jueves, 7 de febrero de 2008

PEQUEÑAS GRANDES SORPRESAS


Todavía quedan pequeñas cosas que pueden emocionarle a uno. Algo tan simple como recibir una postal inesperada o una fotografía tomada hace años hacen que la vida, tantas veces monótona, tome otro cariz en esos puntuales momentos y te traslade a tiempos en que todo era, naturalmente, distinto.

Hace tres semanas, aproximadamente, recibí una postal sellada en el mediterráneo y árabe Sidi Bou Said. Un pueblecito blanco y añil que se encuentra cercano a las ruinas de Cartago. Estuve allí hace algunos años y me cautivó una tetería situada en un primer piso, con amplia terraza, desde donde se divisaban los callejones de la tunecina estampa, el mar y una espléndida luna llena. Es reconfortante ahora, colocada la postal en lo alto del mueble de mi maltrecho ordenador, contemplar la fotografía que incluye, curiosamente, la misma tetería. Casualidades de la vida.

A la persona que firma la postal la conocí en un barco que nos trasladaba a las islas del Rosario desde Cartagena de Indias. El mar se encontraba especialmente proceloso esa jornada y mi acompañante lo estaba pasando realmente mal, saltaban las olas al interior y tiritaba de frío por la humedad. Ella se colocó a nuestro lado, se desprendió de su impermeable y se lo cedió, el resto del viaje, a mi amiga. Durante todo el trayecto se ocupó de ella de manera cariñosa y efectiva. Adjunta en el texto de la postal su correo electrónico. Escribí y a vuelta de correo me envío unas fotografías en las que aparece ella y sus amigas (nos acompañaban también en aquel viaje) en la actualidad. Tengo algunas fotos de entonces del grupo después de una cena en uno de los locales más elegantes de Cartagena, “Tino´s”, lugar que frecuentamos casi todos los días durante nuestra estancia. Posteriormente, en un nuevo correo, le adjunté una foto mía con algunos años más. No volví a saber más de ella. Hoy, después de varios correos que nunca llegaron a su destino, me he dado cuenta de que éste tampoco llegó. ¡Engañosa tecnología!

Hace un par de días recibí, vía correo electrónico, una foto en la que aparezco más joven vistiendo pantalón vaquero, camisa blanca y un gorrito azul. Acompaña a la foto un texto verdaderamente conmovedor. La persona que lo remite me informa que la foto ha cumplido en estas fechas siete años. Está tomada en Madrid, en un parque cercano al Palacio Real, aunque cumplirá años dentro de unos meses, tengo la seguridad que era primavera, no seria normal ir en camisa en pleno febrero madrileño. La foto tiene una calidad artística extraordinaria. Estoy sentado en un banco, sujeto una coca cola con mi mano izquierda y mi gesto es de preocupación, de tristeza, de desolación. Tengo pocas fotos personales que puedan definir tan bien esos conceptos. Agradezco el detalle y felicito a la artista.

Ambas personas formaron parte de algunos de los momentos de mi vida, desaparecieron por un tiempo y, repentinamente, vuelven a aflorar. La magia de lo sorprendente ha vuelto a aparecer en forma de soporte plástico. Por momentos he pensado que se trataba de un sueño que mezclaba fantasías complejas ya superadas, pero se trata de realidades distantes que pretenden recordar bellos recuerdos que nunca volverán. Gracias a ambas por recordarlos, esos momentos merecieron la pena.

5 comentarios:

Miguelo dijo...

el mundo es un pañuelo... cuando menos lo esperas alguien vuelve del pasado.

un saludo

Andrea dijo...

RECUERDOS QUE MERECEN SER RECORDADOS...

UN ABRAZO!!!

Raquel dijo...

Bonito.

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

Son esas pequeñas grandes cosas las que le dan sabor a la vida. Pero déjame ver si entiendo...la muchacha aquella que conociste viajando desde Colombia, ¿te mandó una postal desde el Mediterráneo tunecino?

En todo caso, a ver si esta vez esos protagonistas de los recuerdos se quedan por más tiempo dentro del radar. Saludos cordiales.

Luis López-Cortés dijo...

Luis Alejandro son dos personas distintas.