de Navidad en el que todo se convierte en violencia social. La gente va deprisa a realizar sus últimas y obsesivas compras y se nota un tumulto habitual en estos días tan extraños. Los coches parece que intentan atrapar a los peatones, los peatones se llevan por delante todo lo que les molesta, los niños emiten generosos gritos para poner nerviosos a sus padres. Todo se convierte en un incesante ir y venir hacía los reclamos despiadados de las navidades.

Miraba hacía ningún sitio en concreto y veía en las fachadas numerosos y similares papanoeles escudriñando los exteriores de las casas en lo que a mi me parece un delito para el buen gusto. De repente y en medio de todos esos Santa Claus de trajes rojos y mejillas coloradas escalando las paredes (sin escrúpulos para quienes pudieran habitar sus interiores) apareció la bandera pirata. Quiero significar que en medio de tanta elocuencia consumista me pareció un maravilloso oasis en el desierto.

Y es que ciertamente Papa Noel nunca significó nada para los niños de mi generación, sin embargo, lo pirata me marcó mucho a mí y a mis familiares más coetáneos. Cuando tenía trece años junto a mis primos Ramón, Margarita y Mara fundamos lo que denominamos el Club Pirata. En la huerta de mis abuelos había un columpio que nos habían comprado cuando éramos más pequeños y lo que hicimos fue reciclarlo para que tuviera utilidad. Cubrimos su armazón con mantas y otros enseres para fabricar nuestra casa y lo habilitamos por dentro de manera que fuese lo más acogedor posible. Teníamos linternas y varias velas. Por tanto la noche era algo maravilloso, todo se trasformaba en luces y sombras que hacían que nuestros sueños se convirtieran en realidad. Recuerdo que confeccionamos unos carnés, con fotografía incluida, y un gran dibujo con la bandera pirata, el icono de nuestra insurrección. Aunque, obviamente, había mandos en el Club, elaborábamos el decálogo de obligaciones y funciones de manera democrática, todas las voces eran iguales. Convencimos a mis pobres abuelos para dormir una o dos veces a la semana en nuestra caseta, y aunque era un suplicio para ellos, se asomaban cada media hora desde su habitación para convencerse de que estábamos bien, asumían nuestro reto con sutil advocación. Quiero suponer que les hicimos socios de honor.

Hoy, en uno de esos días en que los padres se gastan tremendas cantidades económicas en hacer felices a sus hijos con videojuegos y otras realidades virtuales poco ingeniosas, esa bandera pirata, que homenajea a esas personas de igual condición que se dedicaban al abordaje de barcos en el mar para robar todo lo que encontraban, y que ha servido para recordar esos juegos de infancia que nunca volverán, pero que perduran en lo más profundo de mis sentimientos, me ha demostrado una vez más que lo diferente, muchas veces, es significativo para el ser humano aunque vaya a contracorriente de las modas y de los momentos que hacen que los humanos nos volvamos más animales que nunca.

COMPRAR EL PESCADO EN NAVIDAD



No cabe duda que ser de puerto de mar imprime un carácter especial y es, a todas luces, motivo de gran orgullo. No obstante, en días tan señalados como el de hoy, previo a la Navidad, tus familiares de tierra adentro te convencen para que seas tú el que vaya a comprar todo lo relacionado con el pescado, crustáceos, moluscos… y a mi, me irrita hasta la saciedad al saber que ese día tengo que madrugar un poquito más de lo que me gustaría, máxime si es periodo de vacaciones.

Pero bueno, hago de tripas corazón, me sobrepongo a las adversidades y salgo a la calle con el tiempo suficiente para llegar antes de que abran el supermercado que mejor pescado ofrece en la ciudad de interior. Es curioso, hoy he tenido más suerte que el año pasado por estas fechas, el termómetro marca tres grados bajo cero (el año anterior marcaba a la misma hora siete bajo cero). Tiritando y muy abrigado espero en el interior de mi coche a que falten pocos minutos para abrir. Pero es demasiado pronto, falta más de media hora y aprovechando este maravilloso tiempo, brrrrrrrr, doy un paseo para estirar mis articulaciones obstruidas debido al frío. Cerca del hipermercado oigo una música inhabitual a esas horas tempranas. Se trata de una discoteca que todavía permanece abierta a las nueve de la mañana y, como si de una alucinación se tratara, veo a una chica en tirantes, totalmente escotada, hablando por teléfono a la puerta. Maldigo mi suerte de persona mayor abrigada al máximo y me dirijo como una exhalación a la puerta del supermercado, están a punto de abrir y tengo que enfilar por el pasillo como una estrella fugaz en busca de un número que atesorará mi rapidez.
Y es curioso, cualquier persona sirve, sea de mar o de interior, para adquirir un pulpo cualquiera, elegido al azar, pedir un rodaballo bien grande o solicitar a la madrugadora dependienta una pieza precisa que está expuesta en el amplio mostrador teñido de una capa magistral de hielo recién colocado.

