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ORGANICIDAD. GALERÍA ÁNGELES PENCHE. MADRID

Atravesamos la calle Génova y, cómo no, salieron a colación temas relacionados con  manifestaciones, relativamente recientes,  acontecidas delante de la sede del Partido Popular. Mi amiga M detallaba la colocación marcial de filas y filas de policías nacionales acordonando la sede, y ella, que es muy valiente, había sentido un miedo atroz. De repente, nos paramos en una vitrina de una galería de arte. A mí me recordó el escenario de una de esas comedias de éxito americanas. Para acceder a ella había que subir cuatro o cinco escalones y el escaparate, iluminado, se situaba por encima de nuestras cabezas. L y yo paramos en seco a contemplar cuatro o cinco pinturas minimalistas y prácticamente monocromáticas. M. que seguía hablando sobre derechos humanos y libertades, retrocedió para comprobar lo que mirábamos. Los tres parecíamos poseídos por la belleza de ese instante. Al apartar la vista de los cuadros, una mujer con pinta nórdica, vestida como si se tratara de una azafata de congresos, que hablaba en el interior por teléfono, nos miró y con un gesto de su  mano nos invitó a visitar la exposición. Se trataba de una mujer muy guapa, siempre sonriente y con una amabilidad fuera de lo común. Mientras hablaba yo quería mirar las obras pero era imposible, tenia un carisma y una atracción que era imposible abandonar su luminosa presencia. Con anterioridad, cuando permanecía en la calle observando las pinturas, le decía a L que algo en esas obras me recordaban a Gran, un pintor impresionista abstracto natural de Santander y que participó en la película de Víctor Erice sobre Antonio LópezEl sol del membrillo”.  Cuando pude apartar la vista de la atractiva mujer, con el rabillo del ojo comprobé que la firma era de Gran (o eso me pareció a mí). Entonces le pregunté, ¿son obras de Gran, verdad? Ella respondió que sí y L certificó  que yo se lo había advertido cuando estábamos en la calle mirando los cuadros. Nos dijo que efectivamente era ella y que la obra expuesta era suya y de un compañero, José Antonio Menéndez Hevia. Algo no cuadraba, Enrique Gran murió en 1999 y, por el aspecto, ella no podía ser su hija. Pasados los minutos comprobé que lo que yo suponía era Gran se había convertido en Gronn (la pronunciación en noruego  es similar a Gran).  Recorrimos la parte superior de la sala intercambiando información. Mina Gronn explicaba sus obras de manera natural y envolvente, hacía comparativas con las de José Antonio y  cómo surgió la idea de “Organicidad”, título de la exposición que se presentó en Gijón (Fundación Barjola) y parte de ella se exponía ahora en la Galería madrileña  “Ángeles Penche”.  En la parte baja de la Galería, Nina nos enseñó más obra sin colgar y pude comprobar que la Galería tenía cuatro obras del gran Vela Zanetti. Seguimos hablando sobre Zóbel y el Museo de Arte Abstracto de Cuenca mientras le enseñaba en el teléfono algunas de mis fotos, que al parecer, le encantaron. Por casualidad, en una de ellas apareció mi libro “Sé dónde duermen las ardillas” y anotó el nombre para adquirirlo en Amazon (espero que le guste). Cuando nos despedíamos nos dio su autógrafo diciéndonos que al día siguiente viajaría a ver a su familia en Noruega. Me despedí diciéndole que diera recuerdos a Papa Nöel acompañándolo de un sonoro Ja, ja, ja, ja, de esos que emiten a los niños los papanoeles “de mentirijillas”. Su despedida fue una amplia, limpia y enorme sonrisa. Todo lo ocurrido en la Galería formaba parte de la belleza y, una vez fuera, después de recorrer unos metros, no pude menos que mirar hacia el gran ventanal donde estaban expuestas esas fascinantes obras que nos habían maravillado a los tres. Pude evidenciar otra vez que el decorado parecía sacado de una de esas películas románticas americanas y, además, llovía.


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