domingo, 22 de abril de 2012

LA TIÑOSA


Anoche, no sé por qué, vi una botella de 5 litros de aceite casi acabada y decidí echar su contenido en  una botella destinada al uso diario. Cuando vertí las últimas gotas, recordé, una vez  más, a mi querida abuela (sólo he tenido una). Era vecina de Luisa, a quien mi abuela  apodaba “la tiñosa”. Algunas tardes le acompañé a visitar a Luisa. Tenía una casa austera, la más austera que he conocido, pero, claro, eran personas que venían de la posguerra, aquella posguerra cruel que casi habíamos olvidado y que ahora recordamos de nuevo con el recorte de libertades con el  que nos atosigan  los denominados “populares” . Un compañero de trabajo me dice últimamente: volveremos a otra guerra civil como sigan así “sus majestades” Soraya,  Mariano y cia. Aunque, casi imposible, nada sería de extrañar en nuestro país, pero de lo que sí estoy seguro es que no dispararía  un tiro contra nadie. De seguir a peor (esa es la tónica del día a día) atravesaría los mares en busca de sosiego.  Siguen existiendo paraísos perdidos, conozco más de uno, por suerte. Allí me exiliaría.

Disculpen, me he ido por la rama más artificial, la política. Sigo. Mi abuela -hermana de un capitán anarquista en tiempos de aquella guerra que las izquierdas europeas llamaron romántica- denominaba al hecho de verter los últimos restos de cualquier liquido en un recipiente: ESCULLIR, algo así como resbalar. Pues bien, cuando Luisa acababa una botella de aceite la dejaba reposar durante toda la noche, boca abajo, hasta escullir la última gota en la sartén. Algunas veces coincidí cuando se estaba realizando  la operación y mi abuela carraspeaba indicándome la situación.

  Recuerdo muchas cosas de aquella época tan especial. Tendría entonces 11 años y algunos sábados y domingos acompañaba al Monte de Corbán, toda una selva para un niño de mi edad, a un vecino que entonces tendría 18, mayor de edad por tanto. Me enseñó cuevas que se comunicaban con salidas a diferentes zonas del seminario allí ubicado, vivía una aventura diaria con José que me llamaba “Titi” (nunca he sabido el porqué, aunque quiero imaginar que era como una especie de “monuco” que trepaba por donde fuera, entonces). Curiosamente, así me llaman ahora cariñosamente mis sobrinos.  Aprovechábamos para jugar al fútbol cuando no estaban por allí los seminaristas, otras veces al frontón y alguna que otra, cuando habían dejado colocado todo lo relativo al salto de altura, nos lanzábamos para aterrizar contra las gruesas colchonetas de un azul ya desgastado. José me enseñó a saltar al estilo Fosbury, hacía atrás. Más tarde, en el instituto, hice grandes saltos pero el profesor de “gimnasia”, un inepto total con el carné del movimiento, no lo consideraba reglamentario.

Siempre tengo presente a mi abuela, a ella le debo casi todo lo que soy, y, sin embargo entonces, no valoraba lo suficiente los esfuerzos de todo tipo que realizaba. Una gran señora, sin duda. La Tiñosa, la señora Ceferina, la negra (madre de José), Candy, la rubiuca y otras cuantas mujeres más formaban el pequeño mundo  de mi abuela que fue mío también y lo seguirá siendo  mientras mantenga el uso de la razón.  Y mientras lo mantenga nunca dejaré de estar agradecido a la señora Carmen, mi abuela. 

3 comentarios:

Mariluz Arregui dijo...

Ya sabes,
yo 'reconozco' bien esa costumbre tan cántabra de poner sobrenombres a las personas, y me encanta leerlo en tu escrito.
Nosotros éramos los hijos de ' la Cari', y nunca, -ni mi propia madre tampoco-, supimos a ciencia cierta el por qué de ese apodo, que nada tenía que ver con su nombre verdadero, Angelines. Mi hermano mayor era 'el negrito', el siguiente, Titín: ), yo era 'la bruja', ..Es curioso: ), es otra de las cosas que más me gustan de la infancia, ya tan lejana... Lo llevaremos también grabado en el adn? : )

Felicidades por mantener tu mirada sobre lo esencial. Creo que tu abuela te dejó la mejor herencia.



Besuco, Titi,
monuco? :))))



PD: ah, y otra cosa. Cuando leo este tipo de escritos tuyos, me suena el murmullo de las obras de Delibes, con Dani El Mochuelo..etc..y aquella forma sencilla de vida , y esos momentos de la infancia de uno que jamás, jamás, desaparecen..

Luis Lópec dijo...

seguro que "Cari" era de cariñosa ¿puede ser? Jajaja, brujuca .-)))))))

Campurriana dijo...

Las abuelas...se les debe tanto...
Un saludo, Luis. Desde esa Galicia que también conoces.