viernes, 26 de marzo de 2010
EL UNIVERSO A MI ALREDEDOR
Alguien dijo que "Universo ao meu redor", de la cantante brasileña Marisa Monte, es una zambullida sensual en la herencia sambista. El tema, elegante, delicado y sutil me parece el adecuado para este momento. Sobre él, también leí en algún lugar que es un disco tan bonito que tal vez tengas que pellizcarte con fuerza para comprobar que no estás soñando.
Esta noche intentaré soñar en positivo con todo el universo a mí alrededor. Dormiré arrullado por el mar, pero antes, contemplando la luna, escucharé de nuevo a Marisa Monte y me pellizcaré en un muslo para comprobar que no estaré soñando.
"Tarde, já de manhã cedinho
Quando a nevoa toma conta da cidade
Quem pega no violão
Sou eu, sou eu
Pra cantar a novidade
Quantas lágrimas de orvalho na roseira
Todo mundo tem um canto de tristeza
Graças a Deus, um passarinho
Vem me acompanhar
Cantando bem baixinho
E eu já não me sinto só
Tão só, tão só
Com o universo ao meu redor "
jueves, 25 de marzo de 2010
JOSÉ MARÍA NUNES (Faro, 1930- Barcelona, 2010)
Ayer fallecía uno de los directores más controvertidos de la cinematografía española: José María Nunes, una destacada personalidad de la Escuela de Barcelona, reconocido como su líder idealista y maestro por su vanguardista estilo genuinamente cinematográfico. En su filmografía no hay ninguna concesión a la comercialidad. Nunes es un director incomparable, profundo, intenso, metafórico, y porqué no decirlo: metafísico. No busca hacer un cine comercial para atraer a las masas, hace un cine humano para atrapar los individuos, y lo hace sin convenciones ni compromisos, sino con ideas y apelando a la inteligencia del espectador. Nunes desprende una sensible y eufórica pasión en el rodaje, dirigiéndose a los actores con un tacto emotivo sin condicionar su naturalidad. Esta pasión se traduce en la pantalla de manera calmada y serena, amable e intimista.
De sus 14 películas, quisiera destacar la que considero una verdadera obra maestra: Mañana, con José María Rodero, Arturo Fernández, Ana Amándola y José Sazatornil.
De sus 14 películas, quisiera destacar la que considero una verdadera obra maestra: Mañana, con José María Rodero, Arturo Fernández, Ana Amándola y José Sazatornil.
miércoles, 24 de marzo de 2010
DÍA CON ESTRELLA

Hay días que amanecen con estrella. Son pocos en la vida de cada individuo pero haberlos, haylos, doy fe. Hoy es uno de esos días mágicos, uno de esos días que, tras cierta incertidumbre y muchas cábalas sobre lo que será tu futuro inmediato, despejan el camino y lo convierten en la rutina establecida que se perdió y, repentinamente, regresa. Días que te devuelven la esperanza, las ganas de vivir, aquellos horarios establecidos durante tantos años que se inutilizaron con los nuevos, con las nuevas pautas, con argumentos ya desconsiderados. Somos animales de costumbres y no hay acuerdo marco que logre cambiarlas. Las envidias siempre existirán y regresarán con remordimientos más acusados, pero a partir de hoy vuelvo a la realidad que perdí hace tres meses por rivalidades y por la ineptitud del politiquillo de turno. No creo en la justicia como no creo en la política, aunque hoy se ha dictado sentencia a favor de lo que nunca debí perder. Amigos (muchos) y enemigos (menos), sigo celebrándolo.
martes, 23 de marzo de 2010
FINGERS FOOD BAR
Estaba absorto en la música que sonaba en el interior de mi coche. Se trataba de una cantante neozelandesa llamada Gin Wigmore . Me estaba gustando, es una mezcla entre Amy Whinhouse y Duffi, pero resultó que en ese momento atravesaba varios de los túneles que unen Los Corrales de Buelna con Reinosa y las ondas hertzianas no llegaban al aparato nítidamente. Regresaba de pasar tres intensos días en Santander divisando, cuando me lo permitían los túneles, verdes prados cubiertos de una niebla intensa. El sábado anterior, me encontré con la primavera recién nacida oteando el Cantábrico desde un alto acantilado mientras los pescadores recogían sus aperos, violentados por una intensa lluvia nada inesperada. Hice algunas fotos pertrechado bajo un paraguas y, también, regresé empapado a reunirme con los míos.
