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CEMENTERIO DEL PÉRE- LACHAISE

El cementerio del Père-Lachaise es la “isla del tesoro”. El objetivo es encontrar, intramuros, las tumbas de las celebridades allí enterradas. Nada más entrar por la puerta sur, después de  atravesar el muro de los Federados, contra el cual 147 dirigentes de la Comuna de París fueron asesinados en 1871,   observé a un gendarme con un tic nervioso          que  le hacía mover la cabeza en todas las direcciones posibles. El traje le venía grande. Nada más darle la espalda no pude menos que sonreír, viniéndome a la mente imágenes  del mejor cine cómico francés de   Louis   De Funes o de Jacques Tati. La escena, a la entrada del cementerio, era prometedora.

Estudio en un panel las coordenadas de las calles y sus divisiones por números de las celebridades enterradas allí. Se trata de una colina boscosa que domina la ciudad. Una vez comprobada la gran extensión del cementerio y sus 70.000 tumbas  me parece una misión imposible localizar alguna de mis favoritas. Por suerte, en ese campamento permanente de silencios generosos, me enorgullece pensar que todos ¡por fin! somos iguales. Cada  enterramiento merece el mismo respeto. No hay signos externos que señalen las tumbas más visitadas. Son algo más de las diez y el sol calienta con fuerza. Por suerte, la sombra que dan los 5.300 árboles (los parisinos lo utilizan como si fuera un parque) se convierte en fiel aliada. Caminamos en la misma dirección del resto de visitantes, en su mayoría asiáticos, italianos y británicos. Todos estamos un poco perdidos pero seguimos el rumbo adecuado marcado en el plano. De una amplia plaza salen varias calles y en esa encrucijada, rodeados de tumbas por los cuatro puntos cardinales, optamos por elegir la ruta ascendente. Busco, sin conseguirlo,  el enterramiento de Jim Morrison, se encuentra muy cerca de donde estoy pero es imposible dar con él.  Empiezo a  desesperarme pero pronto descubrimos la tumba de Marcel Proust (1871-1922), brillante cronista de la “Belle Époque” en su novela “En busca del tiempo perdido”, en la división 85. Tras un breve descanso y más animados, comprobamos que en ese lugar, alejado de la puerta por la que accedimos al cementerio, se encuentra el “gendarme de comedia”. Una solitaria japonesa, elegante y esbelta, pregunta al gendarme la situación de alguna tumba. El gendarme, muy dispuesto (con seguridad caerá buena propina nipona) acompaña hasta el lugar exacto a la joven asiática. De lejos, vigilo los movimientos, para comprobar más tarde que se trata de la tumba del dramaturgo irlandés Oscar Wilde (1854-1900) que murió en París victima del alcohol.  Es una especie de panteón   moderno plagado de grafitis, escritos en todos los idiomas, predominando el inglés. En esa zona del cementerio nos encontramos las tumbas de  Honoré de Balzac, Edith Piaf -el pequeño gorrión- (1915-1963) y Henri Salvador, fallecido el pasado año. No podemos resistir la tentación de descubrir el enterramiento de Van Morrison (1943-1971), líder de The Doors, así que estudiamos bien el plano y damos con él. Es el lugar donde se congrega más gente. Al lado hay un árbol completamente escrito y dibujado. Una foto de Morrison y una salamandra azul reposan sobre el mármol. Por último, podemos ver  la tumba del director francés de cine, recientemente fallecido, Claude Chabrol y la del compositor polaco Fréderic Chopin (1810-1849). La nostalgia que producen las sorprendentes esculturas funerarias así como el otoño adelantado que demuestran las hojas secas que cubren parte del cementerio, despiden la visita. Han sido tres horas que han pasado deprisa. A la salida, cruzando la calle, hay una tienda de souvenirs con detalles sobre los muertos del Pére- Lachaise. Me quedo fascinado  con una serie de fotografías del cementerio en otoño. El tiempo pasa apresuradamente en París, lo testifico de nuevo. Sin embargo, por suerte, quedan unas cuantas jornadas más para disfrutar la belleza de la ciudad del Sena y todo el tiempo del mundo para los difuntos que reposan en uno de los cementerios más famosos del mundo.

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