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TIEMPO DE LECTURA





Estas últimas semanas estoy abocado a la lectura. Todo un placer que he podido multiplicar en estos días. Estoy acabando de leer "Recuerdos de un jardinero inglés" de Reginald Arkelluna novela  sentimental, de lectura grata y que no genera  conflictos ni ideas que saquen al lector de un apacible estado contemplativo. Ideal para regalar en estas fechas y para disfrutar en el interior de nuestros hogares alejados de los rigores del invierno. Pero, además, desde ayer, que vi un programa de Julie Andrieu, concretamente “Las recetas de Julie”, que transcurría en la bella región francesa de Eure-et-Loir y que ofreció un paseo por la vida de Marcel Proust y las recetas que a él le gustaban, entre ellas la magdalena (de Commercy) que provoca el famoso “recuerdo prusiano”, una galleta ovalada con líneas en la superficie. La “magdalena de Proust” explica la experiencia en la que el escritor francés, abrumado por la tristeza, probó una magdalena mojada en té y, repentinamente, se transportó a los veranos de su infancia en Combray. En la obra “Por el camino de Swann”, primera parte de las siete que contiene la obra  ´En busca del tiempo perdido´ hace referencia a ella. Cuando se experimenta el mismo olor y sabor vinculado a la memoria se forman recuerdos en una región del cerebro llamada hipocampo. El recuerdo proustiano al que se refiere la famosa magdalena, y que rescatamos voluntariamente, está demostrado por científicos que determinan que el ser humano puede remontar los recuerdos en el pasado hasta la edad de los 3 o 4 años.

"Hace ya muchos años que, de mi infancia en Combray, solo existía para mí  la tragedia cotidiana de acostarme. Un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso  tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Dije que no, primero, pero luego, no sé por qué, cambié de opinión. Mandó a comprar uno de esos bollos pequeños y rollizos que se llaman magdalenas, y que parecen haber sido moldeados en las valvas con ranuras  de una concha de Santiago. Pronto, maquinalmente, agobiado  por el  día triste  y la perspectiva de otro igual, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había dejado reblandecer un trozo de magdalena. Pero, en el instante mismo que el trago de té y  migajas de bollo llegaban a  mi paladar, me estremecí, dándome cuenta de que pasaba  algo extraordinario. Me había invadido  un placer delicioso, aislado, sin saber por qué, que me volvía indiferente a vicisitudes de la vida, a sus desastres inofensivos, a su brevedad ilusoria, de la misma manera que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa; o, más bien, esta esencia no  estaba en mí sino que era yo mismo. Y no me sentía mediocre, limitado, mortal. ¿De dónde podía haberme venido esta poderosa alegría? Me daba cuenta de que estaba unida al gusto del té y del bollo, pero lo sobrepasaba infinitamente, no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Cómo apresarla? [...]   
     Y, de repente, el recuerdo aparece. Ese gusto  es el del trocito de magdalena que el domingo por la mañana en Combray (porque ese día yo no salía antes de la hora de misa), cuando iba a decirle buenos días a su habitación,  mi tía Leonie me daba, después de haberlo mojado en su infusión de té o de tila. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada, antes de probarla; quizá porque,  habiéndolas  visto a menudo después, sin comerlas, sobre las mesas de los pasteleros, su imagen había dejado esos días de Combray para unirse a otros más recientes [...]      
     Y desde que reconocí el gusto  del trocito  de magdalena mojada en la tila que  me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida  la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el  jardín ..."
                                                                  Marcel Proust, Por el camino de Swann, Alianza

Todo este preámbulo para decir que, también, a raíz del programa francés, comencé a leer de nuevo “Por el camino de Swann”, libro de bolsillo, en edición argentina, que adquirí en el año 1992 en La Habana y que leí en su momento. Además, tengo preparado en la recamara otro libro de Clarice Lispector, escritora brasileña nacida en Ucrania, de origen judío y de difícil clasificación en lo concerniente a la escritura. Tengo mucho interés en leer “La pasión de G.H.” de esta escritora tan original, con una interioridad profunda y siempre relacionada con complejos procesos emocionales y mentales.


“Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí algunas líneas maravillosas, lo cerré de nuevo, me fui a pasear por la casa, lo postergué aún más yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad.”  CLARICE LISPECTOR

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