lunes, 15 de julio de 2013

ANCHOAS vs SUNDAES

“Perderse es la única manera de llegar a los sitios que valen la pena” Tiziano Scarpa.


Los dos días anteriores había merendado media docena de anchoas de Santoña, están de muerte, y una copa de vino. Sin embargo, la tarde del domingo preferí aplazar la

ingesta del boquerón en salazón, capturado durante los meses de marzo, abril, mayo y junio, que es cuando tienen un mayor contenido graso. Por cierto, muchas personas no saben que las conservas de anchoas de Santoña provienen de finales del siglo XIX, cuando se instalaron allí numerosos conserveros procedentes de Sicilia y de otras partes de Italia en busca de nuevos caladeros. Decía, hablando de la tierruca se me va el alma al cielo, que decidí dejar para más tarde las anchoas y disfrutar de un entrenamiento  de golf. Es molesto lo que representa el protocolo previo, sobre todo para una persona que, como yo, procede de un hogar humilde y tiene conciencia de clase. El caso es que hay que llevar zapatos especiales con tacos, no se permite ropa deportiva (chandalls, etc.), tienes que usar polos o camisas con cuello, no se puede jugar con vaqueros…  pero, bueno, el juego por el juego merece la pena y te hace olvidar tanta tontería. Cuando salí hacía el coche lloviznaba pero decidí acercarme al campo, a unos quince kilómetros de mi casa. Pensé, seguro que es una de esas nubes de verano que sueltan cuatro gotitas de nada… cuanto más avanzaba hacía mi destino más diluviaba, saliendo de la ciudad tuve que aparcar debido al granizo  y los relámpagos. Pasaban los minutos…cinco…diez…quince y aquello iba a más, yo miraba hacía el exterior y lo veía negro, muy negro. A lo lejos, en el centro comercial cercano a donde estaba aparcado, comprobé una M en lo más alto… albricias, no albricias no hubiese dicho ni en el campo de golf… coño, con lo que me gustan a mí los Sundaes de Mc.Donald´s. Bueno, ciertamente, es lo único que me gusta de allí. Así, que ni corto ni perezoso, al poco rato, estaba haciendo cola en el mostrador yanqui, justo detrás de  una torre humana de adolescentes gigantes. Eran las cinco de la tarde y aquel McDonald parecía un pub galés a esa hora tan taurina. Las chicas, todas me sacaban una o dos cabezas, llevaban prendas de voleibol y estampado España en sus camisetas y pantalones. Se trataba de las chicas de la concentración permanente de la selección femenina de voleibol. Tardaron cerca de media hora   en servirlas y yo permanecí explorándolas: tallas, piernas megalargas, zapatillas de talla 46… así cerca de media hora mientras no acababan de salir hamburguesas, cocacolas, helados… cómo zampan las tías, por dios. Cuando me tocó pedir me había convertido en una minúscula hormiguita pero acerté  a decir ¡un sundae con chocolate! Detrás de mí la cola era inmensa, decenas de jóvenes ataviados con pañuelicos rojos, regresaban de los sanfermines hambrientos, poco abrigados, con los ojos casi cerrados y cierto aire de haber dormido poco y bebido mucho. Atravesé raudo la distancia entre la puerta y mi coche, una vez dentro, con la música a tope y viendo caer gruesas gotas de lluvia, resguardado ya de humedades y gigantes, pude, por fin, degustar un sabroso y esperado helado con chocolate caliente. El golf debería esperar, no era el momento oportuno, además, en casa, me aguardaba una racioncita de anchoas que ya quisieran para ellas las chicas de la selección española de voley.   La temperatura exterior era de 13 grados… increíble… además, me había perdido en un McDonald, no me lo puedo creer.