Luego, en la cena, recuerdo vagamente los detalles de mi destino en este día, y rehuyo cualquier insinuación acerca de lo bien que he elegido las especies de mar. Ciertamente lo realmente acertado no ha sido la elección sino la manera de preparar el plato, pero mi familia, agradecida por mi acierto no para de lanzar buenas intenciones acerca de lo mucho que sé sobre todo lo relativo al mar y sus frutos.

Mientras tanto recuerdo a la chica de la discoteca y hago un ruego para que el año siguiente se cumplan mis solicitudes y siga mejorando la temperatura, aunque tal vez cambie mis costumbres y vaya un poquito antes a calentarme junto a esas chicas de tirantes que no tienen como obligación comprar el pescado en Navidad.

lunes, 18 de diciembre de 2006

CALI EN ESPAÑA


Esa tarde hacía un frío que se colaba hasta lo más hondo del cuerpo, había venido de repente y se notaba que las cumbres más cercanas tenían nieve. No se podía pasear por las calles de Zamora y decidimos tomarnos unos vinos, acompañados de buenos pinchos, en los numerosos bares que a esas horas de la tarde eran visitados por los que tienen por costumbre deleitar el paladar.
No había tanta gente como solía ser habitual un sábado y eso nos congratuló, lo normal en esos días es buscar sitios alternativos donde poder disfrutar con tranquilidad de una charla sosegada. Decidimos ir a un lugar donde tienen un pincho único y que lleva el nombre del bar. Nos gusta ir porque hay poquita gente y el trato es muy profesional. La camarera estaba en manga corta y sabía, por otras veces que había visitado su bar, que era sudamericana, así que le dije: con el frío que hace vas muy poco abrigada, y además por tu acento tan dulce creo que eres caribeña, ¿cómo puedes soportarlo? Ella desvió hacía un lado la mirada y me respondió: soy colombiana. Como un resorte solté: ¿de donde?. Ella sonrió y dijo: de Cali.
Aquí todo cambió. Le explique que había estado diez días en su ciudad impartiendo unos cursos en la Universidad del Valle y a ella se le iluminó su bonito rostro. Nos hizo participes de su buena educación en lo que al tratamiento del idioma se refiere, (algo habitual en los colombianos) y para comprobar si tenía una educación
medianamente adecuada le expliqué que había visitado un lugar maravilloso, un rincón en donde un escritor muy famoso (fingí no recordar su nombre) había escrito María. –Ah sí, ¿una casita blanca al lado de la montaña? –Esa es, sí, respondí. Reaccionó como si se perdiera dentro de la barra, buscando algo olvidado o que no encontraba, y en un abrir y cerrar de ojos se acercó y me dijo: Jorge Isaacs. Prueba resuelta, pensé, esta chica promete.

El padre de Jorge Isaacs fue propietario de la hacienda llamada “El Paraíso” y será el escenario principal de la obra más importante del escritor, su novela María. El Paraíso, que tuve la oportunidad de visitar, está conservado hoy día como museo, y cuando estuve allí tuve ocasión de tomar un café con la persona que lo dirigía, una mujer muy amable y que conocía a mi acompañante. Al despedirnos de ella nos dirigimos a una piedra enorme que escalamos, resbalando más de una vez. Cuando coronamos su cima mi compañera me pidió que solicitara un deseo. Yo pedí volver a Cali… todavía no se ha cumplido el deseo, pero tengo la seguridad que se cumplirá en breve.

Al poco tiempo llegó otra chica, muy bella como casi todas las caleñas, y me la presentó. Le dije que era muy guapa y ella, acostumbrada al piropo, no se inmutó, respondió que todas las caleñas estaban consideradas como las más bellas del sur de América. Luego pasó otro tipo por allí y me señalaron: -este señor es de Pereira.
Nos despedimos y prometimos volver a hablar de su tierra,
- da gusto oírle hablar a usted, no todo el mundo defiende nuestra querida Colombia, y lo que más molesta es que sea por desconocimiento y por esas infames noticias que recorren las televisiones.

Su tierra es una delicadeza, es un paraíso como el de Isaacs, sus habitantes son atentos, humildes, trabajadores y educados. Vivir a su lado hace que te sientas en el mejor momento de tu vida. Colombia es una sensación de colores, matices,
aromas, amistad y sentido de la libertad que muy pocos países pueden ofrecerte. Es un país virgen y ahora, en este mundo, es el mayor valor que se puede ofrecer.

Esa noche no dormí eran tantas las emociones producidas que recordé, paso a paso, todas las experiencias que viví (que fueron muchas), lo que allí aprendí y esas pequeñas cosas que hacen que la vida tome un cariz diferente, algo que te hace ver que has estado ciego hasta que conoces Colombia y los colombianos.

domingo, 17 de diciembre de 2006

HERMANOS LAGUTIK




Desde hace varios meses veo en Zamora, concretamente en la céntrica calle Santa Clara, a dos hermanos gemelos que tocan el acordeón. Pero como vivo en Soria un buen día vi a uno de ellos tocando en el Collado. Me impactó. Pensé: no puede ser, es el mismo que veo en Zamora. Poco tiempo después estuve en Zamora y pregunté al muchacho que estaba tocando ¿es posible que te haya visto en Soria? Me respondió que era su hermano gemelo que decidió emigrar a otras tierras, en solitario, para poder deleitar (esto es cosecha personal) a un público distinto y ocasional, e intentar ir subsistiendo en una aventura tan dura como es tocar en la calle de un país desconocido.

