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JORNADA PLAYERA



Estaba concentrado en el libro que leía  titulado “El chico de las bobinas”. Quedaban pocas páginas para terminarlo y  permanecía sentado en mi silla playera,  a escasos metros del mar. El murmullo de las olas al irrumpir en la arena contribuía a implicarme en la atmósfera de la Barcelona de la posguerra que tan bien detallaba cuando un grupo de personas hizo irrupción a pocos metros de donde me encontraba. Las voces que emitían hicieron que me apartara de la lectura que pretendía  finiquitar en los siguientes minutos. Eran cinco adultos y cuatro niños y parecía que se trataba de una competición de dar la voz más alta, o mejor dicho el mayor alarido. ¡Qué manera de coaccionar la intimidad de las personas que nos encontrábamos allí pasando, por suerte y educación, desapercibidos!. Era uno de esos grupos que piensan que están solos, que los demás no existen y que la playa es solo para ellos. Terrible, representan ese egoísmo que, además, transmiten a sus hijos.


Desembarcaron tirando sus toallas en la arena, gritando conjuntamente y desvistiéndose de manera desordenada. Los niños iban y venían  desde su ubicación al agua y del agua al campamento improvisado haciendo, evidentemente, mucho ruido. Más tarde, una pareja mayor se acercó al patriarca del grupo y en voz muy alta pusieron a parir a los catalanes. Todo por culpa de una toalla con el escudo del Barça que descansaba, por suerte, en la arena de aquella playa familiar de Cantabria. La pareja que se acercó dijo que el agua estaba buenísima, incluso caliente, algo que desde mi humilde y contrastado punto de vista (comparado con mi visita reciente al Mediterráneo) me resultaba, al menos, discrepante. Pero bueno, para qué discutir, los catalanes son unos cabrones y el agua del mar en Cantabria está caliente a más no poder...casi como el cerebro del personaje que dejaba lucir en su muñeca la bandera nacional.


Mientras tanto, los niños iban y venían, tornando y retornando al cuartel general dispuesto en ese lado de la playa. Sus voces podían oírse a cientos de metros ya que para esa  familia no existía nada más que ellos por aquellos lares. Siguieron platicando sobre el confinamiento, los de la banderita  eres gualda, llevas sangre, llevas oro en el fondo de tu alma. El pater familia informó a sus conocidos que lo habían pasado fatal y que sus hijos no pararon de hacer fechorías por su apartamento. Me lo figuro.


El día resultaba pesado con algo más del ochenta por ciento de humedad. Las nubes aparecían por el oeste pero un viento sosegado del norte las mantenía a raya. El sol calentaba y el mar estaba muy tranquilo, como un plato, que se dice en la tierruca. Intenté retomar la lectura pero era tarea imposible. Los niños ascendía las laderas de roca, situadas detrás de mí, retransmitiendo al mundo cada paso que daban. El más mayor se tiraba a la arena desde lo más alto golpeando el suelo violentamente con sus caídas. Al cabo de un buen rato una de las madres les llamó la atención pero no sirvió de nada,  los niños siguieron haciendo el animal por un periodo de media hora. El único hombre que se encontraba en el grupo se dispuso a hablar por teléfono apartado de su zona de confort y más cercano a donde yo me encontraba con el libro abierto y la mente dispersa. Hablaba tan alto que me enteré de toda su conversación de casi una hora de duración. 

“Le han retirado el carné de abogado, le pillaron por La Castellana en moto a mucha velocidad dando 0.8  gr/l. de alcohol"

Tras dos horas y media de voces y molestias a los usuarios de la playa recogieron todo lo que había esparcido por la arena: toallas, ropa, bañadores, sillas, colchonetas, artilugios variados... y de manera confusa, uno tras otro, una tras otra, abandonaron la explanada y solo se escuchaban, al desaparecer, las olas rompiendo sobre la arena. Respiré profundamente en ese momento tan especialmente zen y volví a concentrarme en mi libro. A los pocos minutos lo acabé, miré el mar recordando su contenido y di fin a mi jornada playera.



 


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