lunes, 23 de febrero de 2009

ANTONIO MACHADO. ÚLTIMAS SOLEDADES.




Ayer se cumplieron 70 años de la muerte del poeta. Estaba en Santander y con el trajín habitual que tengo cuando voy lo olvidé por completo. Comía con mi madre, después de tomar con el resto de mi familia un vermucito mientras disfrutábamos en el jardín de un día especialmente soleado, y apareció en la tele una imagen de Antonio Machado. El reportaje lo elaboró mi amiga Marga Gallego que, habitualmente, se encarga de los temas culturales y sociales de TVE. Salieron imágenes de Colliure y de su alcalde y el concejal de cultura (curiosamente, en septiembre estuve con ambos). El trabajo de Marga, como todos los que realiza, me pareció sobresaliente. Conciso, sencillo y emotivo.

Antonio Machado, salió desde Cataluña hasta Francia acompañado de miles de republicanos derrotados. Machado y su madre Ana llegaron a la frontera muy enfermos, sin dinero, casi desnudos, como los hijos de la mar. Unos de los mejores amigos de Machado, Corpus Barga, llegó antes que ellos a Perpignan y regresó con ayuda para trasladarlos al pueblecito pesquero de Colliure. Se alojaron en el pequeño hotel Bougnol-Quintana. Era la noche del 28 de enero. El reposo pareció aliviarle los problemas cardiacos que padecía pero no pudo sobrevivir a su enfermedad ni sobreponerse a la angustia que supone el destierro. Murió el 22 de febrero (miércoles de ceniza). La noticia se propagó muy rápido por el país vecino. Jean Cassou, escritor francés, se encargó de movilizar al mundo de la cultura del país vecino e, incluso, pretendía que el entierro se celebrara en Paris con todos los honores que merecía el poeta español. Debido a la austera y sencilla manera de ser de Antonio, sus familiares declinaron la invitación y celebraron el entierro en el humilde pueblo de pescadores. Seis milicianos, que escaparon del castillo de Colliure donde estaban vigilados, lo llevaron a hombros hasta el cementerio cubierto el féretro con la bandera republicana. El poeta fue enterrado en la tumba de una buena amiga de la dueña del hotel en el que se hospedaba. Su madre yacía en cama y no pudo acudir a darle el último adiós. Murió pocos días después que su hijo.
Más tarde, su hermano José encontró en el abrigo del poeta un papel arrugado que contenía tres anotaciones. La primera reproducía, en inglés, las palabras de Hamlet “ser o no ser”. La segunda: “Estos días azules y este sol de la infancia”. En la tercera y última aparecían estos versos: “Y te daré mi canción: Se canta lo que se pierde con un papagayo verde que la diga en tu balcón”

Descanse en paz, profesor.

2 comentarios:

Marino Baler dijo...

Lástima no haber visto ese reportaje. Celebro que se hayan acordado de él. Al menos no todo está perdido.

Un saludo.

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

A veces nos pasa que tenemos conmemoraciones presentes en la previa y, por alguna razón, cuando llega el día el tráfago lo hunde dentro de los archivos mentales...pero se sabe que no es mala intención.

Machado hubiese recibido honores de Príncipe...pero, en su altura, quiso estar con los más humildes a la hora del adiós. No le movían las alabanzas como a muchos. Saludos afectuosos, de corazón.