Los hermanos Lagutik, Valery y Vitaly, son rusos y han estudiado durante muchos años en su país de origen, en la Escuela de Música y el Conservatorio. Consiguieron varios premios en el sur de Rusia e incluso aportaron su granito de arena enseñando música en la Academia Koetov, según me indica Valery, que lleva más tiempo residiendo en España que su gemelo Vitaly. (tienen otro hermano que ha cosechado más éxitos que ellos dos en su país, formando parte de una reconocida orquesta y con un clamoroso éxito de ventas con un disco que me ha enseñado, pero que al estar en caracteres rusos me ha sido imposible descifrar. No puedo, por tanto, dar más información). En definitiva, se trata de dos grandes músicos con una clara personalidad y, además, no les importa estar en la calle. Es más, les sirve para darse a conocer al gran público, que de manera sorprendente, escucha durante unos minutos, en su paseo distendido, obras de música clásica y otras versiones más populares y cercanas, a un músico callejero interpretando lo mejor de su repertorio con un instrumento tan diferente como es un acordeón.

Primero me puse al habla con Valery y le informé de los numerosos viajes que hacía entre ambas ciudades, Zamora y Soria, y me ofrecí a poder desplazarlos para visitarse. Más tarde, en Soria, dije lo mismo a Vitaly y en mi primer viaje a la ciudad avanzada en el Duero le invité a acompañarme. Vitaly, educadamente, rehusó la invitación y me pidió que le trajese a Soria unos enseres personales. Me dio sus teléfonos y llamó a su hermano para que lo preparase para traérselo a Soria. Hoy mismo quedé con su hermano. Tomamos un café y me invitó a su casa. Compartí con él unos momentos entrañables escuchando sus nuevos discos, grabados y puestos a la venta desde noviembre, con gran acogida por parte de su público. Después me endosó un gran baúl para su querido hermano “soriano”. Ahora mismo acabo de entregárselo a Vitaly, que muy agradecido recogió sus bultos.

Valery me regaló, por mi comportamiento, sus dos nuevos discos y los he escuchado. Me parecen un testimonio grandioso de su buen hacer y he de recomendarlos a mis queridos lectores.
En su casa zamorana me enseñó todas sus fotos familiares: sus esposas, sus hijos, su querida madre e incluso me invito a visitar Moscú y su próxima casa familiar (su madre la está construyendo) a treinta kilómetros de la capital rusa. En poco tiempo he entablado una relación maravillosa.

He buscado en Internet algunos datos sobre ellos y en un blog me he encontrado algunos detalles personales. Parece ser que Valery abandonó su ciudad debido a que la policía quería extorsionarle diciendo que tenía dinero, incluso le amenazó, si no les daba algún presente, con meter droga en su casa y denunciarle. Con mucha valentía abandono su país y decidió buscar una nueva vida en algún lugar donde poder cobijar a su esposa y tres hijos y emprender una nueva vida a cambio de ofrecer lo mejor de sí mismo: su música.
Hoy está junto a nosotros. Su hermano vino poco tiempo después a España. Ambos se han establecido aquí al igual que muchos inmigrantes que buscan algo mejor. Me parece meritorio su triunfo personal. Desde aquí quiero dedicar este emotivo y humilde homenaje a esas personas que tan sólo quieren vivir en libertad, sin ningún tipo de cadenas, ofreciendo lo mejor que pueden dar, en una sociedad que a veces es insolidaria y mide a todos por el mismo rasero: el rasero de la intolerancia y la discriminación.

jueves, 14 de diciembre de 2006

EL POETA LUCIO ARÉVACO HA FALLECIDO


FOTO DE ISABEL GOIG


Julio Herrero Ulecia, conocido bajo el seudónimo de Lucio Arévaco, falleció ayer a los 79 años de edad. Colaborador de Heraldo de Soria con su columna poética satírica titulada “En primeraª.

Plasmo un verso suyo que ha sido titular en Heraldo de Soria en el día de hoy y que resume la manera de escribir y de irse de esta vida. Mi más sincero pésame a familiares, compañeros y amigos del genial escritor y maravillosa persona.

“La realidad no está nunca lejos de los sueños”

Busco el lugar ideal
donde terminar mis días,
donde mudas alegrías
pongan remedio a mi mal.
Busco ese lugar cordial
donde libertad y amor
despidan el mismo olor.
Donde campe la cordura
y practicar la lectura
sea el deporte mayor.


