Pasa excesivamente rápido el verano. Eso sí, con más calor del habitual. Siempre recuerdo cuando un amigo de Peñíscola me decía que no tuviera urgencia por jubilarme, que los días se iban sucediendo demasiado deprisa. Qué razón tenía. Sin embargo, mi trabajo era muy riguroso y cuanto antes lo finiquitara mucho mejor. Mi dedicación laboral fue intensa, exigente y con muchas zancadillas. No aguantaba más después de 42 años de excesivo compromiso y entrega.
El problema de cumplir años son los achaques, se van convirtiendo en una pesadilla, pero se van solventando debido a la inactividad laboral y los horarios exigentes. Si un día has dormido peor lo solventas con una siesta o descansando tumbado en el sofá. Hay cierta rutina que debes admitir para que tu vida siga adelante, no es ningún problema, son obligaciones de la edad.
Siempre digo que soy un privilegiado, pero también es cierto que me lo he trabajado. Paso seis meses al año junto al mar, normalmente cuatro en el Mediterráneo y dos en el Cantábrico, además en invierno me suelo escapar del frío a climas más templados y suaves. No me puedo quejar.
En julio y agosto, en Santander, disfruto de la música en directo, una de mis aficiones favoritas. Puedo ver conciertos de primera relevancia dentro del Jazz, la música clásica y el Indie Pop. Además, el clima es menos caluroso que en el interior peninsular y se disfruta mucho mejor en ese ambiente moderado en grados.
De alguna manera vivo de la manera que había programado para la jubilación cuando estaba trabajando y he de decir que es maravilloso. Estoy muy cerca de la felicidad absoluta con el plus de disfrutar de lo que siempre me faltó en mi periodo laboral: la familia.

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