miércoles, 1 de mayo de 2013

EL RUIDO PRODUCIDO POR LOS ESPAÑOLES



Cuando has vivido en el extranjero durante un periodo de tiempo, por corto que sea, te das cuenta de nuestra mala educación en lo referente al respeto por los demás.  Aquí vale todo, el ruido no para de molestar al resto de la vecindad, da igual que estés en el pueblo, en la ciudad, en el campo, en la playa, todo quisque molesta con lo que más a mano tiene. Sin embargo, en la mayoría de los países europeos el respeto es un precepto que aunque no esté escrito  se cumple. Me ha pasado en el Reino Unido, Francia, Bélgica, Holanda, Eslovaquia… llega la hora nocturna y todo baja de intensidad. Lo normal, vaya. Sin embargo aquí, estés donde estés y a la hora que sea, el vecino, el que pasa por la calle, el camión que recoge la basura, la moto del macarra, no se da cuenta que muy cerca tiene a alguien que necesita descansar del ruido que ya nos acompaña cotidianamente. 
Tengo una vecindad que es muy molesta, todos los días del año hay alguien haciendo bricolaje, los domingos por la mañana, los días laborables a las nueve de la noche; otro vecino que mantenía durante toda la noche su volumen del televisor muy alto; otros vecinos (o los mismos) que parece tienen un megáfono en la boca; un ruido de motor constante que durante la noche es tan molesto que tengo que dormir con tapones y así todo sigo oyendo el motorcito. Es bestial. Además, desde hace un mes, aquí todo está permitido como digo, unos chavales de quince años han alquilado uno de los garajes de mi comunidad que da a la calle menos principal. Por suerte vivo en el tercero y los ruidos no llegan con la fluidez con que pueden llegar al primero, por ejemplo. No obstante, hay días que son molestos y, además, al estar dicho garaje justamente debajo de mi cocina y baño, suben los aromas del tabaco de los diez o doce chavales que fuman como carreteros en el garaje, por un canal de ventilación que va hasta el tejado, ambientando todo el piso, si no he puesto remedio, cerrando la puerta del baño. Aprovechan, sobre todo, el horario de recreos (el instituto está allí al lado) y las tardes hasta las doce de la noche, o más. Como supondrán la música, ese chanchán frenético, alcanza volúmenes estridentes. Pues bien, el otro día, hacía las ocho de la tarde, llamaron a mi puerta y eran tres de los muchachos de la disco-garaje. Me preguntaron si me molestaban y les expliqué todo lo que he escrito anteriormente.  Les dije, que al menos, habían tenido el noble gesto de preocuparse por los demás, algo a lo que estamos  poco acostumbrados.
Como pueden suponer he tenido algunas peloteras con los vecinos, en una ocasión en el piso de al lado, alquilado por unos estudiantes, se encontraban a las tres de la madrugada varias personas con el follón que imaginaran. Después de llamarlos la atención (en varias ocasiones anteriores había recurrido a la policía municipal sin obtener el resultado esperado) acabé en urgencias con la frente abierta.  Cuando me quejo, por ejemplo, a los vecinos que tenían el televisor encendido toda la noche, me dicen que más molesto yo, esa es la respuesta fácil que tienen todos en la boca.
Ni se me ocurre pensar lo que ocurriría si algo de lo que les he comentado pasara en Francia, en Alemania o en el Reino Unido. Obviamente,  nadie se  cuestionaría alquilar un garaje, sin luz,  para convertirlo en discoteca, formando parte de una amplia comunidad de vecinos. En Holanda, ni siquiera tiran de la cisterna para no molestar a sus vecinos durante la noche. En otros países hasta está prohibido usar el ascensor en una franja horaria nocturna.
La marca España de la que tanto presumen los políticos (o presumían antes de la crisis  multiplicada por el Gobierno Rajoy) yo creo que la define el ruido, el botellón, la falta de escrúpulos y de educación por parte de todos. Este país, aparte de una reforma económica que ponga en vereda a las grandes fortunas, a la iglesia y a otros colectivos como la banca o el ejercito, necesita mano dura con todos los que atacan con sus modales molestos a los demás. No hay derecho.

2 comentarios:

Marino Baler dijo...

Bufff, mal lo pintas. La verdad que vivir en un piso tiene esas cosas: los vecinos.
Te estaba leyendo y me parecía que estaba viendo una película de Berlanga. Menudo panorama.
La verdad que tiene mala solución.

¡Ánimo!

Nube dijo...

La solución es complicada. Cuando voy a mi pueblo, me levanto y acuesto constantemente con el ruido de los pájarillos, gallos, vacas, grillos, se le puede llamar, "El pueblo fantasma", en invierno sobre todo.
En la ciudad hay días, que el ruido estresa e inquieta bastante, yo tuve una época que encima y debajo mio vivían familias que discutían muy "fuerte", me descentraba totalmente.
Unos cascos con música relajante y tener la capacidad de sumergirte en tus pensamientos, tomarte la justicia de la mano con imaginación, dialogar con algún sensato, por si le convence tu exposición... yo no sé... mucha paciencia.
No, no hay derecho a un mundo en que las normas son asaltadas sin respeto, es triste.

Un abrazo.