El periódico informaba que Cantabria registraba una ocupación hotelera de más del noventa por cien y, en efecto, el Paseo de Pereda y las calles adyacentes no engañaban. El domingo por la noche, disfrute de los bares con sus barras repletas de pinchos y con mucha menos concurrencia que en días anteriores. En Casa Lita, frente al Club Marítimo, en una pizarra, estaba escrito que se podían comer los pinchos con la mano. También traducido de manera muy personal al inglés: “Fingers food bar”. Comentamos que, con toda seguridad, los turistas extranjeros preguntarían cómo se comían los pinchos y, los camareros, cansados de dar explicaciones lo habían escrito en un cartel a la vista de todos. Pude comprobar también que los grandes portalones del Paseo siguen manteniendo los mismos carteles de tiempos inmemorables: “En caso de viento sur acceder al edificio por la calle Hernán Cortés”. Precisamente, el viernes y el sábado, el viento sur fue el culpable del calor reinante en la ciudad. Cuando sucede ese fenómeno atmosférico, muchos nativos sufren sus circunstancias : dolores de cabeza, estrés, irritación, produciendo cambios de humor sustanciales. Pero como se trata de algo previsible, la situación suele estar bajo control. Sin embargo, uno de esos vagabundos de los que siempre han errado por la ciudad, de barba poblada y cuerpo orondo, gesticulaba y vociferaba asustando a los peatones que tropezaban con él. Y, aunque no era, a simple vista, agresivo, preferimos cambiarnos de acera cuando lo veíamos de lejos. Repetimos el cambio de acera en tres ocasiones, parecía que el tipo iba persiguiéndonos.
Otro de esos cartelitos que siempre me llaman la atención se encuentra en Adarzo, en un bar que suelo frecuentar, Casa Sampedro. En la puerta de entrada cuelga el siguiente escrito: “Para favorecer la siesta de nuestros clientes, cerramos de 16 a 18 horas”.
El periódico informaba que Cantabria registraba una ocupación hotelera de más del noventa por cien y, en efecto, el Paseo de Pereda y las calles adyacentes no engañaban. El domingo por la noche, disfrute de los bares con sus barras repletas de pinchos y con mucha menos concurrencia que en días anteriores. En Casa Lita, frente al Club Marítimo, en una pizarra, estaba escrito que se podían comer los pinchos con la mano. También traducido de manera muy personal al inglés: “Fingers food bar”. Comentamos que, con toda seguridad, los turistas extranjeros preguntarían cómo se comían los pinchos y, los camareros, cansados de dar explicaciones lo habían escrito en un cartel a la vista de todos. Pude comprobar también que los grandes portalones del Paseo siguen manteniendo los mismos carteles de tiempos inmemorables: “En caso de viento sur acceder al edificio por la calle Hernán Cortés”. Precisamente, el viernes y el sábado, el viento sur fue el culpable del calor reinante en la ciudad. Cuando sucede ese fenómeno atmosférico, muchos nativos sufren sus circunstancias : dolores de cabeza, estrés, irritación, produciendo cambios de humor sustanciales. Pero como se trata de algo previsible, la situación suele estar bajo control. Sin embargo, uno de esos vagabundos de los que siempre han errado por la ciudad, de barba poblada y cuerpo orondo, gesticulaba y vociferaba asustando a los peatones que tropezaban con él. Y, aunque no era, a simple vista, agresivo, preferimos cambiarnos de acera cuando lo veíamos de lejos. Repetimos el cambio de acera en tres ocasiones, parecía que el tipo iba persiguiéndonos.
Otro de esos cartelitos que siempre me llaman la atención se encuentra en Adarzo, en un bar que suelo frecuentar, Casa Sampedro. En la puerta de entrada cuelga el siguiente escrito: “Para favorecer la siesta de nuestros clientes, cerramos de 16 a 18 horas”.
Cuando regresó de Santander, una amiga con raíces cántabras siempre me pregunta si he comido rabas o alguna otra cosuca. Esta vez le responderé que estuve en La Conchita, un antiguo bar de toda la vida que se encontraba en Peña Herbosa y desde hace unos años ocupa el bajo de un edificio muy alto con vistas al Sardinero y a la vaguada de Las Llamas, justo encima de las facultades universitarias. Lo típico (al igual que en la antigua Conchita) son los mejillones y las colas de langostino al ajillo. Comí justamente eso y una racionzuca de rabas. ¡Qué le vamos a hacer! Servirá para aguantar el tirón hasta la próxima visita.
