"Reverberación", en danés -su lugar de origen- EFTERKLANG es un grupo "indie-rock" de Copenhage, formado a finales de 2000. Desde entonces, con tres álbumes alabados siempre por la crítica musical, han grabado películas, actuado en directo por Europa y USA, y sorprendido a todos con sus, a veces, nostálgicas composiciones... una de ellas: "Natural Tune". Disfrútala.
domingo, 27 de mayo de 2012
sábado, 26 de mayo de 2012
DÍAS DE TORMENTA
Días pasados comencé a escribir el texto que acompaño a continuación. Quise finalizarlo de la mejor manera posible pero no pudo ser. A veces, comienzas cosas que no puedes acabar… eso me pasó a mi.
"El alborotado mar durante la noche fue presagiando el día que amaneció triste y oscuro. Las gaviotas sobrevolaban los edificios -como es costumbre en mayo- aprovechando su defensa al viento de poniente. El mar gris, con las olas rompiendo con más agitación de lo acostumbrado. Había descansado de días extremos, durmiendo poco y estando alerta a sensaciones poco habituales que trastocan el cuerpo interior y exteriormente. Estaba relajado y lo necesitaba, los días desbordantes de tensión agradecen la paz y el sosiego. Sin embargo, precisaba recordar algunos de aquellos momentos, lejanos y cercanos a la vez, para intentar profundizar en el interior del alma y de las evocaciones que producen los sueños imposibles.
La noche posterior el mar seguía perjudicado, presagiando temporal. A mediodía apareció encima de la sierra una oscuridad desafiante. Pocos minutos después la playa se tiñó de blanco. Grandes granizos se amontonaron por todos los sitios mientras las personas que paseaban corrían desesperadamente a guarecerse bajo cualquier cosa que soportara el aguacero. El paisaje cambió en un momento y yo permanecí tras los ventanales estremecido por tanta intensidad torrencial que en las zonas levantinas suele producir catástrofes. Por suerte amainó minutos más tarde y con el paso de las horas todo volvió a su cauce. En el informativo televisivo de la noche contemplé el momento pasado que quedaba inmortalizado. Me sentí mejor…"
sábado, 19 de mayo de 2012
M, V y yo
M.
vive en París, en el arrondissement (distrito) 17, cerca de los Campos Elíseos. Es ingeniero y trabaja por su cuenta. Tiene
un negocio que asesora a empresarios extranjeros que quieren comprar
terrenos, pisos, fabricas… en Francia. Habla a la perfección cuatro idiomas:
francés, castellano, alemán e inglés. Es elegante vistiendo y tiene aspecto de galán italiano. Anoche, estuvimos
juntos unas horas hablando de su país, tan querido para mi, y de todo lo que
está pasando en España. Tomamos buen
vino, un Dinastía Vivanco, Rioja baja, exquisito. Conversamos sobre los buenos
vinos (su favorito español es el Pesquera y la denominación Borgoña en lo
referente a su país de origen) y sobre una tienda espectacular de vino en París
que ambos conocemos. Degustamos la sabrosa cena fría que habían preparado en
Mandarina, con motivo de su octavo aniversario, y luego bebimos un cava muy
elegante.
V.
vive en Lugano, cerca de la frontera Suiza con Italia. Tiene un cargo de
responsabilidad en un afamado banco. Habla a la perfección cuatro idiomas:
italiano, español, francés e inglés. Llevaba un vestido largo de noche. Algunos
familiares y amigos, cuando acabó la cena, fuimos invitados por ella, a una
zona más apartada, para tomar unas botellas de cava. Faltaban cinco minutos
para que fuese su cumpleaños. Ha venido a España para celebrarlo con su padres,
jubilados que pasan varios meses al año en Peñíscola, con su hermana y su
cuñado.
Después
de servirnos, estuvo todo el tiempo mirando
su iPhone. Cuando dieron las doce todo el mundo estaba despistado menos
yo que seguía atento sus movimientos. Me acerqué y le di un beso, diciéndole:
“siento ser yo el primero que te felicita”. Sonrió con complicidad. Luego se
acercaron sus familiares y le cantaron el Happy Birthday.
