jueves, 13 de febrero de 2014

LOS HERMANOS TONETTI


Los Hermanos Tonetti, naturales de mi ciudad, forman parte de los recuerdos más arraigados de mi infancia. Tuve la suerte de verlos en multitud de ocasiones, siempre en Santander. Cuando los veía  mi ánimo cambiaba de la risa a la pena. No sé porqué, cosas de niño, supongo.

Estoy leyendo un libro de Félix Romeo que se titula Amarillo. Para explicar de qué va he recurrido a una pequeña reseña sobre él de Enrique Cabezón, poeta, músico, dibujante de tebeos y  diseñador gráfico logroñés. “Amarillo es una novela y es un diario, es un recordatorio y es, de alguna manera, un exorcismo. Félix Romeo escribe sobre su amigo Chusé Izuel, sobre su separación y sobre su presencia, sobre lo huérfanos y culpables que nos podemos sentir todos ante el suicidio de un amigo que no supimos prever. Por momentos estremecedor, incluso tragicómico, el libro no hace concesiones.
Al cerrarlo he tragado saliva, he tenido ganas de llamar a Félix, he dudado y al final no lo he hecho, no sabría qué decirle. Amarillo también habla mucho de él, de un Félix Romeo que desnuda muchos miedos y que, para su descargo, no es el responsable de muchas de las cargas que se atribuye. No puedo decir mucho más, sólo que el regreso de Romeo no dejará indiferente a nadie.”

A finales de los años setenta, al igual que en la actualidad, la crisis económica afectó al circo y los Tonetti (nombre adoptado en homenaje al célebre  payaso italiano Antonet) permanecieron trabajando, con muchos problemas, hasta 1982. Ese mismo año, Manolo, el de la cara blanca (el otro era José) sufrió una crisis nerviosa en escena por la que tuvo que ser internado. En noviembre tuvieron que cerrar el Circo y el 4 de diciembre, Manolo Villa, que contaba con 54 años, se suicidó.

Leyendo el libro de Félix Romeo, más o menos hacia la mitad, escribe sobre  John Kennedy Toole, autor, entre otras novelas, de la Conjura de los necios, que se suicidó a los 31 años antes de publicar la novela. Romeo, enlaza esa anotación con… “El caso de John Kennedy Toole parece el del payaso alegre que un día se mata. Uno de los hermanos Tonetti, los payasos de circo de nuestra infancia, se suicidó. El payaso de la cara blanca. Ahorcado.”

Ahora he dejado Amarillo detenido justo en esa última palabra. De repente me han venido las ganas de escribir sobre los payasos de mi niñez que eran, creo, de Cueto y, además, amigos de mi madre. Por ella supe de sus vicisitudes en la vida y también  sé que algo les ayudó. Cuando he leído en Internet sobre ellos, he visto el famoso póster que siempre adornaba las calles cuando iban a actuar. En ese dibujo de sus caras desfiguradas, o disfrazadas, he podido recuperar algo de mi feliz pasado, ese pasado que siempre aparece en mis sueños porque forma parte de los recuerdos de mi esencia  y mi naturaleza. Por suerte, nunca renegaré de mis raíces y los Tonetti, como el vendedor de “bombas” en la Primera playa del Sardinero (“¡Hay bombas para el mareooooo!!!”) o Fernandito, formaron parte del costumbrismo que acompañaba mis vida en Santander y que ahora están en un compartimento de mi cerebro. Obviamente, todos esos recuerdos, por suerte, totalmente alejados del suicidio y sus terribles consecuencias, suponen para mí todo lo contrario a la muerte debido a la vitalidad con que transcurrían todos los episodios de mi infancia en Santander.