OCTAVO DÍA. 7 DE NOVIEMBRE DE 2026
El regreso a Ámsterdam. El final de una experiencia inolvidable
Tras una navegación nocturna desde Utrecht, llegamos a Ámsterdam a las 7:20 de la mañana (el barco había zarpado a las 4:15). A las ocho en punto abandonamos el Rhine Melody, nuestro hogar flotante durante los últimos ocho días. La cubierta nos recibió con una fina capa de hielo y el termómetro marcaba entonces cero grados. Fue una despedida especialmente agradable, con la presencia de los responsables del barco, el capitán y la joven directora del crucero, que se dirigieron a nosotros en un español de lengua de trapo, pero cargado de simpatía.
Reconozco que he terminado bastante cansado esta experiencia. La media diaria de caminata ha superado los 10,5 kilómetros. Llegué al crucero recién recuperado de una lumbalgia y después de haber pasado las tres semanas anteriores sin realizar caminatas de cierta distancia. Por eso, al regresar cada jornada al barco, lo hacía prácticamente agotado. Sin embargo, y pese al esfuerzo físico, puedo afirmar que la experiencia ha sido absolutamente recomendable.
Nuestro crucero ha sido, en muchos sentidos, todo un privilegio. Éramos apenas 70 pasajeros, frente a una capacidad máxima de 170, atendidos por una tripulación de 50 profesionales. A ello hay que añadir una gastronomía de primer nivel, con platos diseñados por el chef austríaco Johann Lafer, galardonado con dos estrellas Michelin. Pero, por encima de todo, destacaría la calidad del servicio: todos y cada uno de los miembros de la tripulación contribuyeron a que nuestra estancia mereciera una auténtica matrícula de honor.
El capitán, de nacionalidad alemana, al igual que el barco y la directora del crucero, fueron encantadores. Tuvimos la oportunidad de conocer a buena parte de la tripulación durante la presentación del primer día y volvimos a encontrarnos con todos ellos en el acto de despedida.
Aquello era una auténtica Torre de Babel: Egipto, Túnez, Kenia, Indonesia, Bali, Turquía, India, Pakistán… Nacionalidades, culturas y procedencias muy diferentes, pero unidas por un mismo objetivo: conseguir que los pasajeros disfrutáramos de una experiencia extraordinaria. Y vaya si lo consiguieron.
Ocho días después, dejamos atrás nuestro hogar flotante con la sensación de haber vivido algo más que un simple viaje. Nos llevamos paisajes, ciudades, anécdotas y recuerdos, pero también el buen sabor de boca de una convivencia extraordinaria y de un servicio difícil de olvidar.
El regreso lo hicimos en vuelo regular de Iberia entre Ámsterdam y Madrid, con una duración aproximada de dos horas y media. Desde allí continuamos en tren rápido hasta Valladolid, en un trayecto de apenas una hora. Así pusimos punto final a esta aventura por los Países Bajos y Flandes, una experiencia que, a pesar del cansancio acumulado, recordaré con enorme satisfacción.
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Aunque añadiré en otra entrada datos sobre el Rhine Melody, quiero acabar este diario con un poema que encontré escrito en una pared de Gorinchem.
El texto está escrito en neerlandés y lo he convertido al castellano. Es un poema titulado «Geborgenheid», que podemos traducir como «Refugio», «Amparo» o «Sentirse protegido».
REFUGIO
A salvo en mi fortaleza,
a salvo en el silencio.
Mis libros son mis amigos,
mis rosas son mi consuelo.
Rechazadas las voces estridentes,
he elegido la soledad.
El silencio para escuchar,
para escuchar la vida.
Así me siento protegido,
a salvo en mi fortaleza.
Mis pies sobre la tierra,
mis ventanas abiertas a la luz
J. A. Mijnlief-Verschoor

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