M.
al irse de la terraza donde se celebraba la fiesta me dijo que le llamara
cuando fuera a París para comer juntos. Se queda unos días en una urbanización
a unos kilómetros de Peñíscola pero va a estar muy liado ayudando a su padre
reparando alguna cosa de su finca. A V. la veré hoy y mañana. Cuando me fui,
hacía las dos, estaba bailando con la mente puesta en otro lugar.
jueves, 17 de mayo de 2012
ESAS PEQUEÑAS COSAS
Amaneció oscura la mañana y recién despiertos sometí a
mi acompañante a un examen sencillo sobre temas musicales. El primer tema que
sonó fue “The Needle and the Damage Done”” de Neil Young y aunque ella tenía el
nombre en la punta de la lengua tuve que ofrecerle la primera de las dos
pistas: -“Perteneció a un cuarteto muy famoso hace algunas décadas”. Sonó de
nuevo el tema, y, aunque seguía teniendo
su nombre en la punta de la lengua le di
la segunda pista: -“Su nombre empieza
por N y acaba en g”. Por cada pista no resuelta sometía a la examinada a un
castigo, aceptado, que por salvaguardar la intimidad evitaré explicar. No hubo
más pruebas y tras cobrarme las tasas
del cariñoso castigo decidí decir su nombre. ¡Claro! exclamó, ¡lo sabia, lo sabía!
El segundo tema que
sonó en tan curioso examen fue “These Arms of Mine” de Otis Redding. Después de pensarlo un
rato, soltó: -Lo sé. Es un antiguo miembro de The Platters. No, respondí, Se trata de uno de los mejores
músicos de Soul de todos los tiempos. Creo que no le di más opciones y le dije
quién era. El penúltimo tema fue el primer corte del álbum “All For You” de mi favorita Diane Krall. Contestó, sin demasiado convencimiento, que se trataba de Nina Simone.
La primera pista: -“Es canadiense”. Nada. La segunda: -“La he visto en directo
en Donostia”. Rien de rien. Y la última: -“Comienza por Di…” Y acertó, claro, no quería someterle a más
humillaciones. El último tema musical correspondió a The Rolling Stones,
algo de su disco parisino, reeditado el pasado año “Exile on Main Street”.
Enseguida, a pesar de su empanada mental y física aquella mañana, acertó.
Quise acabar con algo facilón para potenciar su ego, tan sometido por mi.
Me gustaría repetir
examen musical con la misma persona. Total, no tengo nada que perder y mucho
que ganar. Siempre gano y ella, además, tan contenta. Felices todos.
domingo, 13 de mayo de 2012
CALOR REPENTINO
He
pasado mucho calor en Zamora durante el fin de semana. Las temperaturas han
llegado a los treinta y dos grados casi repentinamente. Ese bochorno no me ha
permitido dormir plácidamente, cada cierto tiempo despertaba para desarmar el
sueño que me acompañaba. Curiosamente, he percibido que además de soñar en
color, algunos de mis sueños tienen música de fondo. En una de esas sacudidas
que produce despertar y cuando los sueños todavía permanecen vivos, pude darme
cuenta que también se apagaba la música. Ahora no recuerdo aquel sueño musicado
ni el tema que lo acompañaba pero era una de las muchas músicas que me
acompañan habitualmente y me sentí muy reconfortado al saber que también están
conmigo por la noche, velando mis sueños.
Otra
anécdota que produjo el calor zamorano (por lo visto general en toda España)
fue una escena en la calle que me conmovió. Delante de mí, andando, iba una
chica con su perro, uno de esos canes blancos, pequeños y con bastante pelaje.
De repente, el perro se tiró al suelo, con las piernas abiertas para apoyar
todo su cuerpo en el frío suelo. La chica no podía convencerlo para que se
levantara y él miraba para otro lado, extenuado y con toda su lengua fuera.