Recién llegado del norte les deseo ¡feliz primavera!
lunes, 22 de marzo de 2010
GIN WIGMORE
• Nueva Zelanda, el país más alejado del mundo para nosotros, no suele dar músicos destacados. Sin embargo, Gin Wigmore, que ha ocupado el número uno en las listas de Nueva Zelanda con el tema “Brother” del rapero Smashproof, con sólo 23 años tiene un talento extraordinario y destaca en el panorama internacional.
• “Holy Smoke", su opera prima, es un albúm fantástico. Se llama como la película australiana de Jane Campion, la de “El Piano”. El álbum contiene entre seis o siete canciones de altísimo nivel, producidas por Mike Elizondo. Una elección arriesgada pero soberbia. Elizondo es el gran músico en los discos de Dr. Dre y Eminem. Gin tiene un timbre que a veces recuerda a Duffy o a Amy Winehouse.
miércoles, 17 de marzo de 2010
CHESTER Y LOS HIPPIES

En vacaciones de verano me gustaba pasear con mi perro Chester hasta la playa. Se trataba de un perro de raza “pointer” que, como todos los de caza, era muy juguetón y cariñoso. Le llamábamos Chester por dos motivos. El fundamental era que estaba coloreado como un cigarrillo pero con los colores cambiados. Tenía el rabito blanco y el resto del cuerpo de color whisky. El segundo motivo, era que nuestro padre fumaba tabaco de la marca Chesterfield. Desde la casa de mis abuelos hasta la playa de la Virgen del Mar había una distancia de algo más de un kilómetro, por caminos que sólo transitábamos los vecinos (ahora se han convertido en urbanizaciones). El último tramo se hacía por el interior del, entonces, campo de tiro militar , que con el paso de los años se convertiría, durante las fiestas patronales de Santiago, en lugar de celebración de las Ferias. Eran tiempos en que las generaciones más jóvenes de toda Europa y América, a excepción de los países que teníamos la desgracia de vivir en una dictadura fascista, practicaban la libertad en un movimiento llamado Hippie. En Santander, durante esos primeros años setenta, se veían, en el buen tiempo, cantidad de coches con matriculas extranjeras que portaban distintivos con las letras D, ND y CH, principalmente. Los niños de aquellos años pensábamos que la pegatina CH correspondía a la extinta Checoslovaquia. Frente a la isla de la Virgen del Mar, detrás de las rocas que delimitan “Los Baños de Cleopatra” y el chiringuito de toda la vida, aparcaban muchas furgonetas alemanas, holandesas y suizas que disfrutaban “por la patilla” de varios días de sol (y lluvia), paz, nudismo y amor. Me gustaba pasar por donde estaban esas parejas compuestas por tipos melenudos y chicas rubias exuberantes que campaban a sus anchas como Dios les trajo al mundo. Me encantaba contemplar a esas rubias virginales desde cierta distancia. Cuando me veían me saludan con una sonrisa y el brazo extendido y yo les devolvía el saludo completamente ruborizado. Chester siempre se acercaba a ellos para olisquearlos y yo, con la excusa de retirarlo de allí, podía examinar más de cerca sus cuerpos bien formados. Era una experiencia que me encantaba. Incluso en alguna ocasión me invitaron a una coca cola mientras ellos, desnudos, fumaban algún tipo de tabaco que olía muy fuerte. Me hacían preguntas pero yo no les entendía y, además, siempre tenía prisa por irme. Sin embargo me sentía muy feliz en ese ambiente tan liberal y relajado, aderezado de música diferente a la que emitían las emisoras de radio españolas. A partir de los dieciséis años y hasta después de acabar mis estudios, pretendía imitarlos dejándome el pelo largo y fumando, de vez en cuando, algún canuto con mis amigos y amigas del “Caracol”, la discoteca de moda en Santander, con la mejor música del disyoquei Regino. Por entonces tenía trece o catorce años y lo único que me importaba era aprobar en septiembre las asignaturas que me habían quedado, jugar al fútbol con mis amigos y descubrir que las chicas no eran tan simples como las imaginaba pocos años atrás. Más o menos, a esa edad, me enamoré por primera vez de Asun. No duramos mucho, ella era mucho más madura (había dejado a un novio –muy famoso en la actualidad- por mí) y yo un tipo tímido e inexperto. El primer amor me venía demasiado grande. Por esa época escuchaba todas las noches, antes de dormirme, un programa musical que dirigían dos cachondos mentales. Sólo recuerdo que uno de ellos se llamaba Charli. Mi música de cabecera no era otra que Cosmo´s Factory de los Creedence C. Revival. Empezaba, por tanto, a encauzar mi vida. Me estaba haciendo, poco a poco, adulto. Afortunadamente, todavía dudo si he llegado a conseguirlo.