Querido Julio, a partir de ahora que tendrás todo el tiempo para ti, espero que practiques tu mejor deporte. Aquí nos dejas tristes y desolados con tu desaparición tan inesperada. Quedaremos muy bien acompañados con tus numerosos escritos.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

ESPAÑA ES DIFERENTE



Veo en televisión que la Academia del Cine Europeo ha entregado los premios como mejor director y mejor actriz a Pedro Almodóvar y Penélope Cruz (que vestía un estupendo y ajustado vestido lamé dorado), respectivamente, por la película Volver.
Hace unos meses vi la película y me dejo indiferente, como tantas otras del director manchego. Soy de los que piensan que Almodóvar tuvo su mejor época en tiempos de la movida madrileña y, una vez pasada, quedó anticuado. Me alegra, no obstante, que los españoles triunfen tanto en Europa como en América y en ese aspecto estoy encantado, que conste.
Esta noticia ha quitado protagonismo a la idea que quiero plasmar en mi blog personal y que trata de mis relaciones sociales, más concretamente dentro de un jacuzzi. Resulta que me encontraba en el balneario de un prestigioso hotel de la costa, me llevo bien con el socorrista que atiende la zona de la piscina y el día anterior hubo mucho jaleo, le pregunté si se preveía mucha afluencia al día siguiente (por hoy). Me dijo que iba a ser, supuestamente, un día tranquilo.
Pero no fue así, alrededor de dieciséis personas en grupo, de todas las edades, aparecían por allí. Intenté rehuirlos pero era imposible, parecía que se multiplicaban. Estaban por todos los sitios: el hamman, el jacuzzi, la piscina con sus cuellos de cisne, las saunas… el socorrista estaba extenuado advirtiendo la obligatoriedad de llevar gorros de baño, la prohibición de tirarse al agua de cabeza. Ciertamente era imposible poner orden con tanto disturbio colectivo. Por sus características físicas y su manera de hablar me di cuenta que se trataba de personas centroeuropeas; tal vez búlgaros o checos.
Me encontraba contemplando la situación desde una posición privilegiada. En solitario, empresa harto difícil, y sumergido en una alta y burbujeante bañera de agua... Poco duró mi apetecible soledad, uno de ellos se introdujo a mi lado saludándome con una amplia sonrisa. Le pregunté de donde eran y me contestó que vivian en Coslada, eran rumanos y en concreto él estudiaba en la Complutense de Madrid matemáticas. Le felicite por su buen castellano y me advirtió que ya llevaba cinco años en España. Yo que soy un poco necio para los idiomas me sorprendía de la capacidad que tienen algunos para aprender una lengua tan singular como la nuestra.
Le conté que había visitado su país en época del dictador Nicolae Ceaucescu , aunque mi compañero de bañera no había nacido todavía, según me indicó. Recordaba muchos momentos con enorme nitidez, por ejemplo que había llevado dólares e hice un buen cambio en el mercado negro de Bucarest. En aquel momento los rumanos necesitaban dólares para escaparse de sus fronteras y pagaban hasta diez veces el valor de su divisa. Tuve esa suerte precisamente. Volví a España, después de ocho días, con el mismo dinero que portaba al salir de mi país después de haber vivido a cuerpo de rey.
Continuamos hablando de la inmigración de Rumania hacía España. Curiosamente localidades como Coslada, de donde procedía el futuro matemático, tenían más población rumana que muchos municipios del país de los Carpatos.
Se despidió de mí el estudiante y me quedé asombrado de lo bien que les va aquí a muchos inmigrantes. Me encontraba en un balneario de un hotel de cinco estrellas y compartían conmigo un lugar privilegiado. Me alegre de que todos tengamos las mismas oportunidades si es como consecuencia de nuestro trabajo, pero me acordé de aquellas familias españolas que emigraron a Alemania y otros países europeos, en los años cincuenta, y que hubiese sido impensable entonces compartir con sus habitantes espacios de lujo y mucho menos no respetar las reglas.
Hoy todo ha mejorado, en general, pero España sigue siendo diferente y muchas veces pueden aprovecharse de ello.

domingo, 10 de diciembre de 2006

DÍA DE FIESTA PARA LA LIBERTAD


"LA MUERTE LE GANÓ A LA JUSTICIA"

