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LA NIÑA DE LAS TRENZUCAS



Una hora, tres minutos y veinticinco segundos es lo que dura el cedé que escuchamos, vuelta y vuelta, mientras bebemos vino Saint Emilion y vemos instantáneas de tiempos perdidos, en blanco y negro. Momentos que forjaron la infancia de mi acompañante en lugares entrañables, y algunos personajes, por desgracia, ya desaparecidos. Una niña con coletas, la niña con su hermano más pequeño, la misma niña con su familia, la  niña en múltiples posiciones. Mientras voy analizándolas con la rapidez que establece ver muchas   fotos bien ordenadas y con pequeños rótulos de cada lugar donde se realizó cada una, veo a esa niña ya adulta, apacible, nostálgica, enamorada, paciente, madura, culta, que bebe a mi lado y aprecia el buen vino y la buena compañía. Quisiera decirle algunas cosas importantes pero prefiero hablar de menudencias  para no romper la magia del momento, con las estrellas brillando como nunca y el paisaje mucho más ocre que en otras ocasiones. Algunas cosas pasan por mi cabeza en esos momentos que prefiero arrinconar. Hablo de vino y ella habla de… no recuerdo bien, estoy obnubilado por su presencia, recorriendo con la vista su cuerpo con poco atuendo. Ahora me viene a la memoria que hablaba, entre otras cosas, del parpadeo de las estrellas. -¿Recuerdas cómo se llama el parpadeo? Titilar. Aunque, el titilar o parpadeo no es real, sólo lo aprecian nuestros ojos, la atmósfera terrestre crea esa sensación óptica, no lo digo para no perder el ritmo en el que “el tiempo alrededor del vino se detiene”. Y ese instante se detiene para siempre en mi interior porque es íntimo, real,  atormentadamente real y, en cualquier caso, es mi vida que comparte unas horas con esa niña que ya es mujer y ha vivido mil historias, algunas de amor que nunca comenta. Come, bebe, baila y, mientras tanto, yo,  algo descarado, contemplo sus bellas piernas. Fuera las estrellas parecen seguir titilando. Es curioso, hay cosas que son reales y parecen ficción y otras que son engaños (ópticos en este caso) y nos parecen verdad. Así somos los humanos.

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