martes, 30 de septiembre de 2014

VIAJE A LA TOSCANA. REGRESO.

La última mañana en Florencia visitamos la Santa Croce, la iglesia franciscana más grande del mundo y el auténtico panteón de la nobleza de Florencia (casi 300 tumbas, incluidas las de Miguel Ángel y Galileo). En tamaño, es la segunda más grande de Florencia, por detrás de la Catedral. Aunque su interior no es muy llamativo, las esculturas y las pinturas de sus paredes tienen gran notoriedad. Destacan, en sus capillas, los frescos de artistas como Giotto, Brunelleschi o Donatello. La basílica es conocida por ser el lugar donde Stendhal en 1817 padeció los síntomas que llegaron a conocerse como el Síndrome de Florencia. Realmente fue la iglesia que más me sorprendió, merece la pena aunque sólo sea por contemplar sus frescos y la grandiosidad de la sacristía.
 Con las piernas sobrecargadas por el esfuerzo de tantos días seguimos caminando hacia el hotel. Los adoquines maltratan los pies de tal manera que es imposible fijarlos correctamente sobre el suelo. Es la segunda ciudad, después de Oporto, por la que peor he caminado. Sin embargo, escudriñando sobre ello en las páginas de Internet, no he encontrado que nadie se queje. No lo entiendo. Por el camino iba repasando todo lo visitado en Florencia y todo lo que quedaba por ver. Considero que en tan pocos días he cumplido los objetivos que me había propuesto. No obstante, espero volver más adelante para visitar algunas cosas que me gustaría conocer. Llega un momento en que necesitas descansar de tanto arte y de tanta caminata. El día va a ser duro, tenemos que coger el tren a Bolonia, comer allí y trasladarnos en un autobús al aeropuerto, llegar a Barcelona en avión y viajar en coche a Peñíscola. 
Arrastrando la maleta nos metamorfoseamos en el ambiente cercano a la estación. Anuncian que el tren Italo, procedente de Nápoles y con destino a Milán, con parada en la ciudad de Bolonia, llegará a la estación de Florencia con diez minutos de retraso. Cuando estoy sentado en el vagón me siento relajado pero en pocos minutos ya estoy caminando por los pasillos inacabables de la abrumadora estación boloñesa. Comemos en el mismo restaurante que lo hicimos hace unos días, el camarero nos reconoce y parece que está algo más activo que la vez anterior. Luego como un helado exquisito sentado en el banco de unos jardines mientras me despido de Bolonia. El autobús hacia el aeropuerto sale nada más entrar en él y luego esperamos casi tres horas hasta que salga nuestro avión. Aprovecho para descansar, leer un poco y comprar en el Duty Free embutido boloñés y bombones. El avión sale puntual. Agradezco permanecer sentado una hora y cuarto, que es el tiempo que tarda en llegar a El Prat. Desde el aire, ese atardecer despejado, veo las afueras de Bolonia, más tarde Génova, Mónaco, Niza, Cannes y St. Tropez. Me gusta dominar la geografía mediterránea desde allá arriba. Deseo que el viaje hasta Peñíscola pase rápido y descansar mis últimos tres días de vacaciones junto al mar. En Italia he estado, de nuevo, como en casa. Es cierto que no te acostumbras a las oleadas de turistas por todos lados pero nada importa demasiado si estás conociendo Florencia.