Mario Benedetti

MI AMIGA LA MAR



De vez en cuando me escapo al mar. Si has leído alguno de los artículos publicados anteriormente en este espacio te darás cuenta que el mar es uno de mis sueños, el titulo del Blog es elocuente.
Nací a trescientos metros del mar y ese aspecto marcó decididamente el devenir de mi vida, está claro.
Desde hace demasiados años vivo en el interior peninsular y no disfruto como quisiera de él. Recuerdo que cuando empecé a vivir en Castilla buscaba en cada paisaje su visión y siempre lo intuía tras las montañas o al final de un escenario ocre, pero nunca aparecía. Ahora ya me he acostumbrado, o mejor dicho me he resignado, a no buscarlo.
Estos días disfruto de su compañía en una especie de barco varado a su lado. Cuando necesito reponer energías vengo aquí. Esta vez, al igual que la anterior, en solitario, sin compañía y eso beneficia mi relación con él (o ella, los marineros de mi tierra siempre le nombran la mar).
Cada mañana me descalzó y recorro corriendo los húmedos arenales, más tarde me baño para dejar que me acaricie y disfrutar de su frescura.
Hoy es día dos de diciembre y me he bañado en el Mar Mediterráneo. Recuerdo que cuando tenía entre catorce y dieciséis años quedábamos los amigos en la playa, jugábamos a las palas, deporte muy popular en Santander (Http://www.pululandia.net/palas/introduccion) y luego, en pleno invierno, nos bañábamos en un gélido Mar Cantábrico. El tiempo desde entonces ha cambiado, ahora es más cálido y todo tiene un concepto distinto, nada tiene que ver la temperatura actual con la de hace diez años. El otro día escuché que incluso los refranes no se entienden por las nuevas generaciones, están obsoletos.
No es igual bañarse hoy en día en el Mediterráneo como hace varias décadas en el Cantábrico. Puede decirse que hoy la temperatura del mar aquí sería similar a la del Cantábrico en verano. Pero me he bañado y a alguno de los caminantes del paseo marítimo esto les produce escalofríos, algunos me preguntan: ¿Cómo está el agua? y les contesto que estoy acostumbrado para no alargar la conversación, ¡me quedo helado!
Acabo de levantarme de la siesta con su murmullo acompañándome. Dentro de un rato me iré a un SPA a reconfortarme de los malos ratos y mientras tanto, esperaré al día veintidós para saber si he tenido suerte con la lotería de Navidad y empezar a vivir como un rey. Ahora intento esperar ese día sin remordimientos, disfrutando al máximo con su animada y ruidosa compañía

sábado, 9 de diciembre de 2006

UNA HISTORIA QUE NADA TIENE QUE VER CON LA AMERICA´S CUP




Mi espíritu aventurero, mi nostalgia marinera, fue lo que me llevo a visitar, in situ, las obras relacionadas con la 32ª America´s Cup, que se celebrará, dios mediante, en aguas valencianas.
La America´s Cup, por hacer un poco de historia, toma el nombre de la goleta América que en 1.851 venció a los barcos de la flota británica, la copa que ganó, denominada entonces de las 100 Guineas, fue donada al New York Yacht Club a través del Deed of Gift, documento fundacional del torneo. Ese legado de plata se convertiría en un desafío, una competición de amistad entre naciones.
Después de esta breve reseña mi día comenzó, que no amaneció, muy temprano. El despertador marcaba las seis y media cuando amenazó su alarmante sonido. Era de noche oscura y los motores de los barcos pesqueros ronroneaban en el horizonte. Buen presagio, sin duda, para un día marítimo.
Llegué hacía las nueve a Valencia y me dirigí en tranvía a la playa de la Malvarrosa. Deseaba recordar cuando hace años visitaba a un amigo pintor que estudiaba Bellas Artes en esta clara ciudad mediterránea. Entonces, junto a otros amigos, emprendíamos viaje en un tranvía que ya nada tiene que ver con los de ahora, tan modernos que incluso alertan al viajero del punto donde se encuentra en cada momento, mediante el sistema GPS, en pantallas de última generación tecnológica.
Los valencianos son muy amables y gustosos te indican, con pelos y señales, cada pregunta realizada.
–Si quieres llegar desde aquí, el Puerto, a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, toma el autobús número 19 y en la segunda parada de la calle Menorca te apeas.
Mi intención después de visitar el puerto era, obviamente, dirigirme a esta moderna parte de la ciudad, emblema de la nueva Valencia. Pero antes visite el Pabellón del Alinghi, El Defender, y otros cercanos de los equipos participantes. Aproveche para hacer algunas fotos de motivos marineros y de velas de embarcaciones, todas ellas de un abstracto riguroso.
Hice caso al paisano que me indico lo que debía hacer y me encontré en la Ciudad de las Ciencias, que estaba de luto, se había hundido un escenario del Palacio de las Artes.
Con tanto trajín me encontraba fatigado y hambriento, así que dirigí mis pasos a un restaurante que tenía pedigrí, un antiguo comedor en la céntrica calle Adressadors. Me senté donde me indicó la camarera y me sentí un poco cohibido, se trataba de mesas muy pequeñas, para un máximo de dos comensales. La que tenía pegada a la mía estaba ocupada por dos parroquianos de más de setenta años. Debido a la proximidad, y a mi soledad, no me quedaba más remedio que seguir la conversación de mis vecinos. Enseguida llegó un tercero que se instaló en la mesa contigua a la de mis compañeros, por tanto todos bien juntitos. Los clientes eran asiduos, seres solitarios que se reunían, por casualidades de la vida, en una casa de comidas caseras. Seguramente era la única comida caliente que hacían durante el día.
Todo fue desarrollándose con normalidad, pero cuando estábamos en los postres, el último comensal en llegar, entregó unas fotocopias a mi vecino de al lado. Con el rabillo del ojo (y por sus comentarios) pude comprobar que eran certificados firmados y fechados por el Caudillo Franco a un legionario que había prestado sus servicios infiltrado en la Rusia comunista de la época. Mi vecino se lo comentaba a su compañero septagenario de mesa, que al igual que el de los papeles, hablaba ruso. Según comentaba este último, en su juventud había realizado exportaciones de hierro desde Ucrania. El compañero del “ucraniano” dijo que el no hablaba ruso pero si finlandés ya que había trabajado como cartero durante quince años en Finlandia, aunque había visitado Rusia en varias ocasiones.
Estaba encantado con la conversación. En un restaurante cualquiera vivía un episodio lleno de historias de una España de inmigrantes a otros países, por un grupo de compatriotas que de manera espontánea contaban sus vivencias de forma casual y solidaria.
Me fui de allí con un sabor agridulce, divertido por haberles robado esos momentos de intimidad y llenos de información privilegiada, y triste porque todos ellos eran seres solitarios que formaban parte de acontecimientos olvidados y luchaban por encontrar un subsidio digno a sus necesidad pero que, desgraciadamente, nunca llegaba.

