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ENCINAS Y CORCHO


En la época del Club Pirata jugábamos en una encina de nuestra finca a la que bautizamos “helicóptero”. La llamábamos así porque nos subíamos a ella y desde lo alto divisábamos mucho terreno. Nos lanzábamos al suelo desde lo alto de ese especial aparato con quimas (ramas) aterrizando en todas las posiciones posibles, éramos de goma. Junto al “helicóptero” están enterrados varios de los animales que nos hicieron compañía en aquellos años: los perros Jim, Chester y Tache, la gallina Lola, varios canarios y jilgueros de mi abuela, el gato Félix, coines y puerco espines. Todo un cementerio de grandes recuerdos. Evocación especial también a los ejércitos que formábamos con las bellotas de nuestra encina. Pintábamos simpáticas caritas sobre el fruto y luego colocábamos a cada individuo su boina, la funda que une la bellota con el árbol. Desde la infancia, tal vez por ese especial motivo, las encinas son mis árboles favoritos; además de olivos, alcornoques, dragos y las distinguidas palmas reales.

Estos días de atrás he recordado aquellos tiernos años contemplando numerosas extensiones de encinas. He visitado la zamorana comarca de Sayago y la zona salmantina de Ledesma. Por esas latitudes hay grandes espacios de árboles belloteros, a su sombra hermosos cerdos ibéricos de color azabache se crían de manera ejemplar. Las encinas comparten espacio con los alcornoques en la zona sayaguesa para luego, en el espacio natural de Los Arribes (o Las Arribes), mudarse por olivos con aceitunas, a punto de madurar, para consumar un aceite exclusivo. En esas comarcas no hay pueblos bonitos, son zonas marginadas -parte de la España profunda-. Los caseríos de las dehesas están construidos con las rocas del entorno, hay grandes extensiones donde pastan tranquilas miles de vacas blancas de buena carne, la ternera con calificación de origen de Sayago y numerosas ovejas abrigadas con su espesa lana. Los paisajes ofrecen bellos contrastes de tonalidades verdes, grandes recintos naturales con agua embalsada, amplias rocas descansando en otras y a punto de caer, carreteras estrechas -como las de antes- donde es difícil cruzarse con otros vehículos. Conduces de manera tranquila disfrutando del paisaje, algo que cada vez resulta más inusual. Habitualmente nos desplazamos con prisas sin detenernos a contemplar la belleza existente a nuestro alrededor.

El motivo de visitar Sayago, Ledesma, Fermoselle y Los Arribes del Duero es porque hace unos meses descorchando una botella de vino (tengo la costumbre de oler el corcho, mirarlo, comprobar sus matices), descubrí que aparecía en él la palabra premio y un número de teléfono. En aquel momento aparté el corcho y seguí con unos amigos celebrando la sana costumbre de estar juntos. A la mañana siguiente comprobé que el corcho seguía en el mismo lugar donde lo dejé. Le di varias vueltas y decidí tirarlo a la basura, aunque en el momento de hacerlo volví a colocarlo en su lugar anterior. Una vez convencido de que podía tratarse su inscripción de algo verídico realicé la llamada. Central de reservas, dígame. Expliqué a la señorita lo que tenía entre manos y muy atentamente me dio posibles opciones, me había tocado una noche en una Hacienda en la que se encontraban las bodegas a la que correspondía mi botella. Le agradecí la atención y le dije que llamaría días más tarde. Cuando tuve estudiada la fecha volví a llamar para concertar la reserva. En la Central de Reservas atendieron mi llamada. Pondrían en conocimiento de la Hacienda elegida la fecha y desde allí responderían a mi petición. Faltando unos días nadie me respondió (esto mismo pasó en dos ocasiones anteriores en las que intenté reservar). Está vez escribí un correo directamente a la Hacienda para conocer la disponibilidad en la fecha prevista. Obviamente no les comuniqué que se trataba de una promoción. A las pocas horas me respondieron que ese día no existían problemas para reservar habitación. Así que llamé por teléfono y la misma persona que me había respondido minutos antes sobre la disponibilidad, al enterarse que no pagaría en efectivo sino con un corcho, me comunicó que estaba completo el hotel. No le comenté nada acerca del correo y me obstine para concretar fecha definitiva y disfrutar mi premio. Concerté la nueva fecha. Hace unos días conseguí hacer noche en la Hacienda. Hablaré en otro post sobre ella. Creo que merece la pena y haré un poquito de publicidad de un sitio exclusivo. Definitivamente han cumplido con su obligación.

Comentarios

Miguelo ha dicho que…
jejeje gato felix. siempre ha habido y habra gatos llamados felix.

me ha gustado el post.

un saludo
Anónimo ha dicho que…
Auch...tirarse de un árbol no es nada gracia. ¿Fractura alguna? Con los árboles he sido más bien contemplativo...pasar por carreteras y ver las plantaciones de pinos o los parronales llena de satisfacción.

Vaya...los premios aparecen cuando uno menos se lo espera (me sucedió cuando gané un reloj Festina justo en medio de mi control ocular); y aunque costó, ya nos enteraremos cómo lo pasaste en la Hacienda. Saludos cordiales.
Luis Lópec ha dicho que…
Gracias Luis A., siempre es una satisfacción leerte.
Miguelo, pórtate bien, ya me dirás lo que haces para mantener tanta lectora y tanto movimiento en tu blog. Las tienes loquitas!!!!!!!
Anónimo ha dicho que…
Tengo yo curiosidad por saber detalles de esa estancia. Ya nos contarás...
Quién lo diría, tanta aventura en un corcho...
Un beso.
Luis Lópec ha dicho que…
Se trata de un wine hotel situado sobre canales en el río Tormes pero... ya lo contaré. Besos Ana.

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