martes, 29 de junio de 2010

A TODA VELA


Cuando vas a partir siempre echas una última mirada, aunque, como es mi caso, regreses a los pocos días. Es la hora más taurina, las cinco de la tarde, con intenso sol y treinta grados de temperatura. Diviso a lo lejos, a pocas millas, el nuevo catamarán de mi amigo Pep, que surca el proceloso mar, pincelado de un intenso verde azulado. Ojeo con los prismáticos y lo veo pertrechado con su sombrero marinero, sujeto arnés y oprimido neopreno. Competirá en Galicia el próximo fin de semana y durante estos días de atrás le he servido de compañero de faena. Hemos estado navegando durante tres horas y media diarias. Cuando regresaba a la playa me sentía exhausto y durante la noche me costaba conciliar el sueño debido a dolores musculares, pero, al día siguiente estaba recuperado y deseaba volver a la mar. Un auténtico sacrificio de placer. Ahora, sentado en la paz que proporciona una habitación con vistas restringidas, contemplo mis heridas de guerra: una magulladura en el nudillo del dedo anular y una inflamación en la zona tibial de la pierna izquierda. Nada grave, por suerte. Navegar a vela no es sencillo, yo estoy aprendiendo rápido debido a las grandes enseñanzas de un avezado maestro. Aprendo sobre la marcha, agachado en la red del barco y contemplando las rápidas y precisas maniobras del patrón. El pasado sábado, Pep me invitó a tomar una clase práctica para patrones titulados. He de decir que fue una experiencia única y muy motivante. Participamos tres personas con un profesor. El profe, era nada más y nada menos, que Roger Ávila, tripulante del barco de clase “crucero” Castellón-Costa Azahar. En las cerca de tres horas que duró la clase, tuve el privilegio de aprender bastantes triquiñuelas sobre navegación a vela. El barco, de ocho metros y medio, no tenía nada que ver con “nuestro” catamarán, las posturas allí son más cómodas y el barco mucho más estable. Fuimos pasando, uno por uno, por “la mayor”, “el foque” y el timón, realizando todas las maniobras posibles para aprovechar el viento reinante. Cambios de rumbo, ceñidas, trasluchadas, viradas…

En esa última mirada, cuando ya te vas, aunque vuelvas a los cuatro días, recuerdas esos instantes vividos en el mar y una vez al “timón” del coche, atraviesas cientos de kilómetros, desérticos casi, y no te queda otro remedio que posicionarte a “sotavento” del mar. Ese mar, que pocas horas después, echas de menos como el amante a su amada. Anoche, cansado, no podía conciliar el sueño, después de unos días con las olas susurrándome cerca de la cama, era difícil no seguir buscando el arrullo de ese mar que intento seguir descubriendo, pero que al igual que el amor, nunca se encuentra del todo.

2 comentarios:

julia dijo...

Qué razón tienes Luis amigo mio,pero aparte de lo bien que te lo pasas me pasma la forma tan sutil,dulce y ármonica con que describes lo que ves,lo que haces o como te sientes.Gracias por ello.Besos.

Mariluz Arregui dijo...

Ale,
a seguir descubriendo el mar... :)

Saludos