miércoles, 27 de diciembre de 2006

CLUB PIRATA



El otro día paseaba por la ciudad y me sorprendió una bandera colgada de un balcón. Era un día de Navidad en el que todo se convierte en violencia social. La gente va deprisa a realizar sus últimas y obsesivas compras y se nota un tumulto habitual en estos días tan extraños. Los coches parece que intentan atrapar a los peatones, los peatones se llevan por delante todo lo que les molesta, los niños emiten generosos gritos para poner nerviosos a sus padres. Todo se convierte en un incesante ir y venir hacía los reclamos despiadados de las navidades.

Miraba hacía ningún sitio en concreto y veía en las fachadas numerosos y similares papanoeles escudriñando los exteriores de las casas en lo que a mi me parece un delito para el buen gusto. De repente y en medio de todos esos Santa Claus de trajes rojos y mejillas coloradas escalando las paredes (sin escrúpulos para quienes pudieran habitar sus interiores) apareció la bandera pirata. Quiero significar que en medio de tanta elocuencia consumista me pareció un maravilloso oasis en el desierto.

Y es que ciertamente Papa Noel nunca significó nada para los niños de mi generación, sin embargo, lo pirata me marcó mucho a mí y a mis familiares más coetáneos. Cuando tenía trece años junto a mis primos Ramón, Margarita y Mara fundamos lo que denominamos el Club Pirata. En la huerta de mis abuelos había un columpio que nos habían comprado cuando éramos más pequeños y lo que hicimos fue reciclarlo para que tuviera utilidad. Cubrimos su armazón con mantas y otros enseres para fabricar nuestra casa y lo habilitamos por dentro de manera que fuese lo más acogedor posible. Teníamos linternas y varias velas. Por tanto la noche era algo maravilloso, todo se trasformaba en luces y sombras que hacían que nuestros sueños se convirtieran en realidad. Recuerdo que confeccionamos unos carnés, con fotografía incluida, y un gran dibujo con la bandera pirata, el icono de nuestra insurrección. Aunque, obviamente, había mandos en el Club, elaborábamos el decálogo de obligaciones y funciones de manera democrática, todas las voces eran iguales. Convencimos a mis pobres abuelos para dormir una o dos veces a la semana en nuestra caseta, y aunque era un suplicio para ellos, se asomaban cada media hora desde su habitación para convencerse de que estábamos bien, asumían nuestro reto con sutil advocación. Quiero suponer que les hicimos socios de honor.

Hoy, en uno de esos días en que los padres se gastan tremendas cantidades económicas en hacer felices a sus hijos con videojuegos y otras realidades virtuales poco ingeniosas, esa bandera pirata, que homenajea a esas personas de igual condición que se dedicaban al abordaje de barcos en el mar para robar todo lo que encontraban, y que ha servido para recordar esos juegos de infancia que nunca volverán, pero que perduran en lo más profundo de mis sentimientos, me ha demostrado una vez más que lo diferente, muchas veces, es significativo para el ser humano aunque vaya a contracorriente de las modas y de los momentos que hacen que los humanos nos volvamos más animales que nunca.

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