jueves, 30 de noviembre de 2006

UNA CITA INESPERADA


A pesar de haberme levantado más temprano de lo habitual he tenido tiempo para leer la crónica diaria de mi columnista preferido (está en los sitios que te recomiendo visitar, en la parte baja de la página), Kankel, que así se llama el columnista, escribía hoy que había salido a hacer un recado y decidió realizar el recorrido de vuelta a casa a pie, de esa manera , aparte de hacer un poco de ejercicio, estaría al acecho de la captura de escenas curiosas.

Algo parecido me ha pasado a mí pero sin el agravante de buscar la noticia. Me dirigía a mi cita con el dentista, no por decisión personal sino por egoísta interés, y surgió una escena fascinante , la mañana era fría, durante la noche cayó la primera helada seria de la temporada, así que comprobando que el termómetro no funcionaba: cero grados ( ni frío ni calor que decimos por aquí), me abrigué con mi nuevo anorak, hmmmm que gustito, y caminé dando un paseo emulando a Kankel. Tuve que atravesar el parque de la ciudad y allí contemplé un espectáculo digno de atención: un señor jubilado entregaba unos frutos secos a las manos de una ardilla preciosa. Quede encantado con la escena, quise pararme a hablar con el señor pero no tenía tiempo. Durante el trayecto restante hacía mi cita no dejaba de pensar en tan tierna estampa.
La sala de espera de una consulta médica siempre es kafkiana, la espera suele ser una situación angustiosa y muchas veces raya en el absurdo. Un tipo de etnia gitana ha tenido sus tres minutos de gloria en este escenario (una de las frases más populares pronunciadas por Andy Warhol se refería a que todo individuo a lo largo de su vida, por muy miserable que fuera, tenia al menos tres minutos de gloria). Calado con sombrero “cowboy” y paseándose de un lado a otro de la sala ha ido relatando varios episodios de sus problemas dentales en las últimas horas. Decía, entre otras muchas diatribas, que había estado toda la noche bebiendo orujo y escupiéndolo para reducir sus dolores, pero que él a sus sesenta y cinco años (los cumple el próximo domingo) nunca se había emborrachado. Durante ese tiempo de espera, cerca de una hora, han ocurrido otros dos sucesos, una niña negrita, que me recordaba a las muchas que he visto en Cuba o en el norte de Colombia, acompañada de su mamá, dominicanas, ya no aguantaba más la situación de espera, y al salir la enfermera a avisar al siguiente paciente la madre la ha abordado y la ha dicho que esperaban desde las ocho de la mañana y ya eran las diez. La enfermera le ha pedido la citación y ha comprobado que su cita era a las once. Se ha armado una gordísima, la madre que con seguridad no sabe leer ha puesto verde, y en público, a la pobre niña que decía a su madre que ella no entendía bien la letra de los médicos. La última escena la ha protagonizado la persona que tenía a mi lado, tenía cita para las nueve y ya eran las diez y cuarto, me ha preguntado: ¿hoy es día uno, verdad?, y yo le he respondido que no estaba seguro, he mirado la agenda y comprobado que era día treinta. El hombre se ha ido de la sala malhumorado, no era para menos.
He regresado por el mismo sitio y me he parado en el mismo lugar en donde estaba el jubilado alimentando a la ardilla, mientras tanto pensaba que el ser humano, muchas veces, es el más tonto de todos los animales. Al cabo de quince segundos la ardillita ha bajado del árbol y se ha plantado frente a mí, yo llevaba una castaña que había encontrado allí, era una ardilla joven, preciosa, de una marrón oscuro brillante y una colita impresionante de larga. Estaba literalmente a dos pasos de mí y le he presentado la castaña pero al verla no se ha sentido interesada y ha vuelto al mismo árbol. Otro día volveré con un fruto seco adaptado a su tamaño, una castaña es tremenda para ella y seguro que no le gusta su sabor, lo comprobaré en algún libro y regresaré mañana, es una sensación que me atrae irresistiblemente.
Ha salido el sol y se ha alegrado la mañana, aunque para mí la alegría de hoy es haber estado casi tocando a la ardilla del parque. Amigo Kankel, a veces no hay que buscar mucho para encontrar una cita maravillosa.

