lunes, 8 de agosto de 2011

OPORTO: DECADENTE Y CAÓTICA.





En la primera visita, Oporto se detesta o te enamoras de ella. Somos humanos y tenemos nuestras peculiaridades, para gustos los colores. Pero si hay algo en lo que todos los visitantes coincidimos es que Oporto no se parece a ninguna otra ciudad. Es una presencia que se vive y se siente día a día y se ha de tener  paciencia para llegar a conocerla. Cuando estás lejos  es cuando verdaderamente sabes si te ha cautivado o, al contrario, echas pestes de ella.

Visité por primera vez Oporto en el año 1971. Desde entonces he vuelto en otras tres ocasiones y he podido comprobar los cambios que se  han ido produciendo en la ciudad. Unos para bien y otros para mal. Sin duda, la aprobación de Patrimonio de la Humanidad, en 1996, por parte de la UNESCO, fue el detonante para su ansiada reconversión urbana. En ese sentido, desde hace años se viene trabajando en la restauración  de las casas degradadas del centro histórico, en un megaproyecto  (no es para menos observando sus heridas) valorado en tres mil millones de euros. No obstante, no se aprecian grandes avances.  La rua das Flores, por ejemplo, que sube hacia la estación de estilo “Belle Époque” de São Bento, con casas y palacios del s. XVIII, antaño  calle de los orfebres y joyeros, con rótulos que indican que es Patrimonio Mundial, está totalmente abandonada, con casas en la ruina, pintadas por toda la calle y un estado general que te hace desear abandonarla cuanto antes.

He leído mucho acerca de la última ciudad que atraviesa el Duero antes de perderse en el océano Atlántico  y he podido descubrir esa dicotomía que explicaba al principio. También he comprobado la inevitable comparación que suele hacerse con Lisboa. La sabiduría popular  dice que Lisboa gasta, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja. Conozco las cuatro ciudades y puedo asegurar que hay mucho de cierto en ello. Sin embargo, ambas ciudades, la capital y Oporto, son muy diferentes. Oporto es menos cosmopolita que Lisboa y, además, tiene un toque melancólico y de austeridad que se hace palpable cuando visitas las estrechas calles y sus muros de granito. Lisboa, a pesar de su personalidad, es mucho más parecida a otras grandes ciudades europeas.  

Recomiendo, en una preliminar inspección, atravesar el puente Luís I, inaugurado en 1886 y considerado uno de los lugares emblemáticos de la ciudad. Su construcción se basa en el proyecto del ingeniero belga Théophile Seyrig, discípulo de Gustave Eiffel. Tiene dos pisos y por ambos pueden circular las personas. Ambos trayectos son indispensables para hacerse una idea de lo que es el muelle de la Ribera, en la margen derecha del río y toda la zona de bodegas de Vila Nova de Gaia, en la  izquierda.  Recomiendo en esa última margen, sentarse tranquilamente en una terraza y tomarse un vinho do Porto. Desde allí podrá observar, al frente, las calles y plazas que ascienden hacía la parte alta. Entre la silueta de la ciudad, sobresale la alta torre de la iglesia de los Clérigos y las pesadas torres de la Catedral fortaleza. A la izquierda, las aguas del Duero, que han regado parte de Castilla, desembocan en el Atlántico. Ese momento se vuelve mágico si es el atardecer. Con paciencia y buen calzado (los picudos adoquines se vuelven enemigos) conviene ascender al barrio alto y disfrutar  con comercios, tascas, locales de  barbeiros y cabeleireiros, tiendas de ultramarinos… que parecen salidos de cuarenta años atrás. Ropa tendida y flores en los balcones irán acompañándonos durante todo el trayecto.

En la parte alta nos esperan dos sorpresas. Por un lado (en la calle Santa Carina) el Café Majestic,  que conserva su fachada modernista, con asientos de cuero, espejos y paredes profusamente decoradas. Y por otro (Rua das Carmelitas), la librería Lello & Irmao  -monumento neogótico-  considerada como una de las tres más bellas del mundo, con fachada blanca y ornamentada, gran vidriera, estucos y su escalera doble en la que flota una atmósfera solemne similar a la monástica.

Seguiría escribiendo sin cesar pero tengo que acabar. Tabucchi, enamorado de Oporto desde que estudió en la Sorbona la poesía de Pessoa, escribe: “…Por debajo de él, al final del declive, brillaba el río Duero bajo el sol oblicuo que nacía entre las colinas. Dos o tres barcazas de mercancías que venían del interior y se dirigían hacia Oporto tenían las velas henchidas, pero parecían inmóviles sobre la cinta del río. Transportaban barriles de vino para las bodegas de la ciudad,  un vino que después se transformaría en botellas de Oporto y tomaría los caminos del mundo…”

1 comentario:

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

Valparaíso y Oporto debieran de aprender en el sentido del cuidado al Patrimonio histórico de la ciudad; ambos tienen el mismo distintivo de la UNESCO y parece que no le ponen demasiado empeño en mantenerlo.

Saludos afectuosos, de corazón.