lunes, 30 de abril de 2012

PUERTO PADRE (CUBA)


 El otro día, ojeando fotos de una amiga que ha estado recientemente en Cuba, recordaba una jornada especial que pasé en la zona oriental de la isla, concretamente en la antigua provincia denominada Oriente y que con la revolución se dividió en dos o tres provincias, no recuerdo bien. Estábamos alojados en el hotel más alto de Santiago, en una habitación con unas vistas espectaculares. En la calle siempre había paisanos esperando a los turistas. Pretendíamos visitar el pueblo del padre de mi acompañante,  hijo de emigrantes españoles y que a sus 18 años regresó, junto con sus padres y hermano, a su tierra de procedencia. Durante dos días estuve intentando negociar con dos chicos jóvenes el alquiler de uno de esos carros americanos de los años 50, con conductor, para desplazarnos los 150 kilómetros que separaban Santiago del pueblo de los ingenios. No llegué a ningún acuerdo, incluso perdí 30 dólares,    decidiendo alquilar un coche sin conductor por nuestra cuenta. Recorrimos, hasta Las Tunas, decenas de kilómetros por la carretera que recorre la isla, de este a oeste, y luego nos desviamos por carreteras comarcales hasta llegar a Puerto Padre. Tardamos más de lo previsto debido a los profundos baches y a que teníamos que preguntar, cada dos por tres, por donde se iba. Un militar con graduación nos hizo dedo pero cuando paramos al comprobar que el coche tenía placas turísticas decidió no subir. Cuando vimos Puerto Padre no podíamos creerlo. El espectáculo visual era maravilloso. Una bahía natural sólo abierta por el norte, como si se tratara de una herradura . Aparcamos y paseamos por su calle principal repleta de edificios de evocación española. Cuando íbamos a entrar al único bar que vimos, estábamos extenuados y con hambre después de tan pesado viaje, un chico de nuestra edad nos preguntó si éramos italianos. Le contestamos que éramos españoles  y que buscábamos el cementerio. Nos cambio dólares por pesos en una tienda y tomamos café. Charlamos sobre nosotros y nos invitó a acompañarle a San Manuel, a escasos kilómetros de allí, para que conociéramos a una amiga suya que tenía un tío español. El chico había estudiado derecho y nos dio buena sensación así que decidimos acompañarle. Una vez en  San Manuel alucinamos con las casas construidas en madera, parecía que estábamos en una película del siglo anterior. Entramos a la casa de su amiga, Mayra, nos presentamos y brindamos con un ron exquisito. Con el dinero que habíamos cambiado compraron cerdo y cervezas mientras diluviaba y el agua entraba por varios lugares de la casa. Ellos se quedaron en ropa interior y aprovecharon para ducharse en la calle. En nuestras mochilas teníamos alguno de esos geles de hotel y se lo dimos. Se convirtió en una fiesta su ducha. Hacía meses que no se duchaban con  jabón por falta de existencias. Luego fuimos a ver a su tío, el único español   que quedaba en el pueblo. Era gallego, claro, pero su acento claramente cubano. Llevaba allí más de 60 años. Por supuesto nos presentaron a toda su familia, llegaban de todos los puntos del pueblo a conocernos. Fuera había fiesta, un grupo de negros tocaban y bailaban ese tipo de música tan ancestral que se conserva en la isla. En un momento dado, por la megafonía sonó el himno cubano y todos formaron con aire militar mientras cantaban juntos. Bebimos más ron e intercambiamos información sobre la sociedad de consumo de la que proveníamos. Al anochecer salimos de allí para retornar a Santiago. Nos costó salir a la carretera central, teníamos que preguntar, cada 500 metros, en cualquier casa en la que veíamos luz, la ruta a seguir. En Las Tunas comenzó a llover, iba detrás de un camión repleto de militares. En un frenazo, mi coche comenzó a dar vueltas sobre si mismo. Conseguí dominarlo y estacionar al otro lado de la carretera en dirección contraria. Cuando por fin lo dominé, un grupo de transeúntes empezaron a aplaudir. Estaba seguro que había golpeado al vehículo de los militares,  se habrían salido de la carretera propiciando un terrible accidente, pasaría, por tanto, el resto de mi vida en cárceles cubanas. Salí disparado del coche y empecé a correr en la dirección del vehículo militar. A unos 300 metros estaba aparcado, con diez o doce militares fuera del vehículo y mirando en mi dirección. Me explicaron que no les había tocado y que era un conductor magistral. Abracé a todos ellos, uno por uno, y respiré profundamente mientras me secaba el sudor . El resto del viaje lo hice tranquilo llegando al hotel a las 12 de la noche. Subimos al último piso, donde siempre a esa hora había música de jazz en directo, dispuestos a bebernos un cubo de mojito. El maître, un negro espigado con carné del partido, nos reconoció y le explicamos lo sucedido. Se perdió en la cocina que ya estaba cerrada y nos sacó comida que devoramos en escasos minutos. Nos invitó y brindamos por que la salud y la suerte siguiera acompañándonos.        

1 comentario:

julia orozco dijo...

Hola Luis, mi amigo,es increible como relatas,como cuentas como haces vivir lo que vivis.Me alegra mucho saludarte.Besos inmensos de luz para ti y los que amas.