viernes, 23 de septiembre de 2011

MONTMARTRE


La primera vez que estuve en Montmartre tenía 19 años y atravesada una época de responsabilidades muy exigentes para mi edad.  Hacía menos de tres años que había muerto el dictador y, por tanto, mi educación había transcurrido prácticamente entera en esa etapa que, por suerte, ya casi hemos olvidado. París se mostraba espléndida para aquel muchacho que yo era entonces. La libertad se respiraba intensamente, sin fisuras, con nitidez. Viniendo de aquel país tan atrasado en todo, París era el  paradigma. Entonces no hice uso del funicular para acceder al Sacre Coeur, iba en buena compañía y preferimos ir ascendiendo aquellas calles tan bohemias, repletas de terrazas y de músicos que animaban  el espíritu.  Paseando por allí penetraba en mi interior la esencia del París que imaginaba antes de conocerlo.  Íbamos despacio debido a que mi chica se recuperaba de una operación quirúrgica. Descansábamos cada pocos metros de ascenso empinado mientras nos empapábanos de tanta belleza.  En lo alto, después de divisar desde las escaleras del santuario todo el esplendor de la gran ciudad, paseamos por la plaza del Temple, plagada de caricaturistas y de pintores que mostraban rincones de París en sus obras. Éramos felices, ese tipo de felicidad despreocupada que te da estar al lado de la persona amada, en un lugar tan alejado de tu hogar y tan mágico. No teníamos trabajo, no teníamos dinero pero disfrutábamos pensando en un futuro que por malo que viniera sería más prospero que el de aquellos momentos, en todos los aspectos.

Hace unos días volví a París y, ésta vez sí, subí en el funicular a lo más alto del barrio de Montmartre. Todo seguía igual, como  si el tiempo no hubiera transcurrido, sin embargo los turistas se habían multiplicado por cien desde aquella vez que lo descubrí por primera vez. Las escaleras del Sacre Coeur estaban cubiertas de visitantes y todo estaba más sucio. Por la plaza del Temple había que pasear en fila recibiendo empujones y pisotones por doquier. En la zona de los viñedos, los únicos que quedan en París, había excursiones de japoneses haciendo fotos a cualquier cosa.  Decidimos alejarnos de la masa y visitar la parte más baja de Montmartre. Estuvimos en uno de los dos molinos que quedan en la zona  y como la terraza de un bar cercano estaba repleta decidimos sentarnos en su interior. Bebí una pinta de una cerveza riquísima. El camarero se percató  que éramos españoles y tuvo la deferencia de ponernos a Santana y a Maná. Charlé largo rato con él y respondió a mis preguntas sobre lugares que tenía interés en conocer por el barrio. Gracias a él atajamos por las calles en dirección a nuestros destinos que eran, la casa donde vivió Theo Van Goht y que visitaba a menudo su hermano el pintor y la brasserie que aparece en la película Amélie.

Por suerte, comprobé que todo había cambiado desde aquella primera vez en relación al trato. Los parisinos ahora nos tratan de igual a igual, no como en aquella ocasión que ser español era poco menos que ser un apestado.  Ahora somos  turistas con prácticamente el mismo poder adquisitivo que el resto de las nacionalidades. Ya no comemos bocadillos, como hacíamos entonces, y podemos darnos el lujo de tomar un café o una cerveza en cualquier terraza de San Germain Des Prés o comer en cualquier restaurante corriente.

Con el paso de los años, no me ha llamado nada la atención Montmartre. Sin embargo, hace más de treinta años descubrí allí que existía un mundo diferente. La imagen y el recuerdo de aquel paseo  hacía lo alto de Montmartre quedó grabada en mi mente y en mi corazón. Ese día, hace menos de una semana, rememoré mi juventud, mi libertad y los sueños que emergían en mi recién estrenada responsabilidad de adulto.  Esos sueños, llenos de felicidad, todavía siguen existiendo en el interior de mi, todavía joven, organismo. No obstante, no creo que regresé a Montmartre. Aquel lejano Montmartre ya casi ha desaparecido. Suele pasar cuando regresas a un lugar que has retenido como idílico en el tiempo.