domingo, 5 de octubre de 2008

CLOCHARDS


Los vagabundos son llamados “homeless” en los países de lengua inglesa y “clochards” en Francia y Holanda. Curiosamente, este último nombre, proviene de los vagabundos parisinos que aparecen en las canciones desgarradoras de Edith Piaff y viven bajo los puentes del Sena. Al final de cada mañana se reunían en las proximidades del mercado de Les Halles esperando a que sonara “la cloche” (la campana) que indicaba la hora de cierre, y por tanto, el permiso para rebuscar entre los restos del día y poder llevarse algo a la boca.

Hace pocos días paseaba con mi acompañante por Séte, ciudad mediterránea al sur de Marsella, y me fijé en un par de “clochards” que se encontraban agachados en un rincón inverosímil. Uno de ellos gastaba luenga barba y el otro destacaba por ir descalzo con los pies pintados de blanco, a modo de invisibles botas. Al cabo de un rato, en una calle cercana, desfilaba contento y solitario el de las, incorpóreas, botas blancas. Algo más tarde, volvimos a verlo con el mismo calzado y ropa diferente, cerca del puerto. Ciertamente, se había convertido para nosotros, en una de las estampas habituales de la ciudad.

Recordé, en esos instantes, a dos vagabundos que permanecieron, por espacio de casi dos años, en Peñíscola. Transportaban sus pertenencias en uno de esos carritos de los hipermercados. Iba repleto de bolsas de plástico, enseres de difícil clasificación y uno o dos animales. Dependiendo del momento podía tratarse de un cachorrito de perro, gato o ambos a la vez. Uno de los vagabundos era pequeño e irascible. El otro era grandullón, obediente y tenía un gran bulto a nivel abdominal, posiblemente producto de una hernia. Cada nueva estación cambiaban de ubicación para pernoctar. A temporadas lo hacían en la carpa de un comercio cercano a “La Torre”, y otras, en la oficina del Banco de Valencia –que ya no existe-, entonces situado en los bajos de Argenta, concretamente en la zona destinada al cajero automático. (Durante mi juventud, un familiar emigró a Hamburgo y cuando regresaba en vacaciones nos traía las últimas novedades literarias de Alemania traducidas a nuestra lengua. Conocí a Thomas Mann, Günter Grass, Rainer Maria Rilke, Franz Kafka, Hermann Hesse y Bertolt Brecht. Había algunos cuentos sobre “homeless” con un tratamiento exquisito. Desde aquellos momentos un profundo sentimiento hacía estas personas marginadas quedó grabado en mi interior. Por eso, cuando contemplo a esos vagabundos rememoro aquellas lecturas, teniendo hacía ellos una estima especial). Como ocasionalmente eran mis vecinos “ocupas” seguí de cerca alguno de sus movimientos. Curiosamente eran disciplinados. Antes de dormir charlaban hasta una hora determinada mientras tenían de fondo, a volumen medianamente alto, la musiquilla que emitía un transistor a pilas. Luego dormían placidamente. No madrugaban excesivamente. Se levantaban hacía las nueve de la mañana en invierno. Descargaban el recipiente de una botella de agua mineral de litro y medio, cortada por la mitad, casi repleto de orina, en la arena de la playa. Luego ordenadamente, primero el alto y luego el pequeño, hacían sus necesidades donde rompen las olas. A continuación, lavaban sus pies en un “lavapíes” de la playa. Repetían la operación decenas de veces. Luego seguían su rutina diaria derrochando agua de la ducha para, simplemente, mojarse las manos o, de nuevo, los pies. Todos los días se situaban con su carrito y un cachorro en el Paseo Marítimo. Allí desplegaban una cartulina solicitando dinero para su ONG, supuestamente ecologista y de protección a los animales. Un día les pedí permiso para hacerles una fotografía en el Paseo pero cuando vieron la cámara se volvieron agresivos. Sigilosamente la guardé en mi mochila. Ya más tranquilos, me explicaron que hacía pocos días habían publicado una foto suya en un periódico catalán. La noticia les acusaba de maltrato de animales. Si deseaba hacerles una foto tenía que pagar seis euros para su supuesta asociación. Les contesté que no tenía interés alguno y que no era reportero. Días más tarde desaparecieron de Peñíscola. Tal vez se sentían acosados o ya eran personajes de dominio público. Era el momento de cambiar de aires. No tenían ataduras.

Ahora los recuerdo con cariño. Detrás de cada vagabundo siempre hay una historia triste, una perdida de autoestima, terribles desencantos, daños irreversibles. Llega un momento que están convencidos de su manera de vivir… y no hay vuelta atrás. La vida es así de provocadora, así de cruel. Todos –y nadie- tenemos la culpa que nuestra sociedad sea tan miserable. El género humano es complicado y lo único importante es competir con los demás para ocupar un puesto destacado en la sociedad. Es el momento de revisar conceptos. Recapacitemos sobre nuestra realidad. Tal vez, entonces, no nos parezcan tan disparatadas algunas conductas y encontremos cercanos a estos queridos “clochards” universales. Sin olvidar nunca que todos somos humanos y podemos llegar a ser tan vulnerables como ellos.

3 comentarios:

sara leon dijo...

me gusta el relato por que atrapa, desde el principio las palabras son cpaces de convertirse en imagenes y eso es importante. enhorabuena.

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

Pero...¿los pies literalmente pintados o a causa de algo estaban así?

Hay vagabundos que hacen de determinadas esquinas o rincones su lugar habitual...una especie de residencia sin residencia. Hasta mitos urbanos se extienden sobre ellos (como el que llaman Divino Anticristo).

A veces me pregunto si ellos aceptarían cambiar de vida y tener ropas frescas a cambio de un trabajo digno; a veces no quieren...entonces, cabe preguntarse cuánto hay de comodidad (con el mayor de los respetos).

Saludos afectuosos, de corazón.

David Guzman dijo...

me recuerda al flâneur y por supuesto al Denkbilder de W. Benjamin