martes, 28 de noviembre de 2006

EN LA CRESTA DE LA OLA




“Al estar arriba de la tabla se siente como un nudo en la garganta, porque hay una constante espera de la cual todos están expectantes. Uno en el mar es solitario, vive un cambio de dimensión y observa las cosas con otra óptica. La verdad es que se siente un silencio con uno mismo.”

Juan Sabbagh (Surfista)

TREN Y BICICLETA



Hace pocas fechas estuve de visita en la Ciudad Condal. Se trataba de un reto personal que llevaba tiempo tramando. Obviamente no era, por tanto, un viaje estrictamente reglado, se trataba de una aventura. Una pequeña aventura que puede realizar cualquiera pero en la que hay que depositar muchas ganas y un pequeño esfuerzo físico.

Me encontraba a doscientos kilómetros de Barcelona y decidí tomar el primer tren del día desde la localidad en la que me encontraba. Hasta ahí todo normal. El tren regional salía a las siete de la mañana y no iba solo, me acompañaba mi querida bicicleta. Así que saqué el billete (las bicicletas en los regionales no pagan) y pregunté al amable expendedor en qué vagón debía colocar la bici. Sonrío y me contestó que la bici iba conmigo, a mi lado siempre y sin perderla de vista.

Entre en uno de los vagones, todos eran iguales, y posé mi bici sobre una de las puertas que se activan automáticamente al llegar a cada estación. ¿Cuántas estaciones habría hasta Barcelona? Me senté en la fila de asientos desde donde controlaba a la perfección la dos ruedas. El tren nacía en la estación donde subí y no había demasiados clientes. Pero poco a poco empezó el barullo de gente. Cada vez que llegaba a una estación debía controlar cual de las dos puertas se abriría dependiendo del lugar donde se encontrará el andén. Casi nunca acertaba, de alrededor de veinte estaciones acertaría en cuatro ocasiones, más o menos. Así qué levántate, retira la bici, deja pasar por un pequeño espacio a los pasajeros, vuélvela a colocar de manera que no moleste a nadie…

El mayor problema vino cuando quedaban pocas estaciones hasta Barcelona. Nos juntamos tres bicicletas en un rectángulo de dos por cuatro metros, taponando las dos entradas y obstaculizando a todas y cada una de las personas que allí subían. En una ocasión una chica tropezó dos veces con mi bicicleta cayendo al suelo en ambas. Durante las dos últimas estaciones tenía la bici encima de mí.

Al fin llegué a Barcelona y recorrí alrededor de sesenta kilómetros urbanos, casi todos de carril bici. Disfruté por Montjuic, una auténtica maravilla para comtemplar sus vistas. Recorrí todo el paseo marítimo, me bañé en el Mediterráneo, sentí pánico junto a los automóviles por el Paseo de Gracia y recorrí con mucha compañía la Diagonal, sin duda la parte más amena y menos peligrosa de Barcelona. Muy difícil atravesar Plaza Cataluña y la Rambla (no me quedó más remedio que recorrerla andando).

Acabé cansado, cada vez que aparcaba la bici tenía que quitar el sillín, poner dos cadenas… pero no paraba de pensar en la penitencia que me esperaba de nuevo en el viaje de regreso a las siete y media de la tarde. No obstante estaba pletórico, había realizado un pequeño sueño y ya lo que restaba de jornada era “pan comido”.