Después de un rato disfrutando de la estimulante frialdad del pavimento se
levantó y al cabo de 20 pasos volvió a la posición anterior. La gente que
pasaba a su lado no podía reprimir la carcajada. Lo estuve observando durante
varios metros y cada pocos pasos volvía a
la posición. Disfruté un montón con el perruco.
Ya
por la tarde, otra anécdota alegró el momento. Tomábamos unos pinchos
morunos en la barra del “Lobo”, los mejores que he comido jamás,
cuando salieron cuatro pinchos para un matrimonio. El camarero les explicó que
los dos de la derecha eran picantes y los otros dos no. El hombre quiso decir
algo al camarero pero éste le tapó diciendo: “bueno, no, ésto es así”. Al
acercar los pinchos a la mesa donde le esperaba la mujer empezaron a hablar sin
comerlos. El camarero que miraba de frente les dijo: “y otros cuatro que están
haciendo”. El hombre, ahora sí, pudo hablar: “pero es que nosotros sólo hemos
pedido uno que pique y otro que no”. Empecé a reír hasta caérseme las
las lágrimas. Hay veces que, por el
motivo que sea, algo te hace una gracia tremenda. Eso me pasó a mí en ese
momento. Quiero pensar que fue una confusión del camarero, es un cachondo, y les cobraría sólo dos
pinchos, los que en realidad pidieron.
domingo, 6 de mayo de 2012
NORAH Y LA TORTILLA
No
es que el tema político me entusiasme pero el morbo de la intención
de abandonar la carrera, en caso de perder, de Sarkozy -recordemos de
ascendencia húngara y judía, y que estuvo casado con una bisnieta
de Albéniz- me hizo, la tarde del domingo, cansado de estar en casa
debido a una lumbalgia, seguir todo lo concerniente a las elecciones
generales de mi querido país vecino. Aburrido pero contento con la victoria de Hollande, decidí, a eso de las
ocho de la tarde, hacer una tortilla de patata, algo que no ocurría
desde hace algunos meses y que, entonces, compartí en un hotel con una persona
muy especial. Me puse el mandil, enchufé el último disco de Norah
Jones en el equipo musical de la cocina, me serví una copa de
Gavión, verdejo zamorano, pelé unas patatas, cebolla, batí los
huevos, lo mezclé todo bien una vez frito y quedó una de las
tortillas que mejor me han salido ¿Secreto? Escuchar “Little
broken hearts” (unos 50 minutos) mientras duró la intendencia. A
partir de ahora cuando haga una tortilla me acompañará siempre
Norah. Un Eguren del 98 hizo el resto mientras degustaba un bocado
tan especial.
-Dedicado
a mi amigo Tomás, vive en Suiza desde hace muchos años y todos los
domingos, para cenar, cocina una tortilla de patata.
lunes, 30 de abril de 2012
PUERTO PADRE (CUBA)
El otro día, ojeando fotos de una amiga que ha
estado recientemente en Cuba, recordaba una jornada especial que pasé en la
zona oriental de la isla, concretamente en la antigua provincia denominada
Oriente y que con la revolución se dividió en dos o tres provincias, no
recuerdo bien. Estábamos alojados en el hotel más alto de Santiago, en una
habitación con unas vistas espectaculares. En la calle siempre había paisanos
esperando a los turistas. Pretendíamos visitar el pueblo del padre de mi
acompañante, hijo de emigrantes
españoles y que a sus 18 años regresó, junto con sus padres y hermano, a su
tierra de procedencia. Durante dos días estuve intentando negociar con dos
chicos jóvenes el alquiler de uno de esos carros americanos de los años 50, con
conductor, para desplazarnos los 150 kilómetros que separaban Santiago del
pueblo de los ingenios. No llegué a ningún acuerdo, incluso perdí 30
dólares, decidiendo alquilar un coche
sin conductor por nuestra cuenta. Recorrimos, hasta Las Tunas, decenas de kilómetros
por la carretera que recorre la isla, de este a oeste, y luego nos desviamos
por carreteras comarcales hasta llegar a Puerto Padre. Tardamos más de lo
previsto debido a los profundos baches y a que teníamos que preguntar, cada dos
por tres, por donde se iba. Un militar con graduación nos hizo dedo pero cuando
paramos al comprobar que el coche tenía placas turísticas decidió no subir.
