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ESENCIA DE LA NAVIDAD



Cuando iba a recoger mi coche me fijé en una niña negra de unos 7 años. Por la hora que era supuse que vendría del colegio, aunque me llamó la atención de que fuese sola por la calle. Todo se desarrolló en escasos segundos y, claro, apareció, de la mano de su madre que estaba tapada por una furgoneta en mi primera visión. Esa escena me recordó  cuando yo era niño, entonces íbamos y volvíamos al colegio solos o acompañados de algún hermano o vecino. Era difícil ver a algún padre yendo al colegio con su hijo. Había menos peligros que en la actualidad, supongo. El caso es que nunca me pasó nada en esos trayectos de casa al cole y viceversa. Además, pensé, ya que estamos en vísperas de Navidad, que la primera persona de color que vi fue al Rey Baltasar durante la Cabalgata. Hace más de cincuenta años era muy difícil ver a personas que no fueran de nuestro país, todos nuestros compañeros eran iguales en idioma, color y religión. Durante todos los años en los que cursé el bachillerato en Santander, tan solo conocí a dos compañeros que resultaban exóticos, uno era uruguayo de acento imposible (le llamábamos “tupamaro”) y otro soriano, de Duruelo de la Sierra. Es curioso todo esto desde la perspectiva actual. 


La Navidad, de niño, era absolutamente maravillosa, todo estaba decorado de manera que resultaría ahora simple, luces de colores, espumillones plateados, verdes o rojos, y bolas de colores en los arbolitos, nacimiento con piezas rústicas... variedad de comidas muy especiales, sidra, dulces (mazapán de cocodrilo) y turrón... que para la austeridad del resto de los días resultaba un festejo único. Al día siguiente a Nochebuena o Nochevieja, el comentario con los amigos era: ¿Hasta qué hora te quedaste anoche? A veces se exageraba diciendo que hasta las cinco y media, pero casi nunca nos íbamos a la cama más tarde de las tres o tres y media de la madrugada. Fueron días felices, inigualables, asombrosos, que sabíamos se repetirían al año siguiente. Sin embargo, con el paso de los años  van desapareciendo tus seres queridos, los que entonces, haciendo grandes esfuerzos de todo tipo, especialmente económicos, preparaban toda aquella magia qué, ahora, desgraciadamente, ha desaparecido, al menos para mí. Cuando pasa el tiempo falta el estímulo de los que ya no están y todo pierde aquel valor que de niños era puro hechizo. 


Desde mi perspectiva actual la Navidad ya no tiene aquella chispa. Cuando eres mayor estas fiestas las ves de otra manera, todo se ha convertido en una frenética carrera comercial. El shopping es realmente el motor que mueve la fiesta. Gastamos dinero como símbolo para implorar a ese capitalismo que, desafortunadamente, nos hace más felices, más iguales a nuestros vecinos. Históricamente, los pueblos siempre han celebrado el solsticio de invierno como el momento en que los días comienzan a ser más largos, indicando que la tierra vuelve a la vida, pero ahora, el espíritu que siempre ha defendido la Navidad desde su vertiente cristiana, con valores como la generosidad, humildad, gratitud, solidaridad, reconciliación, paz y amor, se han perdido por cuestiones materiales que hacen más referencia a la realidad del momento. Pero ya en 1843, Charles Dickens puso todo esto en la palestra pública, aunque entonces menos dimensionado, gracias a su “Cuento de Navidad” que es un análisis social de la pérdida de valores ante los sistemas económicos, pero en un formato más accesible a las masas para convertirse en un clásico.  


Decía Ayn Rand que “el amor es la expresión de los valores de una persona. La Navidad es un festival de expresión de valores. Pero para ello, poder expresarlos de la forma más acabada imaginable, sean materiales o inmateriales, necesitamos una dosis creciente y lo más inabarcable concebible de la premisa que los hace posible: el Capitalismo”. 

 

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