viernes, 16 de julio de 2010

NOCHE DE RECUERDOS


Después de unos días sofocantes de calor parece que el tiempo da alguna tregua. Aprovechando el momento de un sol por desaparecer, recuerdo la noche anterior en un lugar preferente de mi terraza con vistas al mar. El termómetro marcaba veintinueve extenuantes grados y me decidí, al frescor de un Margarita recién elaborado, a poner ¡por fin! uno de mis discos predilectos para momentos espiritualmente despejados. Hay algunos discos que me acompañan en noches como esa. Uno de ellos es un directo de Leonard Cohen que es similar a un concierto que vi, justamente ahora hace tres años. Sonaban esos acordes mientras sorbía, con avidez, traguito a traguito, mi cóctel. Rememoraba momentos especiales, hacía pocos minutos había hablado, en esa sensación de reencontrarme con voces amigas, las que nunca fallan, las de toda la vida, con todos y cada uno de los miembros de mi familia santanderina. Recordé, instantes después de colgar el teléfono, el necesario descubrimiento del canadiense. Se produjo cuando estudiaba primero en Valladolid. Habíamos quedado un grupo de amigos cántabros en un piso de estudiantes. Nada más escuchar los primeros temas del disco que sonaba pregunté de qué se trataba. Era Leonard y nunca supuse que me acompañaría siempre. Yo provenía de una familia sin demasiados recursos económicos y vivía en un piso de La Rondilla, uno de los barrios más humildes de la ciudad. Por tanto, aquel apartamento, donde entonces me encontraba, me pareció extraordinario. Los que allí vivían eran hijos de conocidos profesionales de Santander: médicos, arquitectos, abogados… Tuve la sensación de ser un “don nadie”, aunque mi humildad social no me retrajo de comprometerme a trabajar en la denominada “Asamblea de Cantabria”. Sería largo explicar de qué se trataba, pero a largos rasgos tenía tintes de llamar la atención sobre Cantabria. Nos referíamos a Cantabria cuestionándola como nueva región del panorama nacional. Me incorporé al grupo trabajando en la parte cultural, llevando a Valladolid importantes escritores, músicos, filósofos y artistas, en general, de mi querida tierruca. Evocaciones, que con probabilidad, han venido a mi mente tras charlar con mis familiares.
Esa misma noche, también me vino a la cabeza una negativa experiencia con otro miembro de la burguesía santanderina. Estudiaba entonces en el Colegio Cervantes, frente a la Comandancia de Marina. En algunos recreos solía juntarme con mi hermano y sus amigos, de cursos superiores al mío. Ese recreo acompañé a mi hermano y a Jesús Fiochi, hijo de un armador de la ciudad, a las escaleras de uno de los pisos cercanos al colegio. Yo no sabía nada pero era su cumpleaños y había invitado a mi hermano a comer un bocadillo de anchoas. No tuvo la deferencia de ofrecerme siquiera un mordisco de aquellos bocadillos (por supuesto mi hermano se encargó de darme un muerdo del suyo) y, desde entonces, las anchoas me han parecido el mejor manjar del mundo. Eran tiempos de hambre y fui, en esos momentos, testigo de lo que hubo de padecer el perro de Paulov.
Mi margarita, cómo supondrán, no pudo calentarse. Incluso repetí, mientras recordaba historias sobre las clases sociales. Por suerte, mi abuela me enseñó a no olvidar a la que pertenecí y siempre perteneceré. Espero no defraudarla nunca.
Leonard Cohen está a punto de finalizar su concierto. Escuchó Suzanne. Una historia escalofriante sobre, precisamente, ciudadanos marginales y solitarios de un mundo al que perteneció y, con toda seguridad, sigue perteneciendo. Ese tema musical tiene todo el contenido de las cosas que son de verdad. Yo también intento serlo.

2 comentarios:

julia dijo...

Tu intento no es en inutil, has conseguido ser un ser intelectual,agradable,bueno y sincero,has coonseguido tu trocito de cielo.Gracias por compartir pequeños instaqntes de tu vida con nosotros.Besos.

Mariluz Arregui dijo...

Suzanne, Suzanne ....uf...


Yo creo que vas por buen camino,

Besos



PD, genial lo del perro :)