martes, 11 de diciembre de 2012

SÓLO QUERÍA MIRAR HACÍA EL MAR



No cuesta tanto pasar de una mañana nevada, a cero grados de temperatura, a una noche estrellada con quince grados y un mar acompasando sonidos tan placenteros como son las olas al planear sobre la arena. A mi no me cuesta nada.  Al día siguiente, observando de lejos el termómetro on line, comprobé, después de dejar despojados de residuos sabulosos los cristales de mi terraza, desde la que contemplo el mar, que la temperatura que dejé el día anterior seguía tan inclemente como cuando salí de allí. Por suerte, me pilló en pantalón corto y a punto de quitarme la camiseta que llevaba puesta. Los poco más de cero grados que leía mi teléfono, conectado a internet, contrastaban con los veintisiete que marcaba mi resguardado termómetro al sol. Así que cogí los bártulos y bajé a la playa. Unos cuantos bolazos con mis wedges nuevos  en direcciones frustradas, unos cuantos kilómetros andados en busca de las pelotitas, otras tantas abdominales para colocar el tee  y al aguaaaaa. Entrar y salir, pero sobre todo hallar una salida reconfortante a ese  agua tan helador. Luego duchita de agua fría, de nuevo, y a abrigarse, que es gerundio. Cuando bebía una cerveza, de nuevo en la terraza, miré de soslayo el termómetro, ésta vez para disfrutar de la tranquilidad que aporta una excelente temperatura después de darme un baño reconfortante. Ya no quise conocer las temperaturas de otros lugares, ¿para qué?... sólo quería mirar hacía adelante, mirar al mar, otra vez.