martes, 16 de marzo de 2010

HOTEL DECAMERON


El pasado domingo, Almudena Grandes, escribía en El País sobre algunas situaciones que te encuentras a la hora de embarcar en los aeropuertos: las medidas de seguridad, las franquicias del equipaje, las alarmas de los arcos de seguridad… y recordé algo que me ocurrió hace algunos años en Cartagena de Indias.
Mi acompañante y yo veníamos de pasar unos días en Isla Contadora y en la ciudad de Panamá y nos alojamos en el Hotel Decameron de Cartagena. Desde allí, nos desplazaríamos en barco a las Islas del Rosario y en autobús al volcán Totumo. Fueron unos días inolvidables. Cartagena, ciudad patrimonio mundial, mantiene el encanto de la arquitectura colonial española cuidando de manera admirable sus monumentos, edificios y todo lo que interesa al visitante. Vive de ello. Todo fue muy positivo en Cartagena hasta que llegó la hora de abandonar el hotel. Un grupo de españoles nos agolpamos en la recepción al mismo tiempo. Al cabo de tres horas salía un avión con destino a Barcelona. Tuvimos que esperar muchos minutos a que los clientes que estaban por delante, en la fila, pagaran su factura. Discutían por una botella de ron qué, según ellos, no habían bebido. Se negaron a pagarla y los empleados cerraron el hotel por dentro. Se formó una trifulca extraordinaria. Otros españoles comentaban que les había sucedido algo parecido al intentar los recepcionistas del hotel sacar un extra con productos que no se habían consumido. Cuando me tocó pedir la factura, ya arrimado al mostrador, me di cuenta que incluía un paquete de Kleenex que no había utilizado. Les dije que durante los siete u ocho días que me alojé en el Decameron nunca había visto en la habitación pañuelos de papel. Es más, saqué de mi mochila varios paquetes que siempre llevo en los viajes sin necesidad, por tanto, de tenerlos que comprar . Como se acercaba la hora de partir al aeropuerto decidimos pagar todo lo que nos requerían. No teníamos otra alternativa. No nos dejaban llamar por teléfono ni ponernos en contacto con el exterior. Estábamos secuestrados y la única opción era salir de allí y poner la denuncia pertinente. Una vez efectuado el importe de todos los productos que nos solicitaban, a modo de impuesto revolucionario, abrieron la puerta y salimos a la calle. En el aeropuerto, cercana la hora de salida, no pudimos poner la denuncia en la comisaría de policía. Todos los pasajeros del Boeing con destino a Barcelona hacíamos una cola de varios cientos de metros en dirección a la aduana. El sol del mediodía nos daba de lleno produciendo varios desmayos en personas mayores. La temperatura tropical era realmente alta con una humedad cercana al noventa por ciento. Con cada pasajero la policía permanecía unos diez minutos. Dos policías iban examinando todo el contenido de cada maleta mientras un perro pastor alemán olfateaba cada prenda, cada recipiente, con el único objetivo de encontrar cocaína u otra sustancia prohibida. Creíamos que se había producido algún chivatazo pero estábamos confundidos. Más tarde, una vez dentro de la zona de embarque, nos enteramos que en el vuelo anterior a España, habían encontrado a una pareja española un kilo de coca entre sus pertenencias. Cuando registraron nuestra maleta, tomándose más tiempo de lo normal hasta entonces, la policía encontró en la maleta de mi acompañante unos polvos blancos en un recipiente de plástico. Me puse pálido y empecé a temblar cuando llegaron dos pastores alemanes. El contenido lo esparcieron por el mostrador y los perros ni se inmutaron. Se trataba de unos polvos para evitar la sudoración de los pies. En el cacheo se llevaron a mi acompañante a una habitación cercana al control de seguridad. No daba crédito. Nunca había estado tan nervioso. Los minutos se me hicieron eternos. Cuando comprobé que mi acompañante quedaba libre y se acercaba donde yo estaba retornó la esperanza. Nos dimos un fuerte abrazo. Había tenido que quitarse el tampax que llevaba puesto.
Sentados en la sala de espera abrí una botella de ron que había comprado poco antes en el Duty Free. La compartimos, a morro, con cuatro chicas malagueñas que habíamos conocido en Islas del Rosario. Todavía guardo la botella vacía como recuerdo de un momento inolvidable y espero sea irrepetible.

2 comentarios:

Raquel dijo...

¡Vaya susto!
Nada que contar del aeropuerto de Cartagena pero el de Bogotá se las trae. Mejor ir con tiempo porque la cantidad de controles es impresionante.
Tengo otra historia de hoteles en Cartagena. Ya te la contaré en algún momento. Y por supuesto, el Decameron, descartado.

julia dijo...

Luis en PEKIN, al salir del hotel me dijeron que habia vaciado la nevea y tenia que abonarla. Fueron diciendolo a todos los que estabámos alojados y ellos pagaron.La verdad es que yo me la jugue,(pues de ingles sé un poco menos que nada),pero por gestos a la recepcionista la hice entender (despues de casi una hora),que yo no pagaba lo que no habia consumido.Al salir en el autobus subieron del hotel y comenzaron a decir numeros de habitacion que tenian que pagar.La verdad es que lo pasamos mal pero tambien que nos fuimos sin abonar aquello que no habiamos consumido.Besos.