lunes, 13 de diciembre de 2010

RELATO DE UN SUEÑO NOCTURNO INCOMPLETO


Cuando salí al exterior, un sol codificado dañó mis ojos, apartando, intuitivamente, mi vista hacía el suelo. Una vez habituado a la luz recién amanecida, sentí desolación por el inhóspito paisaje que surge de cualquier anárquico polígono industrial, con naves despersonalizadas, basuras, falta de urbanización… Ese panorama se hacía mucho más patente, más exageradamente descuidado, nada más dejar, prácticamente a escasos segundos, una luz tenue, una compañía inigualable, un calor inagotable y unas sensaciones que se filtraban por todos los sentidos. Duro golpe ese cambio tan radical. No obstante, el sol iluminaba, con ese color tan característico del amanecer, una extensión considerable de una especie de basto desierto que destacaba de manera brillante sus formas, haciéndolas, extrañamente, más abordables. Asimismo, al abandonar ese paraiso descrito anteriormente, instintivamente alcé la vista hacía un ventanal en el que divisé, con cierta dificultad, una figura conocida que me saludaba en la, tal vez, última despedida.
Nada más dejar atrás las sucias calles, un paisaje familiar me acompañó durante cientos de metros. Eran plantas de alcachofa que daban otro matiz a ese espectáculo de luces, colores y formas que se divisa tras los parabrisas del coche en marcha. Decenas de kilómetros más allá, también divisé, muy a lo lejos, una cordillera nevada. Ciertamente, podría haber estudiado todas sus altas cimas. Se trató de una visión inesperada y sobrecogedora, de las que te ayudan a mirar hacía adelante sin perder de vista lo que dejas atrás.
Durante el viaje de regreso (casi siempre, después de una ida siempre hay una vuelta) examiné mentalmente la sinfonía inacabada de las relaciones interpersonales; las situaciones psicológicamente angustiosas que provoca la mente y ralentiza o anula tus más vitales deseos; el abandono que no se demuestra en la despedida, sino después; en el tormento que supone disponer situaciones, a veces más reales que las cotidianas y perseverantes, que van a durar escasas horas. Entonces, durante ese análisis rápido pero exhaustivo, vital pero pasajero -aunque teniendo todos los componentes cerebrales y corporales más intensos- todo desaparece. Se evapora, de repente, lo que, curiosamente, tiene más componentes reales que la continuidad de cualquier rutina por muy generalizada que sea.
Bajo un condicionarte anímico importante y grandes dosis de inquietud por aspectos que te juegan malas pasadas, sentí que las cosas importantes, una vez más, son las que calan hondo en el corazón. En ese instante, ya en mi vida habitual (si puede llamarse así), tuve un momento agridulce. Por una parte, algo había empapado todavía más mi pequeño corazón e, inexorablemente, por otra, algo podía estar desmoronándose lejos de ese lugar. Sentí, entonces, tristeza reprimida. Ese abatimiento del que se tarda en salir por muy fuerte que seas. La realidad y el sueño tienen en común que pueden jugarte esas malas pasadas.