Hoy tuve la oportunidad de comer con un amigo de Soria en un restaurante de Mataleñas (Santander). Le comenté que hace ya un año y medio que no voy por Soria capital, aunque paso cuatro o seis veces al año por El Burgo de Osma, Almazán y Medinaceli, buscando el Mediterráneo desde Zamora.
El tiempo y las vistas, desde el restaurante, eran espectaculares. 25 grados a la hora de comer con brisa del norte. Mi amigo es uno de los fundadores de “Soria Ya” y, lógicamente, un enamorado de su tierra, aunque con ese peculiar chovinismo que siempre es exagerado. La velada estuvo repleta de recuerdos, de amigos comunes, otros fallecidos, anécdotas de la ciudad castellana…
Y, aunque éramos cuatro compartiendo mesa, el soriano y yo estuvimos charlando casi todo el tiempo, no existía ese protocolo de los "High Tables" de instituciones como Oxford, donde existe una norma estricta: durante el primer plato se conversa con el compañero de la derecha; en el segundo, con el de la izquierda. De esa manera, el cambio de interlocutor evita que un invitado quede aislado y garantiza que la velada sea fluida. A pesar de no tener esa consideración, los otros dos compañeros tampoco quedaron aislados, también “hablaron por los codos”. Y creo que es normal, dos éramos de Santander y los otros dos venían de Soria y La Rioja.
Nos despedimos con esas vistas descritas anteriormente, desde el campo de golf de Mataleñas hacía el cabo de Ajo. El compañero de Alfaro regresaría al día siguiente a Santander a hacer compras con su mujer, tiene una casa en Noja, y mi amigo de Soria viajaría a su ciudad.

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