TIENDAS DE ULTRAMARINOS

El otro día cenaba en casa de mi hermana con ella, mi cuñado y mis dos sobrinos Guille y Jorge. Algo nada común por otra parte, pasa muy pocas veces al año, vivimos en ciudades diferentes. Hablábamos durante la cena de varios temas, mis sobrinos son muy educados, tienen una mezcla de educación tradicional y moderna, pero lo interesante, siempre desde mi punto de vista, es que sus padres han sabido discernir lo mejor de cada una de ellas para írselo involucrando día a día. Creo que encontrar esa justa medida puede ser un gran éxito para el futuro de nuestros hijos. Si hubiese tenido hijos me hubiera gustado que fuesen educados de la misma manera que Guille y Jorge. Como decía, hablábamos de multitud de temas y mis sobrinos, como siempre, no perdían “comba”. En un momento dado yo estaba hablando de algo referente a una tienda de ultramarinos que había en nuestro barrio cuando éramos niños.
Guille, el mayor, 13 años, saltó como un resorte preguntando ¿qué significa ultramarinos? Su padre, con voz tranquila y acostumbrado a responder a ese tipo de preguntas le explico que el nombre de "ultramarino" proviene de los productos que antiguamente se vendían en esos establecimientos, tipo tiendas, solían venir de “ultramar”, principalmente de América y Asia, generalmente productos al peso, “a granel”, así como comida envasada: latas, escabechados… Acabamos explicándoles que eran tiendas oscuras con mostrador o mostradores de mármol blanco en donde siempre había impregnado en el ambiente un aroma que les hacía distintos del resto de tiendas. Estoy seguro que pensaron, una vez más, que tipos más carrozas, que aventuritas nos relatan.
De esta maravillosa cena en la que no recuerdo lo que comimos y no hace más de quince días que se celebró, lo que sí recuerdo nítidamente es esa unión alrededor de la mesa, sin tele, sin nada que molestará (ni siquiera sonó ningún teléfono), esa sensación de estar traspasando datos concretos sobre aconteceres íntimos y tradicionales de una generación a otra, como antes lo hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, y seguramente lo harán estos pequeños sobrinos.
No hay que perder la costumbre de estar juntos todos los miembros de la familia alrededor de la mesa, para intercambiar información sobre lo que somos, lo que hemos sido e ir avanzando hacía lo que seremos, ganando en progreso sin perder nuestras costumbres familiares más íntimas. Eso trataba de explicar.

HOMENAJE A GILA



Miguel Gila nació en Madrid en 1919 y murió en Barcelona en el año 2001. Con su muerte, abandona la cancha del humor uno de sus más destacados representantes iberoamericanos en las tácticas del humor negro y del humor del absurdo.

Desarrolló su carrera artística en Argentina, Cuba, España y México con múltiples facetas. Ha sido escritor de relatos y libros de memorias; actor en más de treinta películas; dibujante gráfico en las revistas humorísticas españolas La Codorniz, Don José y Hermano Lobo y en la cubana La gallina, así como en el semanario Sábado Gráfico y los rotativos Diario 16 y El Periódico de Catalunya.


Antes de ponerme a abarrer, bien arremangado, preparé la toballa para poder secarme al terminar (no hace falta hacer aerobismo para sudar, pero si te pasas de pulsaciones puedes acabar escalabrado en el cimenterio) y parecer un mostro. Desayuné un cruasán, una almóndiga y una cocreta, como hacía frío me puse un yérsey y un bluyín, parecía un yoquey sin caballo así vestido.
Por la tarde un despabilado me quiso interviuvar pero tuve celebro y puse la excusa que tenía que faxear unas cuartillas, el despabilado de él me dijo que me visitaría el próximo cuadrimestre.
Y así transcurrió el día.

NUEVAS ENTRADAS EN EL DICCIONARIO

La Real Academia Española (RAE) acaba de presentar el Diccionario Esencial de la Lengua Española, una versión reducida del Diccionario Académico, y que recoge los 54.000 términos más utilizados del español. A partir de ahora, podremos decir y escribir "internet" (eso sí, con minúscula), “abrefácil”, “farde” o “bulímico” sin que por ello las compuertas del averno se abran bajo nuestros analfabetos pies
Los términos de la lista que viene a continuación, por ejemplo, están incluídos en el DRAE

abarrer
agora
almóndiga
arremangar
arrempujar
asín
cederrón
celebro
cimenterio
cruasán
cuadrimestre
descambiar
despabilado
escalabrar
faxear
interviuvar
moniato
mostro
toballa
aerobismo
arrascar(se)
bluyín
cocreta
yérsei, yérsi
yóquei
zum

lunes, 27 de noviembre de 2006

ELEGANTE YORKSHIRE TERRIER

Esta mañana, algo fría en mi ciudad, entraba cargado con una maleta a la estación de autobuses acompañando a un familiar. Un subsahariano, poco abrigado para los grados del exterior, miraba detrás de los cristales de la puerta hacía la calle. En ese mismo instante un perrito de raza Yorkshire Terrier pasaba con su dueño por delante de la estación ante la mirada incrédula del africano. El perrito vestía un abrigo muy ceñido y con unas tonalidades muy acordes a su pelaje.
Cuando volvía a casa en mi automóvil no dejaba de pensar en ese momento, sería fantástico escuchar la descripción del africano a sus paisanos, con problemas de alimentación, sanitarios y otros aspectos de primera necesidad, contándoles como en el primer mundo hasta los perros van abrigados por la calle mientras que ellos no tienen ni para alimentar a sus hijos.
En cualquier momento, una estampa de esas características puede surgir en tu camino y hacerte recapacitar en las diferencias sociales y culturales que, desgraciadamente, distinguen a los seres humanos, todos ellos con capacidad para pensar, sentir y ser conscientes de la suerte, casualidad o designio providencial de nacer en uno u otro lugar de nuestro querido y maltratado planeta tierra.
Con seguridad a esa persona de la estación no se le ocurrirá nunca decir: “que vida más perra”, sería una ofensa personal.