miércoles, 24 de octubre de 2012

PERSONAS, siempre, ESPECIALES




Valentina. Modelo de la marca española Dolores Cortés Kids.


Mi religión no permite hacer concesiones pero hoy me la he saltado a la torera. En una ocasión comenté a un conocido sirio, musulmán, que había una cosa que me gustaba de su religión y es poder tener varias mujeres (siempre en el sentido erótico-festivo del asunto, no traten de machista el comentario)  y otra que no me gustaba, no poder beber alcohol. Él, me contestó sagazmente: -para pecar no importa qué religión profeses.  He pecado por una razón innegable, acompañar a un colega de trabajo en el inicio de su viaje más largo: la muerte. Tendré, por tanto, que confesarme por haber ido a misa y soportar uno de esos soporíferos, intrascendentes y despersonalizados sermones en relación a la vida y la muerte, declamado por un “pastor de la iglesia”. Y lo he soportado estoicamente porque he querido acompañar a sus alumnos, que también son los míos,  a esa despedida precipitada que siempre nos sorprende sigilosamente, que nos produce un vacío momentáneo y nos hace mirar al pasado en el tiempo compartido con el recién ausente.
Llevo más de tres décadas junto a ellos y siempre me sorprenden. Me siguen sorprendiendo a pesar de creer que los conozco bien. Hoy han acompañado a su maestro de taller en su funeral. No podían ir todos y los que se han quedado en el Centro estaban desconsolados. Les explicamos que no podían ir todos a la iglesia y que otra vez serían ellos los que irían. Todos aceptaban de buen grado que fuesen otros. Una vez allí, los veinte o veinticinco que han podido acudir al sepelio lo han vivido emotivamente, de esa manera  que solo ellos viven las cosas importantes. Una chica, bastante unida  a él, ha depositado una rosa encima de su féretro. Otro chico, aprovechando que acababa de comulgar, ha roto todos los protocolos y ha saludado, uno por uno, a todos los miembros de la familia con la consiguiente reprimenda de su acompañante al ocupar de nuevo su lugar en el banco.
Yo iba acompañando a cuatro chicas que, aunque no tenían una relación directa con el fallecido, al acabar el funeral han comenzado a llorar de manera angustiada. Cuando hemos salido a la calle he tratado de consolarlas pero no he podido conseguirlo hasta llegar a las puertas del Centro. Lloraban de esa manera que lloran los amigos íntimos, los familiares, las personas que pierden algo importante. He de decir que me contagiaron, aunque me apartaba para que no me vieran llorar a mi también y sus sollozos se amplificaran. Durante el resto del camino fui pensando en lo grandes, lo agradecidos, lo naturales, lo gratificantes que son y en la suerte que tengo por estar a su lado viviendo momentos que quedan grabados para siempre.
Llevo mucho tiempo a su lado y me siguen sorprendiendo, como sorprenden las personas importantes, de gran talla humana y emocional. He de decir, por último, que siento gran admiración por esos seres sensibles –invisibles casi siempre-, humildes y apasionados de vivir la vida de la manera en que la viven y etiquetamos irresponsablemente. ¡Cuánto tenemos que aprender de ellos! Personalmente, tengo la suerte de seguir aprendiendo a su lado, que sea por muchos años.

3 comentarios:

Mariluz Arregui dijo...

Precioso escrito, como tantas veces:)

Un beso grande para tí


PD; qué linda la niña de la foto, dan ganas de achucharle!!!

Luis Lópec dijo...

Achucharla y comérsela viva (con perdón, que siempre hay gente para todo!!!!!!).

Sergio DS dijo...

Mis hijos me aportan más enseñanzas que yo a ellos, nosotros somos responsables de su formación en un contexto cultural, pero saber reconocer lo esencial, el sentir de la vida, nada mejor que niños y jóvenes.