martes, 22 de mayo de 2007

PASEO DE LOS TRISTES. ES MÁS SABIO EL AMOR CUANDO AMANECE


"Es más sabio el amor cuando amanece,
cuando ya empieza a oírse la mañana,
por el camino largo, desierto de tu piel..."


Granada es mi ciudad idílica, mi ciudad invisible, a la que me gustaría regresar siempre en mis sueños, y tal vez, en mi realidad. Cuando tenía dieciocho, recién estrenados, años (cuánta alegría en el cuerpo y en la mente), visitaba con asiduidad una discoteca de, mí siempre querida ciudad, Santander. Normalmente no tenía dinero y para acceder a ella había que pasar un peaje, un fornido portero de apellido Toca (no había forma de burlarle), y en el supuesto de más aforo de lo normal, los “habituales” éramos unos desconocidos para él, imposible entrar sin pagar el peaje correspondiente. Pero cuando lográbamos burlar esa “abundante” intolerancia (no pagabamos entrada, sólo consumición) intentábamos que el portero nos viera con nuestro recién adquirido zumo de piña (lo más barato, sesenta dolorosas pesetas). Regino era el Disk Jockey, el mejor, inigualable, aprendí lo mejor de la música gracias a este tipo divino. Desgraciadamente cuando libraba, “El Tigre” era el sustituto y no había color, renegábamos de su música. Un buen día nos enteramos que Regino había sido contratado por una discoteca de Mallorca y todo cambió en nuestro querido “Caracol” (para nosotros “Caraca”).

Mi amigo del alma, entonces, era Cuco, siempre inseparables. Iba a recogerlo a su casa y en su habitación fumábamos unos “petas” y bebíamos unos cafés irlandeses antes de salir. Cuando llegábamos al “Caraca” nos esperaban dos amigas, Ana y Maribel. Llegaba un momento en el que salíamos de la “mítica” discoteca y fumábamos unos canutos que siempre elaboraba Cuco, luego tomábamos unos moscateles en un bar cercano al Mercado de la Esperanza, de un lebaniego muy simpático, y más tarde regresábamos a nuestro querido antro a disfrutar de nuestra compañía.

Acabé enamorándome de Ana, aunque sabía que no era mi mujer ideal, ¿existe? Me gustaba, era muy bella, parecida a Ana de la Robla (ese tipo de belleza), pero intelectualmente muy simple, si hubiese sido diez veces menos inteligente que De la Robla hubiera caído rendido a sus pies y, con seguridad, seguiría a su lado si ella tuviera la debida consideración para conmigo, claro. El caso es que yo buscaba afinidad y no la encontraba, ambos vestíamos verde oliva militar, vaqueros desgastados, reíamos con nuestros cigarritos… pero echaba de menos algo más, ese leve manifiesto culturalmente apetecible.

Ana, de repente, sin despedirse siquiera (lo puso en manos de su amiga, vaya trago), desapareció. Había encontrado un trabajo en el hospital de Granada. Ni corto ni perezoso, sin conocer su dirección, cogí mi Diane 6 y me dirigí a Granada en busca de mi amor. Tras varias pesquisas, una pensión familiar y una nueva compañera con la que visité por segunda vez, e hice de guía, el Albaicín, Sacromonte y La Alhambra, a los pocos días encontré a Ana, me llevó a su apartamento, comimos juntos, caminamos sin prisa por el Paseo de los Tristes, nos besamos apasionadamente y, sentados en un banco del romántico paseo me contó su realidad, trabajaba como enfermera y se había enamorado de un enfermo parapléjico. El amor siempre es ciego y no tuve más remedio que animarla a continuar en ese complejo y difícil destino que había elegido, comprendí su apasionamiento, nos besamos de nuevo como buenos amantes y nos despedimos para siempre. Ana ha sido y será parte de mi corazón, Granada me conquistó para siempre, he vuelto diez o doce veces, siempre he regresado al Paseo de los Tristes, a la Alhambra, Granada será, siempre, mi destino y mi ilusión… pero me he liado, quería hablar de otra cosa, el amor desbarata a los tristes, otro día continuaré con lo que quería contar, lo prometo.

2 comentarios:

ANA DE LA ROBLA dijo...

Bella fotografía del paseo del Darro. Bella y generosa como tus palabras.
Y el amor: esa forma de eutanasia no contemplada por la ley... Un beso.

ASFOSO dijo...

Siempre gracias Ana.