martes, 30 de noviembre de 2010

OLORES, SABORES Y TIEMPO PERDIDO /y 2/.


« […] En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té […]»(Marcel Proust, En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann)

Cuando los de mi generación éramos todavía niños no teníamos prácticamente privilegios fuera de las comidas regladas. Descubrimos el tigretón cuando ya estábamos creciditos. Viviendo en la santanderina calle Madrid, al lado de mi casa se encontraba el Colegio Puente. Se accedía a él por un portal casi normal si no fuera por su anchura. Aprovechando dicha amplitud se había instalado allí un puesto de lo que ahora conocemos como “de chucherías”. Con una peseta me daban diez gominolas de menta con azúcar en polvo adherido. Desde entonces nunca he vuelto a comer gominolas tan exquisitas. Eran duras y con un sabor muy intenso. También compraba cromos de los futbolistas de equipos de primera división. Tuve varios álbumes sin completar, a todos ellos les faltaban tres o cuatro jugadores que coincidían siempre con los que les faltaban a mis amigos. Salvo las “tarrinas” de dos sabores (fresa y nata) de la marca Avidesa, que costaban 3,50 pesetas, no recuerdo en qué gastaba el poco dinero que disponía en esos años. Ya en el instituto, mis padres me daban un duro para el autobús de ida y vuelta. En invierno llovía casi todos los días y si me desplazaba andando al instituto, a tres o cuatro kilómetros de mi casa, llegaba completamente empapado. No obstante, prefería mojarme y atenuar el hambre que atacaba en los recreos, reservando el duro para comprarme un bollo de pan y dos banderillas “Toreras” para meterlas, sin palillo, entre el pan. Aunque parezca mentira, entonces me parecía un manjar, y lo más importante, me quitaba el hambre.

De aquella época los olores que recuerdo están relacionados con la comida. Muchas noches mis hermanos y yo cenábamos tortilla, nos encantaba. Solían cocinárnosla de manera individual y era una exquisitez. Después de hacer los deberes ese olor tan característico nos indicaba que llegaba la hora de meter algo al cuerpo. Otro olor que me acompañó en mi crecimiento fue el olor a madera de pino. Junto al instituto se amontonaban troncos inmensos de árbol que producían un perfume especial. Frente a estos troncos secos había una casita de madera que nos parecía de cuento. Allí vivía mi compañero López González, alias “Porki”. Provenía de Soria, una ciudad castellana que conocí con mis tíos Manolo y Carmina a los trece años. Realizamos el viaje en un SEAT 850 desde Santander hasta Tarragona. Tardamos varios días entre ir y volver ya que rodábamos 200 kilómetros diarios de media. Creo que era el único del instituto que conocía Soria y Numancia. López, sus padres y su hermano, vivían en la casita de madera construida con pinos de Soria y al lado se encontraba la serrería donde los troncos se convertían en tablones perfectos en cuanto a anchura y longitud. El olor de la madera recién serrada y el olor de los troncos secándose acompañaban todos mis recreos. Nos sentábamos a fumar en lo más alto de los troncos apilados y charlábamos sobre las chicas que nos gustaban. Cuando hacía sexto de bachillerato, con dieciséis años, estrenando el instituto mixto, qué avance por entonces, aprovechando los recovecos de los árboles apilados di mi primer beso a una chica que se llamaba Asun y qué ni siquiera sabía si me gustaba o no.

Luego cumplí más años, llegaron más besos y mi economía fue un poquito (sólo un poquito) más boyante. Eran tiempos de quedar con los amigos los fines de semana en la calle Vargas. Tiempos de “manchaos” (blanco y mistela) y tapas gratuitas de mejillón en “El Papi” y rabas (calamares) ardientes que había que comer muy rápido, quemándote el paladar, para que te diera tiempo a comer algunas antes que los demás dieran cuenta de ellas. No creo que haya cántabro que se precie de serlo que no recuerde el olor persistente del rebozado de las rabas dentro y fuera de los bares. Cada lugar marca sus olores y el mío siempre quedará impregnado de ese olor tan característico de mi tierra.

El tiempo perdido que queda marcado en el interior del cerebro y del corazón, tal vez también en el alma, siempre estará aderezado de olores, sabores y recuerdos que acontecieron casi sin darnos cuenta. Y, de alguna manera, ese tiempo, por esa razón tan poderosa, nunca se perderá, ya que forma (y formará siempre) parte de nuestros sentidos y de nuestros sentimientos, parte de nosotros mismos, de lo que ahora mismo somos y de lo que no podemos renegar.

4 comentarios:

Mariluz Arregui dijo...

Bordado.
Ha sido una delicia leerte.

Besos

Luis Lópec dijo...

Mil gracias, Only.

julia dijo...

Es hermoso.Besos de luz amigo mio.

RITMO RANCIO dijo...

Luis una delicia, la de tu relato y esos sabores recordados de un tiempo pasado, los de la comida sin duda, los que más se amplifican en la memoria, el bocadillo del almuerzo en el recreo y las primera "tapas" en compañía de amigos.
Feliz puente