lunes, 29 de septiembre de 2014

FLORENCIA, LA CIUDAD MUNDIAL DEL ARTE


Dos de los museos imperdibles a nivel universal son la Galleria degli Uffizi y la Galleria dell´Accademia. Desde el siglo XXII hasta el XVI se originó en Florencia una corriente interminable de obras artísticas y genios italianos. Miguel Ángel y Dante nacieron allí. El Renacimiento italiano comenzó cuando Brunelleschi finalizó la construcción del Duomo con su enorme cúpula. Los Uffizi, el museo más famoso de Florencia alberga obras de Miguel Ángel, Botticelli, Leonardo da Vinci, Tiziano o Rubens, entre otros. En Florencia, la consolidación de la nueva burguesía ayudó al desarrollo de todas las concepciones artísticas del Renacimiento; la ciudad se convirtió en el punto principal de ese nuevo movimiento, surgiendo, bajo la protección de los Médicis, las primeras obras de arte y desde aquí se va a extender al resto de Italia y a toda Europa. 
 Un mes antes de mi viaje, visité foros de Internet para que mi visita a ambos museos fuese lo más ordenada posible. Todos los comentarios se referían a las interminables colas que se forman para adquirir las entradas, así que reservé para el día de hoy con casi un mes de antelación. Después de las lecturas pertinentes en los foros, tuve el convencimiento de que la Accademia tenía que visitarla a primera hora de la mañana y los Uffizi, a primera de la tarde. Con ese horario hice mi reserva. Calculé el tiempo que tardaría andando desde mi hotel hasta la Academia de Bellas Artes, unos veinte minutos aproximadamente, y metí los datos en el Google Maps de mi iPhone. Salí del hotel a las 9 para llegar con tiempo a mi cita de las 10. Sin embargo, quedando menos de media hora, me di cuenta de que estaba situado en una perpendicular a la calle de la Academia pero en dirección contraria. Entré a un pequeño hotel y pregunté al recepcionista por dónde se iba más recto a la Galleria dell´ Accademia. Como no reaccionaba le dije que era donde se encontraba la escultura de David. ¿Qué David?, me respondió. El de Michelangelo, contesté. No tengo ni idea, finalizó la conversación. No daba crédito, estaba a trescientos metros del museo y un recepcionista de hotel para turistas no sabía qué era la Academia, ni David, ni Miguel Ángel. Miré alrededor para comprobar que no hubiera ninguna cámara oculta y se tratara de una broma, pero no, todo era real. Con ayuda de mi mapa telefónico llegué a la puerta un par de minutos más tarde. ¡Vaya rato! Comprobé que había dos filas y pregunté a una chica dónde tenía que recoger mis entradas. Con ellas en la mano me puse en la fila más pequeña. La fila grande, unas cuatro veces mayor, unos 400 metros de clientes, era para sacar las entradas. En la que yo estaba, de unos 100 metros de personas, era para los que ya las teníamos. La entrada cuesta once euros y si la tramitas por Internet, quince. Lo mismo cuesta la Uffizi. Una vez pasado el trámite, considero que no es necesario reservarlas con anterioridad, al fin y al cabo va a suponer diez minutos más de espera. Recomiendo, eso sí, visitarlo a primera hora de la mañana, luego llegan grupos que proceden de los cruceros anclados en Venecia y Livorno y las salas están abarrotadas. La Accademia de Bellas Artes es un museo muy pequeño, esperaba que fuese bastante más grande. Fue fundado en 1563. La colección se formó en 1784 para que sus estudiantes tuvieran material de primera magnitud. En 1873 se trasladó la estatua de David, ¿qué David?, desde la Plaza de la Señoría. La primera sala tiene obra de los siglos XV y XVI, luego se pasa a la galería de Miguel Ángel, con sus cuatro prisioneros y el gigantesco David, entre otros. Después se accede al aula donde trabajaban los estudiantes. Allí hay acumuladas cientos de pinturas y esculturas, destacando obras de Botticelli, Filipo Lippi o Ghirlandaio. Antes de comer, lo íbamos a hacer en Il Portone, un restaurante debajo de nuestro hotel con comida típica toscana (la mejor que hicimos durante esos días, chuletón de un kilo incluido), visitamos el Mercado Nuevo. Lo más curioso es que hay puestos con comida recién cocinada y muy variada. Eliges y te sientas en las numerosas mesas que hay en un lateral. Estaba plagado de asiáticos degustando pasta y embutidos de la zona. A las tres y media, con una antelación de unos veinte minutos, accedimos a la Galleria degli Uffizi “sobre el río y casi en el aire”. Aquí todo fue mucho más cómodo. El palacio fue comenzado en 1560 por Vasari y tiene una de las más antiguas y famosas colecciones de arte del mundo. Se llama así, “Galería de los Oficios” porque su finalidad inicial era albergar las oficinas de las magistraturas. Las salas se dividen en dos plantas. Las colecciones acumuladas durante cuatro siglos se deben, sobre todo, al mecenazgo. Las primeras de los Médicis constituyen el núcleo originario de la Galería. En el siglo XVI hay casos de mecenazgo gracias a las corporaciones mercantiles que tuvieron una creciente importancia. El gremio de los banqueros encargó a Orcagna el tríptico de San Mateo, el de los mercantes pidió a Piero Pollaiolo y, posteriormente, a Botticelli una serie de Virtudes para la sala de Audiencia. A principios del XV, el rico y culto Palla Strozzi, encarga a Gentile de Fabriano la Adoración de los Reyes Magos. Cosme I también se convirtió en protector de artistas, concretamente de Fra Filipo Lippi y a Paolo Uccello. Las colecciones fueron ampliándose gracias a regalos matrimoniales o herencias de los grandes duques. En el siglo XVIII se compraron pinturas más antiguas y se organizó el núcleo de pintura francesa. En el XIX se preparan nuevas salas y la pinacoteca adquiere “El nacimiento de Venus” de Botticelli y “La Anunciación” de Leonardo da Vinci. “La primavera” de Botticelli se cuelga en 1919. En el siglo XX se adquiere la colección Contini Bonacossi. Nuestra visita duró tres horas y cuarto. Fue dificultoso ver las primeras salas debido a varios grupos que se aglomeraban alrededor de algunas de sus obras. Luego la visita fue más relajada. Destacar una pareja alemana que visitaba la Galería con su dos hijas, dos preciosas niñas rubias de unos 7 u 8 años, que se quedaban prendadas con todas y cada una de las obras. Nunca había visto a niñas de tan poca edad disfrutar tanto de un museo. Al salir, algo agotados con la visita y la acumulación de cansancio, decidimos ver la puesta, de espaldas al sol en el puente de la Trinitá. El Ponte Vecchio iba de derecha a izquierda sombreándose para después iluminarse artificialmente. Posteriormente, recorrimos parte del casco antiguo contemplando los edificios perfectamente iluminados. Se trataba de la última noche en Florencia. Realmente estaba fascinado por tanta belleza.