martes, 16 de marzo de 2010
HOTEL DECAMERON

El pasado domingo, Almudena Grandes, escribía en El País sobre algunas situaciones que te encuentras a la hora de embarcar en los aeropuertos: las medidas de seguridad, las franquicias del equipaje, las alarmas de los arcos de seguridad… y recordé algo que me ocurrió hace algunos años en Cartagena de Indias.
Mi acompañante y yo veníamos de pasar unos días en Isla Contadora y en la ciudad de Panamá y nos alojamos en el Hotel Decameron de Cartagena. Desde allí, nos desplazaríamos en barco a las Islas del Rosario y en autobús al volcán Totumo. Fueron unos días inolvidables. Cartagena, ciudad patrimonio mundial, mantiene el encanto de la arquitectura colonial española cuidando de manera admirable sus monumentos, edificios y todo lo que interesa al visitante. Vive de ello. Todo fue muy positivo en Cartagena hasta que llegó la hora de abandonar el hotel. Un grupo de españoles nos agolpamos en la recepción al mismo tiempo. Al cabo de tres horas salía un avión con destino a Barcelona. Tuvimos que esperar muchos minutos a que los clientes que estaban por delante, en la fila, pagaran su factura. Discutían por una botella de ron qué, según ellos, no habían bebido. Se negaron a pagarla y los empleados cerraron el hotel por dentro. Se formó una trifulca extraordinaria. Otros españoles comentaban que les había sucedido algo parecido al intentar los recepcionistas del hotel sacar un extra con productos que no se habían consumido. Cuando me tocó pedir la factura, ya arrimado al mostrador, me di cuenta que incluía un paquete de Kleenex que no había utilizado. Les dije que durante los siete u ocho días que me alojé en el Decameron nunca había visto en la habitación pañuelos de papel. Es más, saqué de mi mochila varios paquetes que siempre llevo en los viajes sin necesidad, por tanto, de tenerlos que comprar . Como se acercaba la hora de partir al aeropuerto decidimos pagar todo lo que nos requerían. No teníamos otra alternativa. No nos dejaban llamar por teléfono ni ponernos en contacto con el exterior. Estábamos secuestrados y la única opción era salir de allí y poner la denuncia pertinente. Una vez efectuado el importe de todos los productos que nos solicitaban, a modo de impuesto revolucionario, abrieron la puerta y salimos a la calle. En el aeropuerto, cercana la hora de salida, no pudimos poner la denuncia en la comisaría de policía. Todos los pasajeros del Boeing con destino a Barcelona hacíamos una cola de varios cientos de metros en dirección a la aduana. El sol del mediodía nos daba de lleno produciendo varios desmayos en personas mayores. La temperatura tropical era realmente alta con una humedad cercana al noventa por ciento. Con cada pasajero la policía permanecía unos diez minutos. Dos policías iban examinando todo el contenido de cada maleta mientras un perro pastor alemán olfateaba cada prenda, cada recipiente, con el único objetivo de encontrar cocaína u otra sustancia prohibida. Creíamos que se había producido algún chivatazo pero estábamos confundidos. Más tarde, una vez dentro de la zona de embarque, nos enteramos que en el vuelo anterior a España, habían encontrado a una pareja española un kilo de coca entre sus pertenencias. Cuando registraron nuestra maleta, tomándose más tiempo de lo normal hasta entonces, la policía encontró en la maleta de mi acompañante unos polvos blancos en un recipiente de plástico. Me puse pálido y empecé a temblar cuando llegaron dos pastores alemanes. El contenido lo esparcieron por el mostrador y los perros ni se inmutaron. Se trataba de unos polvos para evitar la sudoración de los pies. En el cacheo se llevaron a mi acompañante a una habitación cercana al control de seguridad. No daba crédito. Nunca había estado tan nervioso. Los minutos se me hicieron eternos. Cuando comprobé que mi acompañante quedaba libre y se acercaba donde yo estaba retornó la esperanza. Nos dimos un fuerte abrazo. Había tenido que quitarse el tampax que llevaba puesto.
