martes, 19 de julio de 2011

CRÓNICA PERSONAL DEL FIB 2011

Cuando regreso del FIB a la normalidad me cuesta olvidar  todos los registros retenidos.  Indago sobre los grupos que he visto y les escucho una y otra vez. Es difícil borrar de la memoria momentos vividos tan intensamente. Convivir con cerca de cuarenta mil personas  es tarea compilada.  Sin embargo,  para un joven tan mayor como soy yo, es impactante ver a miles de chicos y chicas con grandes dosis de felicidad vestidos como les viene en gana.  Los británicos,  cada vez  en mayor  porcentaje sobre el resto  de nacionalidades, están pletóricos:  libertad, sol, playa, sexo, mucha cerveza y sus cantantes favoritos en los escenarios ¿Alguien da más?  Visten de manera similar, extravagante, y, sobre todo, con ropa muy cómoda para soportar los calores estivales.  Las chicas llevan diademas de margaritas y los chicos sombreros para todos los gustos. Generalmente tienen entre 18 y veintipocos años.  Viajan desde las islas en avión y en coches particulares. En esta edición me ha llamado la atención  los cientos de vehículos aparcados en  las inmediaciones del recinto con matricula británica. Seguro que se juntan cinco y les sale más barato el coche que el avión. A última hora van cargaditos,  aunque no todos, claro. Cuando salí del concierto de The Strokes y me dirigía andando por el camino hacía el pueblo, cientos de ellos hacían lo propio hablando en voz baja y exquisita educación. No se puede catalogar a todo el personal por el mismo rasero.  Durante el concierto de The Strokes, el que congregó a más “fibers”,  me encontraba junto a un grupo de británicos  muy original y variopinto. Todos iban “calentitos”. Lo formaba una chica que danzaba como una peonza con atuendo  gótico, otra chica rellenita con vestido de hada,  un chico fuerte que se asemejaba al lagarto Juancho y otros dos chicos  más.  De repente, la gótica quitó el sombrero a un chico que pasaba por allí . No pude ver exactamente lo que pasó.  El caso es que tanto el chico como la chica iban gritando mirándose y escupiéndose  las caras.   El lagarto Juancho se acercó y los separó pero el del sombrero seguía gritando. Pensé para mis adentros ”esto acaba en pelea”.  Desde mi posición independiente  y enteramente libre de intoxicaciones diversas (más tarde un control de alcoholemia garantizó dicha predicción),  me di cuenta que la chica gótica devolvía al chico un sombrero de paja roto por la parte superior y se quedaba con otro nuevo.  El sombrero nuevo ahora lo lucía la que vestía de hada.  El chico incomodado lanzaba una y otra vez arengas hacía la gótica y el sombrero roto hacía el resto de espectadores, al cabo de pocos segundos la chica  regresaba con él y se lo ponía en la cabeza al chico.  Total que cada vez  se sentía más ofendido.  Todo ello estaba durando  cinco o seis temas de The Strokes. De repente, apareció otro chaval del grupo y tras discutir por un periodo de media hora con “sombrero roto” (yo pensaba, ahora empieza el combate),  sorprendentemente, se dieron un apretado, cálido y largo abrazo.  Luego llegó el resto del grupo y rodearon a los dos abrazados, continuando el resto del concierto atados todos por los brazos.  Se convirtió en el osito de peluche del grupo. Increíble.  Una vez finalizado el concierto,  en multitud nos dirigimos a la puerta de salida teniendo cuidado de no pisar a los centenares de “espectadores” que estaban por los suelos junto a los miles de vasos de plástico por allí tirados.  Un  británico, con el torso descubierto, exhibía un cartel en inglés solicitando “acid”. Ya en el exterior, cientos de personas hacían botellón.  Una vez en mi ccche  sintonicé Radio 3 para continuar escuchando el resto de  conciertos en directo.   A la altura de “Les Playetes”, lugar exclusivo donde veraneaba Aznar cuando era Presidente,  ya en el término municipal de Oropesa, un control policial paró al mercedes blanco que llevaba delante, para hacerlo posteriormente conmigo y los otros cinco o seis coches que llevaba a rebufo.  Yo salí de allí nada más soplar pero ninguno del resto de automóviles pudo seguir.  En Peñíscola eran las cuatro de la madrugda cuando llegué y el mar estaba calmado. Mi larga jornada “fibera” finalizó, como pueden suponerse, en chapuzón.

1 comentario:

Mariluz Arregui dijo...

jajaja...lo mejor, el lagarto Juancho, me he reído un rato..

Muy buena crónica, es genial