martes, 9 de septiembre de 2014

BOLONIA, "LA ROJA"



Había leído en algún sitio, creo que un blog de un alumno español de Erasmus, que la entrada a Bolonia desde el aeropuerto es algo deprimente. Es cierto, los edificios están poco cuidados y dan  sensación de abandono, hay muchas pintadas, tendido eléctrico y cables de tranvía por todo el recorrido. Cuando llegas a la estación del tren comienza el bullicio y… el mal estado del pavimento. En el corto trayecto de la estación a mi hotel (Millenn) tengo que hacer maravillas para sortear peatones y otros obstáculos debido a los pocos pasos de peatones existentes y a las anárquicas y reducidas aceras. Sentado en una terraza, frente a la estación, contempló el reloj de la izquierda parado a las 10,25. A esa hora, el 2 de agosto de 1980, Bolonia sufrió un ataque terrorista en el que murieron 85 personas al estallar una bomba. Al día siguiente, me detuve en una placa que está justo debajo del reloj, recordando a esas personas fallecidas con su nombre y la edad correspondiente. Casi todos eran jóvenes, también dos niños de 2 y 3 años, respectivamente. Lástima.
El recepcionista del hotel me apunta en un minúsculo plano los lugares más destacados de la ciudad. Caminamos por la arteria principal de Bolonia, la Via Indipendenza, sobresaliendo el Teatro Arena del Sole y los antiguos anuncios publicitarios en la acera de mármol protegidos por los soportales. La portada roja de la catedral de San Pedro destaca al final de la calle, a la izquierda. Tras un par de kilómetros contemplando soportales, palacios e iglesias, nos damos de bruces con la Piazza Maggiore, corazón urbano de Bolonia. De un lado destaca la imponente iglesia de San Petronio, con el contraste del mármol blanco y los ladrillos marrones de su fachada inacabada. Del otro, el Palazzo d´Accursio, sede del ayuntamiento. La adyacente Piazza Nettuno está dominada por una fuente del dios del mar y su correspondiente escultura. Cerca de allí están las Due Torri, símbolo de la ciudad, que llevan los apellidos de las familias que las mandaron construir: Garisenda (48 metros de altura) y Asinelli (cerca de 100 metros de altura). La primera con un grado de inclinación de 3,2 metros y la segunda de 1,3 metros. Visitamos la colegiata di S. Bartolomé para contemplar su impresionante cúpula y avistamos parte de las torres de las  Sette Chiese. Luego el palacio del Archiginnasio, primera sede de la Universidad, fundada en 1088 (aunque el palacio es de 1563) y la más antigua del mundo occidental. Llama la atención la riquísima decoración de emblemas, escudos y memoriales que llenan todas las salas. En el Teatro Anatómico, hemiciclo de madera  construido en 1637, se enseñaba anatomía a través de la disección de cadáveres. En el techo se puede observar a Apolo en madera.
Bolonia es conocida como “la Ciudad Roja” por el color de sus techos y fachadas y por ser uno de los núcleos principales del comunismo italiano que ha gobernado la ciudad en diferentes periodos. Tiene el segundo casco antiguo medieval más grande de Europa, después de Venecia. Sus pórticos, que unen torres, calles y edificios, rondan los 42 km. de largo. Está encajada entre Florencia, Venecia y Milán, y aunque no esté contemplada en los circuitos turísticos del norte de Italia es muy amada por los italianos.
Durante nuestra estancia pudimos descubrir alguno de los llamados siete secretos de Bolonia. Uno de ellos es el reloj de la estación. Otro secreto descubierto fue contemplar el pene erecto de Neptuno (pulgar tensado de la mano izquierda emergiendo del bajo vientre). En la Piazza Maggiore se encuentra el arco de la voz (L´arco della voce), si te pones de cara a la pared y hablas, tu voz se oye a la perfección al otro lado del pórtico. Curiosamente hablé con una señora italiana que iba con su hijo. Me preguntó si era portugués. En Francia, una vez me preguntaron si era inglés, en Cuba si era italiano, en un Hard Rock florentino si era francés, pero nunca me habían confundido con un portugués. Curioso. Otro de los secretos descubierto fue la Finestrella. Desde allí es posible contemplar uno de los pocos canales que quedan en Bolonia.
En la librería Ambasciatori, la primera librería-restaurante que visitaba, pude ojear un libro que se ha puesto muy de moda en la ciudad. Se trata de “101 cosas que se pueden hacer en Bolonia”, de Margherita Bianchini. También, me llamó la atención un disco-libro de cada año. Contenía noticias y una selección de 20 temas musicales publicados  cada año. Me alegró que en el año de mi nacimiento estuvieran algunos de mis músicos favoritos: Miles Davis y Coltrane.
Cuando nos dirigíamos con las maletas en dirección a la estación para tomar el tren a Florencia, un camarero de un restaurante en el que habíamos comimos el día anterior nos saludó con un “Hola, coca-cola”.  Sin embargo, yo pensaba en: “adiós, Bolonia”.