Sentados en la sala de espera abrí una botella de ron que había comprado poco antes en el Duty Free. La compartimos, a morro, con cuatro chicas malagueñas que habíamos conocido en Islas del Rosario. Todavía guardo la botella vacía como recuerdo de un momento inolvidable y espero sea irrepetible.
Mi acompañante y yo veníamos de pasar unos días en Isla Contadora y en la ciudad de Panamá y nos alojamos en el Hotel Decameron de Cartagena. Desde allí, nos desplazaríamos en barco a las Islas del Rosario y en autobús al volcán Totumo. Fueron unos días inolvidables. Cartagena, ciudad patrimonio mundial, mantiene el encanto de la arquitectura colonial española cuidando de manera admirable sus monumentos, edificios y todo lo que interesa al visitante. Vive de ello. Todo fue muy positivo en Cartagena hasta que llegó la hora de abandonar el hotel. Un grupo de españoles nos agolpamos en la recepción al mismo tiempo. Al cabo de tres horas salía un avión con destino a Barcelona. Tuvimos que esperar muchos minutos a que los clientes que estaban por delante, en la fila, pagaran su factura. Discutían por una botella de ron qué, según ellos, no habían bebido. Se negaron a pagarla y los empleados cerraron el hotel por dentro. Se formó una trifulca extraordinaria. Otros españoles comentaban que les había sucedido algo parecido al intentar los recepcionistas del hotel sacar un extra con productos que no se habían consumido. Cuando me tocó pedir la factura, ya arrimado al mostrador, me di cuenta que incluía un paquete de Kleenex que no había utilizado. Les dije que durante los siete u ocho días que me alojé en el Decameron nunca había visto en la habitación pañuelos de papel. Es más, saqué de mi mochila varios paquetes que siempre llevo en los viajes sin necesidad, por tanto, de tenerlos que comprar . Como se acercaba la hora de partir al aeropuerto decidimos pagar todo lo que nos requerían. No teníamos otra alternativa. No nos dejaban llamar por teléfono ni ponernos en contacto con el exterior. Estábamos secuestrados y la única opción era salir de allí y poner la denuncia pertinente. Una vez efectuado el importe de todos los productos que nos solicitaban, a modo de impuesto revolucionario, abrieron la puerta y salimos a la calle. En el aeropuerto, cercana la hora de salida, no pudimos poner la denuncia en la comisaría de policía. Todos los pasajeros del Boeing con destino a Barcelona hacíamos una cola de varios cientos de metros en dirección a la aduana. El sol del mediodía nos daba de lleno produciendo varios desmayos en personas mayores. La temperatura tropical era realmente alta con una humedad cercana al noventa por ciento. Con cada pasajero la policía permanecía unos diez minutos. Dos policías iban examinando todo el contenido de cada maleta mientras un perro pastor alemán olfateaba cada prenda, cada recipiente, con el único objetivo de encontrar cocaína u otra sustancia prohibida. Creíamos que se había producido algún chivatazo pero estábamos confundidos. Más tarde, una vez dentro de la zona de embarque, nos enteramos que en el vuelo anterior a España, habían encontrado a una pareja española un kilo de coca entre sus pertenencias. Cuando registraron nuestra maleta, tomándose más tiempo de lo normal hasta entonces, la policía encontró en la maleta de mi acompañante unos polvos blancos en un recipiente de plástico. Me puse pálido y empecé a temblar cuando llegaron dos pastores alemanes. El contenido lo esparcieron por el mostrador y los perros ni se inmutaron. Se trataba de unos polvos para evitar la sudoración de los pies. En el cacheo se llevaron a mi acompañante a una habitación cercana al control de seguridad. No daba crédito. Nunca había estado tan nervioso. Los minutos se me hicieron eternos. Cuando comprobé que mi acompañante quedaba libre y se acercaba donde yo estaba retornó la esperanza. Nos dimos un fuerte abrazo. Había tenido que quitarse el tampax que llevaba puesto.
Sentados en la sala de espera abrí una botella de ron que había comprado poco antes en el Duty Free. La compartimos, a morro, con cuatro chicas malagueñas que habíamos conocido en Islas del Rosario. Todavía guardo la botella vacía como recuerdo de un momento inolvidable y espero sea irrepetible.
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