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DESTRUYENDO PAPELES QUE SIGNIFICAN VIDA



Foto: Julio Herrero (Escritor y humanista)

Esto de hacer limpieza de papeles acumulados tiene efectos secundarios. Comienzas a revisar lo que va a destruir la máquina trituradora de papel y compruebas recibos de hace 35 años de la luz, el teléfono, declaraciones de la renta, compañías que han dejado de existir, facturas de restaurantes, hoteles, de ropa que ya no existe... y te das cuenta de que todos esos papeles son parte de tu vida y, también, que te vas haciendo mayor sin apenas darte cuenta, aunque los achaques cada vez sean mayores y tu cuerpo ya no sea tan robusto. Aparecen planillas personalizadas de entrenamientos de bádminton, invitaciones de boda, recortes de periódico, el díptico de la primera exposición de fotografía, denuncias a la inspección de trabajo, recuerdos de toda índole que inciden en lo mismo: el paso del tiempo, el ineludible paso del tiempo. Y recuerdas cuando estuviste en aquel hotel de Baena por temas deportivos, cuando hiciste tu primer seguro de hogar y de vehículo, cuando compraste el primer ordenador, el primer teléfono móvil y vas despiezando en minutos un largo periodo de tiempo que ahora, en tus manos, parece una minúscula dimensión física en la que se han sucedido tan diferentes estados y situaciones. 
 

Justamente ayer, en uno de esos paseos de pensionista, que llamo yo, recordé, debido al tiempo que ahora me pertenece, a un querido amigo que estaba jubilado cuando yo tenía poco más de treinta años y estaba involucrado en diferentes asuntos, en una carrera por ganar tiempo. Solía encontrármelo en “El Collado”, que es la calle principal de esta Soria provinciana. Se llamaba Julio Herrero y era el padre de unos amigos míos, Javier, José María y Carmen Cruz. Cuando eso ocurría me paraba para charlar conmigo de lo divino y lo humano (escribía poesía en el periódico local con el seudónimo de Lucio Arévaco), tenía el don de la palabra, mucho talento, irónico, sarcástico, y, sobre todo, buen amigo. Él tenía todo el tiempo, le pertenecía como a mí me pertenece ahora, pero, a pesar de estar muy a gusto con él, desgraciadamente  tenía que hacer trámites urgentes y me dolía despedirme siempre de Julio con un desplante. Justamente hoy, con todos esos papeles que comentaba al principio, apareció una “separata” de periódico que había guardado en su momento (fechado en octubre de 1993) sobre el gran Julio Herrero, fallecido pocos días antes de dicha publicación. Recuerdo que siempre decía:  "No dejes que crezca la hierba en el camino que hay entre tu casa y la de tus amigos."
 

Recordando a Julio y todo el tiempo a su disposición (como ahora me pasa a mí), me doy cuenta de  que el pasado nunca volverá, salvo en los recuerdos, que siempre permanecen y son y serán lo más importante de la vida. 

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