martes, 4 de octubre de 2011

DOMINGO POR LA TARDE


Era lunes. pero para mi se trataba de un domingo por la tarde. Por el retrovisor del coche comprobaba, cuando la circulación me lo permitía, la espléndida puesta de sol que se estaba produciendo  sobre los campos de Castilla. En ese rutinario estado  que produce el paso de los kilómetros, recordé otras puestas de sol al oeste de la isla ciclada de Santorini, en un acantilado sobre el mar Egeo.  La muchedumbre, proveniente de diversos países, se concentraba sobre las rocas, bebiendo y fumando, hasta que el sol desaparecía completamente sumergiéndose en ese mar tan azulado que es el Egeo. Coincidiendo con ese espectacular desvanecimiento, un aplauso general atronaba la zona que minutos después quedaría desierta en la oscuridad de la noche recién llegada.
Regresé a la realidad con la voz de Isabel Coixet que hablaba y ponía música relacionada con diferentes escenas de películas. Una de sus intervenciones versó sobre el estado anímico que producen los domingos por la tarde, el peor momento de la semana para muchas personas. Recitó, con su agraciada voz, algunas letras de canciones vinculadas con las tardes afligidas de los domingos y relató diferentes imágenes de actrices y actores que protagonizaban escenas caóticas de esos momentos finales de la semana (o principio de la semana, según otras cercanas  sociedades anglosajonas) tan, según algunos, depresivos y angustiosos. Era lunes, y, sin embargo, conduciendo en ese momento por la provincia de Soria, a escasos cien kilómetros de mi casa,  no  quedaba otra que relacionar mi estado con todo lo que sucedía en el programa de radio presentado por Isabel. El día siguiente sería martes pero al ser fiesta local ese lunes en mi localidad no dejaba de ser un domingo (prolongado) por la tarde.  Disfruté con la música y con todo lo que había preparado Isabel para el programa de Radio 3,  mientras retiraba de mi mente pensamientos relacionados con la recortada semana  que comenzaría al día siguiente, disfrutando con todo lo ocurrido en esos cuatro días en Zamora y con la puesta de sol, ya finalizada, que dejaba en el horizonte bellos y suaves colores de un atardecer de verano en pleno octubre. Nada, por tanto, resultaba angustioso ese lunes regalado.