martes, 22 de julio de 2014

LA MUJER RUBIA Y SU BULLDOG


No soy excesivamente curioso pero el otro día en un apartamento frente al mío observé a un perro de raza bulldog que se desplazaba lentamente por la terraza. Detrás de él, una mujer rubia, de algo menos de cuarenta años, iba recogiendo sus excrementos y fregando a continuación. El perro era muy viejo y ella su cuidadora infalible. Cada vez que llegaba a casa me asomaba a la terraza para comprobar si estaba el perrito. Además del perro y  la mujer, compartían apartamento una pareja de negros adolescentes, una bebé mestiza y un hombre moreno muy alto y fornido. Deduje que los dos adolescentes eran hijos del hombretón, de otra relación, y la pequeña fruto de ambos adultos.
Pasaban los días y comprobaba que la rubia se levantaba mucho antes que los demás, recogía  la numerosa ropa tendida, ya seca, y atendía  al pobre perro. Luego preparaba el desayuno para todos, que iba llevando, en varios traslados, de la cocina a la terraza, para más tarde ocuparse de la niña. Los negros, por tanto, vivían mejor que los blancos, más envidiados por ellos en otros tiempos. No hacían nada de nada, o eso me parecía a mí.
Una tarde, vi en la entrada de nuestra urbanización, separada por diez o doce escalones de la plataforma principal, a la mujer rubia que llamaba al resto de su familia para que alguien  bajara a ayudarle. Venía del supermercado cargada con dos amplias bolsas, el carrito con la bebé dentro y el perrito amarrado con una correa. No daba crédito, y, además, esa estampa demostraba y reforzaba lo que siempre había pensado sobre ellos, potenciando mi desprecio a esos “sopabobas” (no diferencio entre razas cuando me refiero a personas de esa categoría moral). Tras diez minutos llamando el adolescente bajó a rescatarla de manera parsimoniosa, claro. La mujer soltó al perro y subió el solito los escalones, descansado en cada peldaño que iba superando. Puso una bolsa a cada lado del carrito y ambos levantaron los lados para llegar a la plataforma, pero cuando llevaban tan sólo tres escalones remontados el adolescente resbaló (falta de costumbre, supongo) y cayó como una pelota hacia la puerta. Cuando comprobé que el carrito de la niña había quedado anclado, sin peligro para la bebé, entre los escalones solté una carcajada corrosiva. Era increíble. Una vez en lo alto, el chico cogió al perro y la rubia continúo su recorrido con las dos bolsas y el carro (imaginaba su situación en el supermercado, el perro amarrado fuera y ella con el carro, la compra…)

Evidencié que a pesar del esfuerzo que realizaba en sus ¿vacaciones? por el bien de los demás, recibía gratos estímulos (tal vez no los únicos) cuando en ocasiones se tumbaba en un sillón para jugar con la niña mientras  el perro se sentaba a su lado, inseparable de ella todo el tiempo. Esa vida le merecería la pena, supongo, y no soy quien para criticar, pero me dio tanta pena esa escena de las escaleras que he querido recordarla y contarla.