jueves, 23 de febrero de 2012

23 F


Hace treinta y un años corrió la voz como la pólvora. En Valencia habían salido los tanques del ejercito y en Madrid un tal Tejero tomaba el congreso. Son momentos que te quedan marcados para siempre. Lo mismo pasó con el ataque aéreo a las torres gemelas neoyorquinas o con el atentado de la estación de Atocha en Madrid. Casi todos, con cierta exactitud, sabemos dónde nos encontrábamos en cada caso.
Hace treinta y un años, tal día como hoy, estaba haciendo el servicio militar obligatorio en Ferrol. Me obligaron, además, a hacer el curso de cabo monitor y, al finalizar, me enviaron a una base naval. Ese día, yo era el responsable de la puerta principal y de todos los marineros que hacían guardia repartidos por todas las dependencias. La noticia me hizo temblar por la responsabilidad y especular sobre el futuro que nos esperaba a todos los españoles, en general, y a mí, personalmente, por encontrarme en el peor lugar que se podía esperar ante un golpe de estado. Ni que decir tiene que, junto a mi compañero, también cabo y cántabro, Eulogio, estuve siguiendo todas las noticias que daban la radio y la televisión. Cuando los diputados salieron del Congreso y el Rey se dirigió a la población respiré aliviadamente. Con el paso de los días, por suerte, aquella locura dentro del surrealismo que supone estar encuartelado se fue disipando.
Fueron días muy intensos y desesperantes. En aquella base se podía haber rodado una gran película, no sé si de terror o una comedia, pero con un buen director y el guión que marcaron mis días allí hubiera sido exitosa con seguridad.
Uno de los marineros que comentaba anteriormente, de los que se distribuían por las dependencias de la base, tenía que vigilar las 24 horas un mástil de bandera que un día de vendaval cayó, con tan mala suerte de hacerlo sobre el cuerpo de un oficial. Para que no volviera a ocurrir, o para inculpar al pobre marinero de guardia en caso de repetirse el suceso, aquel mástil siempre estaba vigilado.
En el cuarto de guardia disponíamos de los nombres y, en algunos casos, las fotografías del personal que estaba arrestado y, por tanto, no podía salir del cuartel. Entre ellas la de un perro, ya no recuerdo el nombre, que estaba arrestado y no podía cruzar la línea que marcaba la delimitación del recinto con el exterior. Al parecer, el can había mordido a un sargento y tenia que cumplir el castigo. Recuerdo que algún día de guardia el cabrón de él se nos escapó al pueblo y nos trajo de cabeza hasta que pudimos devolverlo al interior del recinto.
El Dyane-6 de mi propiedad, que me acompañó a aquella locura, también estuvo arrestado 6 meses. Pude verlo durante ese periodo pero no tocarlo. Desde su interior un descerebrado llamó “hijoputa” a un policía naval. El pobre “Soviet”, así se llamaba el vehiculo, nada pudo hacer en su defensa y acompañó durante todo ese tiempo al perro y al palo de la bandera en su privación de libertad.
“Puta Mili”, que diría Maquinavaja.

1 comentario:

fer dijo...

Genial, genial...

Saludos.