miércoles, 17 de marzo de 2010

CHESTER Y LOS HIPPIES


En vacaciones de verano me gustaba pasear con mi perro Chester hasta la playa. Se trataba de un perro de raza “pointer” que, como todos los de caza, era muy juguetón y cariñoso. Le llamábamos Chester por dos motivos. El fundamental era que estaba coloreado como un cigarrillo pero con los colores cambiados. Tenía el rabito blanco y el resto del cuerpo de color whisky. El segundo motivo, era que nuestro padre fumaba tabaco de la marca Chesterfield. Desde la casa de mis abuelos hasta la playa de la Virgen del Mar había una distancia de algo más de un kilómetro, por caminos que sólo transitábamos los vecinos (ahora se han convertido en urbanizaciones). El último tramo se hacía por el interior del, entonces, campo de tiro militar , que con el paso de los años se convertiría, durante las fiestas patronales de Santiago, en lugar de celebración de las Ferias. Eran tiempos en que las generaciones más jóvenes de toda Europa y América, a excepción de los países que teníamos la desgracia de vivir en una dictadura fascista, practicaban la libertad en un movimiento llamado Hippie. En Santander, durante esos primeros años setenta, se veían, en el buen tiempo, cantidad de coches con matriculas extranjeras que portaban distintivos con las letras D, ND y CH, principalmente. Los niños de aquellos años pensábamos que la pegatina CH correspondía a la extinta Checoslovaquia. Frente a la isla de la Virgen del Mar, detrás de las rocas que delimitan “Los Baños de Cleopatra” y el chiringuito de toda la vida, aparcaban muchas furgonetas alemanas, holandesas y suizas que disfrutaban “por la patilla” de varios días de sol (y lluvia), paz, nudismo y amor. Me gustaba pasar por donde estaban esas parejas compuestas por tipos melenudos y chicas rubias exuberantes que campaban a sus anchas como Dios les trajo al mundo. Me encantaba contemplar a esas rubias virginales desde cierta distancia. Cuando me veían me saludan con una sonrisa y el brazo extendido y yo les devolvía el saludo completamente ruborizado. Chester siempre se acercaba a ellos para olisquearlos y yo, con la excusa de retirarlo de allí, podía examinar más de cerca sus cuerpos bien formados. Era una experiencia que me encantaba. Incluso en alguna ocasión me invitaron a una coca cola mientras ellos, desnudos, fumaban algún tipo de tabaco que olía muy fuerte. Me hacían preguntas pero yo no les entendía y, además, siempre tenía prisa por irme. Sin embargo me sentía muy feliz en ese ambiente tan liberal y relajado, aderezado de música diferente a la que emitían las emisoras de radio españolas. A partir de los dieciséis años y hasta después de acabar mis estudios, pretendía imitarlos dejándome el pelo largo y fumando, de vez en cuando, algún canuto con mis amigos y amigas del “Caracol”, la discoteca de moda en Santander, con la mejor música del disyoquei Regino. Por entonces tenía trece o catorce años y lo único que me importaba era aprobar en septiembre las asignaturas que me habían quedado, jugar al fútbol con mis amigos y descubrir que las chicas no eran tan simples como las imaginaba pocos años atrás. Más o menos, a esa edad, me enamoré por primera vez de Asun. No duramos mucho, ella era mucho más madura (había dejado a un novio –muy famoso en la actualidad- por mí) y yo un tipo tímido e inexperto. El primer amor me venía demasiado grande. Por esa época escuchaba todas las noches, antes de dormirme, un programa musical que dirigían dos cachondos mentales. Sólo recuerdo que uno de ellos se llamaba Charli. Mi música de cabecera no era otra que Cosmo´s Factory de los Creedence C. Revival. Empezaba, por tanto, a encauzar mi vida. Me estaba haciendo, poco a poco, adulto. Afortunadamente, todavía dudo si he llegado a conseguirlo.

6 comentarios:

La Rata Paleolítica dijo...

Esteeeeee, si. Si que eran interesantes las hippies estas, si.
;o)
Un abrazo.

Jesús.

Mariluz Arregui dijo...

No dudes...no lo has conseguido :))

Magnífico escrito. Genial , :), pero qué buen amigo era tu perro..cómo te echaba una mano...y qué bien te entendía...jajaja

Besos hippies

RITMO RANCIO dijo...

Me ha encantado tu entrada que me retrotrae a "momentos" ya lejanos...
Un abrazo
Quino

julia dijo...

Has dicho la palabra más bonita que pueda decir una persona (afortunadamente creo que aún no soy adulto),¿SABES?,es la inocencia con la que vivimos nuestros años lo que nos hace seguir siendo niños o viejos.Tú seras niño siempre por tu forma de pensar.Yo aún me considera niña,pues como ellos conservo las ilusiones,la alegria y la dicha de vivir.Besos.

farregui dijo...

Interés o fascinación, ¿qué era? Gente muy buenorra.

Muuuu bueno.

Marino Baler dijo...

Excelente escrito lleno de sensibilidad. La inocencia de la adolescencia que con los años se convierte en experiencia.

Un saludo.