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SIENA

Esperamos, a primera hora de la mañana, un autobús que nos llevará a Siena. Dos chicas inglesas “desayunan” un bollo gigantesco. Uno de los numerosos vagabundos que invaden la zona de la estación, se acerca con cierto sigilo a la altura de una de ellas y le pide algo de comer. La chica parte un gran trozo del bollo que está comiendo y se lo ofrece. Él mastica un trocito y, con cara de asco, tira el resto a la carretera.
 Atravesamos Florencia y divisamos una de las puertas de entrada a la ciudad y la zona amurallada. La población de la ciudad vive, mayoritariamente, en los barrios ya que se hace imposible vivir en el centro, invadido por los turistas. Además, los precios de las viviendas son inaccesibles en la parte monumental suponiendo la reducción de  vecinos y mayor número de oficinas y edificios deshabitados. Nos dirigimos por la región vinícola de Chianti hacía nuestra primera parada, el pueblo medieval de Monteriggioni, asentado en una pequeña colina natural, ya en la provincia de Siena. Dicen que las murallas y las casas que se construyeron en el siglo XVI están dentro de los mejores ejemplos conservados de su clase en Italia. Es circular y sus murallas tienen una longitud de 570 metros, siguiendo los contornos naturales de la colina. Tiene 14 torres colocadas de manera equidistante. En su interior hay una pequeña iglesia románica y negocios relacionados con el turismo. El poeta toscano Dante evocó con las torres de Monterrigioni una visión del círculo de gigantes rodeando el abismal infierno en la “Divina Comedia”. Este pueblecito medieval toscano ha aparecido en muchas películas de cine, destacando “Belleza robada” de Bertolucci, “El paciente inglés”, “La vida es bella” de Roberto Benigni, “Té con Mussolini” de Franco Zefirelli o “Gladiator”. Por la noche, el pueblo parece flotar sobre el valle, iluminado por una bella luz dorada. 
El centro histórico de Siena fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1995 por considerar que es la encarnación de una ciudad medieval. Lo primero que visitamos en su catedral, un ejemplo de la arquitectura gótica italiana. Está inacabada. Todavía pueden verse los restos de la parte abandonada tras los estragos de la peste en 1348. Allí se encuentra una escultura de Senio y Asquio siendo amamantados por la loba. Es el emblema de la ciudad. Según la leyenda, Siena fue fundada por Senio y Asquio, hijos de Remo. El interior de la catedral es impactante, todo lo contrario a la de Florencia que, salvo la cúpula, decepciona bastante. Hay un púlpito octogonal sostenido por leones y un pavimento de mosaicos perfectamente conservado. Destaca el altar y la biblioteca Piccolomini, joya manierista, con pinturas al fresco de Pinturicchio. En el techo se representan las Virtudes junto a escenas paganas, una armonía perfecta. 
Paseando por las calles de Siena destacan multitud de banderas de diversos colores según la zona correspondiente. Al parecer, Siena está dividida en diecisiete secciones. Cada sección se desafía con otras en Il Palio, la más grande e importante fiesta de tradición sienense, y la rivalidad existente es parte de la atmósfera que se vive los meses precedentes a la fiesta. Admiramos desde la parte más alta la Piazza del Campo que tiene forma de abanico. Sobresale el Ayuntamiento y el Campanile. Aquí se celebra la famosa carrera de caballos que tiene lugar dos veces al año, representando cada jinete a su distrito. Me encantan las plazas de las ciudades, cuando estudiaba en Valladolid sentía la necesidad de pasar todos los días por la Plaza Mayor. Conozco muchas plazas importantes de diversos países pero he de reconocer que la de Siena es especial, tal vez la que más me guste de las que he contemplado hasta el momento. He visto en varias ocasiones, por televisión, la Piazza del Campo, en la fiesta de Il Palio y he conocido en Siena cómo se desarrolla. La plaza se cierra minutos antes del comienzo de Il Palio. Los espectadores abarrotan la plaza y todos los balcones de los edificios, se calcula que más de cuarenta mil personas. La carrera dura apenas dos minutos y la zona que vence celebra durante semanas banquetes y “discusiones”. Los que pierden esperan vencer al año siguiente. Il Palio es ganado por el caballo, con o sin jinete, después de llegar primero tras recorrer tres vueltas a la plaza en el sentido horario. Las personas que asisten al evento son los propios habitantes de Siena y la mayoría de ellos, situados en el centro de la plaza, no ven absolutamente nada de la carrera.
Comemos un auténtico "panini" toscano relleno de sabroso jamón parmesano sentados en el banco (donde se sientan los espectadores de Il Palio) situado en el primer piso de un restaurante, con vistas privilegiadas a la Plaza del Campo. 
 En el regreso a Florencia hacemos dos paradas más, la primera de ellas en San Gimignano. Kilómetros antes de llegar se perfila inconfundible en el verde de la campiña toscana, surgiendo 13 antiguas torres (en tiempos de esplendor llegaron a ser 72) que le otorgan fama mundial. La torre era símbolo de poder en la Edad Media (Florencia tuvo más de un centenar), y las familias poderosas se desafiaban para construir la torre más alta como muestra de riqueza. Tras perdernos por sus bellas calles y contemplar las torres, las iglesias, las casas… tomamos , en la plaza de la Cisterna, un helado en la “Gelateria della Piazza”, que ha ganado varias veces el campeonato mundial del helado, aunque he de decir que el mejor helado que he probado, fue días antes, en Bolonia, concretamente de stracciatella. 
Antes de llegar a Florencia tuve la oportunidad de hacer una cata de vinos Chianti. Me decepcionaron los tintos y me encantaron los blancos.
 Al llegar a la estación de Florencia esperaban numerosos vagabundos, con botellas en la mano, que contemplaban amistosamente a los recién llegados.

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