Cuando vimos Puerto Padre no podíamos creerlo. El espectáculo visual era
maravilloso. Una bahía natural sólo abierta por el norte, como si se tratara de
una herradura . Aparcamos y paseamos por su calle principal repleta de
edificios de evocación española. Cuando íbamos a entrar al único bar que vimos,
estábamos extenuados y con hambre después de tan pesado viaje, un chico de
nuestra edad nos preguntó si éramos italianos. Le contestamos que éramos
españoles y que buscábamos el
cementerio. Nos cambio dólares por pesos en una tienda y tomamos café.
Charlamos sobre nosotros y nos invitó a acompañarle a San Manuel, a escasos
kilómetros de allí, para que conociéramos a una amiga suya que tenía un tío
español. El chico había estudiado derecho y nos dio buena sensación así que
decidimos acompañarle. Una vez en San
Manuel alucinamos con las casas construidas en madera, parecía que estábamos en
una película del siglo anterior. Entramos a la casa de su amiga, Mayra, nos
presentamos y brindamos con un ron exquisito. Con el dinero que habíamos
cambiado compraron cerdo y cervezas mientras diluviaba y el agua entraba por
varios lugares de la casa. Ellos se quedaron en ropa interior y aprovecharon
para ducharse en la calle. En nuestras mochilas teníamos alguno de esos geles
de hotel y se lo dimos. Se convirtió en una fiesta su ducha. Hacía meses que no
se duchaban con jabón por falta de
existencias. Luego fuimos a ver a su tío, el único español que quedaba en el pueblo. Era gallego,
claro, pero su acento claramente cubano. Llevaba allí más de 60 años. Por
supuesto nos presentaron a toda su familia, llegaban de todos los puntos del
pueblo a conocernos. Fuera había fiesta, un grupo de negros tocaban y bailaban
ese tipo de música tan ancestral que se conserva en la isla. En un momento
dado, por la megafonía sonó el himno cubano y todos formaron con aire militar
mientras cantaban juntos. Bebimos más ron e intercambiamos información sobre la
sociedad de consumo de la que proveníamos. Al anochecer salimos de allí para
retornar a Santiago. Nos costó salir a la carretera central, teníamos que
preguntar, cada 500 metros, en cualquier casa en la que veíamos luz, la ruta a
seguir. En Las Tunas comenzó a llover, iba detrás de un camión repleto de
militares. En un frenazo, mi coche comenzó a dar vueltas sobre si mismo.
Conseguí dominarlo y estacionar al otro lado de la carretera en dirección
contraria. Cuando por fin lo dominé, un grupo de transeúntes empezaron a
aplaudir. Estaba seguro que había golpeado al vehículo de los militares, se habrían salido de la carretera propiciando
un terrible accidente, pasaría, por tanto, el resto de mi vida en cárceles
cubanas. Salí disparado del coche y empecé a correr en la dirección del
vehículo militar. A unos 300 metros estaba aparcado, con diez o doce militares
fuera del vehículo y mirando en mi dirección. Me explicaron que no les había
tocado y que era un conductor magistral. Abracé a todos ellos, uno por uno, y respiré
profundamente mientras me secaba el sudor . El resto del viaje lo hice
tranquilo llegando al hotel a las 12 de la noche. Subimos al último piso, donde
siempre a esa hora había música de jazz en directo, dispuestos a bebernos un
cubo de mojito. El maître, un negro espigado con carné del partido, nos
reconoció y le explicamos lo sucedido. Se perdió en la cocina que ya estaba
cerrada y nos sacó comida que devoramos en escasos minutos. Nos invitó y
brindamos por que la salud y la suerte siguiera acompañándonos.
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