jueves, 20 de diciembre de 2007

LA MADRINA DE LA DEMENCIA




Muchos de mis sueños se desarrollan en los años de la infancia y la adolescencia. Siempre que esto ocurre el escenario es el mismo: mi casa familiar de Corbán. Ahora ya no es la misma que aparece en mis sueños, está totalmente restaurada. Mejor dicho, es una casa nueva situada exactamente en el mismo lugar en que se encontraba la antigua.
Allí transcurrieron años importantes de mi evolución. Leí los primeros libros, escuché la primera música de calidad, me enamoré por vez primera, tuve mis primeros amigos, mis primeros juegos, sueños, decepciones, emociones. Todo eran aprendizajes iniciales, desarrollo evolutivo y eso marca. Sospecho que mis reincidentes sueños sean, precisamente, por ese motivo.

En los años de adolescencia tenía una moto. Con ella me desplazaba al instituto los días laborales y a los lugares habituales, donde me citaba con los amigos, los fines de semana. Entonces solía realizar trabajos esporádicos para mejorar mi infame economía. Un amigo de mi hermano me llamaba cuando se enteraba de la descarga de algún camión de cerveza “Duna” en Monte. Lo descargábamos entre cuatro personas y a cambio recibíamos mil quinientas pesetas cada uno. No era mucho capital pero se trataba de un trabajo cómodo, junto a colegas y, además, podíamos beber cuanto quisiéramos del almacén. Reconozco que bebía por beber. Disponíamos de colas, naranjadas, limonadas, cervezas, cacao… el caso era hacer gasto.
Muchos sábados me levantaba a las seis de la mañana, arrancaba la moto y me plantaba en el puerto. Allí desayunaba en un bar de Marqués de la Hermida – desgraciadamente ya no existe- con los amigos de mi hermano (tres o cuatro años mayores que yo) y algunos de los trabajadores más habituales del muelle. El ambiente era de película de Ken Loach. A las siete menos diez todos nos dirigíamos a la zona del puerto donde se encontraban los capataces. Primero llamaban a los estibadores de siempre: Ángel Cañas, Pedro Cabañas, Jiménez Jiménez 1º, Jiménez Jiménez 2º… luego oteaban el percal e iban señalando a los tipos con pinta de duros. Yo iba muy abrigado para disimular mi aspecto famélico, siempre vestía dos jerséis y dos cazadoras para aparentar ser más fuerte de lo que realmente era. La mayoría de las veces me quedaba fuera del cupo teniendo que regresar a casa desconsolado y con el frío metido en el cuerpo. Volvía a la cama pensando que las derrotas en silencio saben mejor. Tenía que tener paciencia -la madre de la ciencia y la madrina de la demencia- e intentar fortalecerme. Las veces que conseguía ser seleccionado para trabajar, sin duda cuando éramos necesarios todos los que nos apiñábamos en busca de una oportunidad, los amigos de mi hermano me conseguían la labor que demandaba menos energía, siempre era el más joven del grupo. Un par de veces realicé la tarea de “aguador”, el que lleva agua a los trabajadores que lo necesitan, repartidos por todos los compartimentos donde se almacena la mercancía del barco. Otras veces me enviaban a descargar tabaco, eran fardos que se movían sin necesidad de aplicar excesiva fuerza. Cuando se trataba de carne congelada (argentina) era el que llevaba el carrito transportando el género desde el barco hasta CANFRISA (el almacén frigorífico en tierra firme). Al final de la exhaustiva jornada llegaba la hora de recibir el sobre, mil duritos que hacían las delicias de un muchacho extremadamente joven para esos menesteres. Con el salario tenía dinero para echar gasolina, tomarme varios zumos de piña en El Caracol (costaban 60 pesetas cada uno), comprarme un pantalón caro (unas tres mil quinientas luas) o adquirir por unas 500 pesetas el último disco de Led Zeppelín, Leon Russel, Camel, Tangerine Dream o Frank Zappa.

No me arrepiento de esta dura experiencia, aunque desde la distancia que supone el tiempo, considero que no estaba lo suficientemente maduro para afrontarla. En la actualidad, los chicos que tienen la misma edad que yo tenía entonces, disfrutan, por regla general, de más facilidades para conseguir lo que desean. Ellos viven obsesionados con la tecnología, sus relaciones personales son diferentes, desean –y consiguen- objetos que les facilita su independencia, existen menos interacciones personales. En estos años todo ha cambiado a un ritmo vertiginoso pero, quiero pensar, que los objetivos y los sueños, antes y ahora, son similares, aunque el camino para llegar a ellos sea diferente. En mi época no existía tecnología alguna (sólo una televisión con, a lo sumo, dos canales y obsoletos radio cassettes) pero era un mundo feliz, por eso de vez en cuando vuelvo a él y sigue permaneciendo: siempre estará en mi pensamiento y oníricamente, aunque sé que para regresar hay que armarse de paciencia.

5 comentarios:

Miguelo dijo...

un post muy bueno. interesante y revelador. tienes razon, antes las cosas eran mas duras. y encima los jovenes de ahora nos quejamos. yo el primero.


abrazos y feliz navidad

Luis López-Cortés dijo...

Miguelo ¿Me estás llamando viejo? Saludos y suerte.

ANA DE LA ROBLA dijo...

NO a la explotación infantil de Luis!! :-))

Luis López-Cortés dijo...

Gracias, eres mi ángel salvador.

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

Sólo en los inicios se me dio lo del beber por beber...con nefastas consecuencias, por cierto; por eso es que soy medido con el consumo de alcohol.

Con mi primer trabajo de modo oficial, de digitador, me di algunos gustillos...creo que compré una serie de discos multimedia para el uso del computador (que no tenía en esos tiempos). Era un trabajo entretenido aunque en horario algo tarde...de hecho, una vez me robaron los lentes ópticos; pero sentir que uno puede comprar cosas mediante su propio esfuerzo no tiene precio.

Claro...ahora, los chicos quieren las cosas rápido y ya sólo por ser quienes son. ¿Y quiénes son? Hay que, cuando menos, hacer méritos para recibir cosas. Algunos lo entienden así...pero otros que no están preparados se desorientan.

Saludos cordiales.