jueves, 30 de noviembre de 2006

UNA CITA INESPERADA


A pesar de haberme levantado más temprano de lo habitual he tenido tiempo para leer la crónica diaria de mi columnista preferido (está en los sitios que te recomiendo visitar, en la parte baja de la página), Kankel, que así se llama el columnista, escribía hoy que había salido a hacer un recado y decidió realizar el recorrido de vuelta a casa a pie, de esa manera , aparte de hacer un poco de ejercicio, estaría al acecho de la captura de escenas curiosas.

Algo parecido me ha pasado a mí pero sin el agravante de buscar la noticia. Me dirigía a mi cita con el dentista, no por decisión personal sino por egoísta interés, y surgió una escena fascinante , la mañana era fría, durante la noche cayó la primera helada seria de la temporada, así que comprobando que el termómetro no funcionaba: cero grados ( ni frío ni calor que decimos por aquí), me abrigué con mi nuevo anorak, hmmmm que gustito, y caminé dando un paseo emulando a Kankel. Tuve que atravesar el parque de la ciudad y allí contemplé un espectáculo digno de atención: un señor jubilado entregaba unos frutos secos a las manos de una ardilla preciosa. Quede encantado con la escena, quise pararme a hablar con el señor pero no tenía tiempo. Durante el trayecto restante hacía mi cita no dejaba de pensar en tan tierna estampa.
La sala de espera de una consulta médica siempre es kafkiana, la espera suele ser una situación angustiosa y muchas veces raya en el absurdo. Un tipo de etnia gitana ha tenido sus tres minutos de gloria en este escenario (una de las frases más populares pronunciadas por Andy Warhol se refería a que todo individuo a lo largo de su vida, por muy miserable que fuera, tenia al menos tres minutos de gloria). Calado con sombrero “cowboy” y paseándose de un lado a otro de la sala ha ido relatando varios episodios de sus problemas dentales en las últimas horas. Decía, entre otras muchas diatribas, que había estado toda la noche bebiendo orujo y escupiéndolo para reducir sus dolores, pero que él a sus sesenta y cinco años (los cumple el próximo domingo) nunca se había emborrachado. Durante ese tiempo de espera, cerca de una hora, han ocurrido otros dos sucesos, una niña negrita, que me recordaba a las muchas que he visto en Cuba o en el norte de Colombia, acompañada de su mamá, dominicanas, ya no aguantaba más la situación de espera, y al salir la enfermera a avisar al siguiente paciente la madre la ha abordado y la ha dicho que esperaban desde las ocho de la mañana y ya eran las diez. La enfermera le ha pedido la citación y ha comprobado que su cita era a las once. Se ha armado una gordísima, la madre que con seguridad no sabe leer ha puesto verde, y en público, a la pobre niña que decía a su madre que ella no entendía bien la letra de los médicos. La última escena la ha protagonizado la persona que tenía a mi lado, tenía cita para las nueve y ya eran las diez y cuarto, me ha preguntado: ¿hoy es día uno, verdad?, y yo le he respondido que no estaba seguro, he mirado la agenda y comprobado que era día treinta. El hombre se ha ido de la sala malhumorado, no era para menos.
He regresado por el mismo sitio y me he parado en el mismo lugar en donde estaba el jubilado alimentando a la ardilla, mientras tanto pensaba que el ser humano, muchas veces, es el más tonto de todos los animales. Al cabo de quince segundos la ardillita ha bajado del árbol y se ha plantado frente a mí, yo llevaba una castaña que había encontrado allí, era una ardilla joven, preciosa, de una marrón oscuro brillante y una colita impresionante de larga. Estaba literalmente a dos pasos de mí y le he presentado la castaña pero al verla no se ha sentido interesada y ha vuelto al mismo árbol. Otro día volveré con un fruto seco adaptado a su tamaño, una castaña es tremenda para ella y seguro que no le gusta su sabor, lo comprobaré en algún libro y regresaré mañana, es una sensación que me atrae irresistiblemente.
Ha salido el sol y se ha alegrado la mañana, aunque para mí la alegría de hoy es haber estado casi tocando a la ardilla del parque. Amigo Kankel, a veces no hay que buscar mucho para encontrar una cita maravillosa.

4 comentarios:

JAB dijo...

Estimado amigo:
¡Deliciosas escenas! Sobre todo, la de la ardilla, sin duda.
No había entrado en este blog y me he metido hoy a leerlo. Estoy abrumado, muchas gracias. Un abrazo.

ASFOSO dijo...

Gracias a ti por leerlo. Un abrazo.

abejamaya dijo...

Muy bien. Yo tambièn tuve una experiencia con las preciosas ardillas. Estaba en Washington, junto a la Casa Blanca y cuando las ardillas me vieron comiendo pastel, se me subieron por las piernas, con mucha confianza y casi que me arrebataron mi pastel.

Luis lópez dijo...

Bonitas estampas e inolvidables, sin duda.